Esta foto, tomada en Jalisco, Guadalajara, en mayo del 2002, corresponde a un grupo de profesores que llevaba ocho días en huelga de hambre. Al igual que los 22 maestros que hoy se niegan a probar bocado en distintas ciudades como medida de presión para que se reconozca la deuda histórica que el estado chilenos tiene con el magisterio, estos tres funcionarios de la educación reclamaban por sus indignas condiciones laborales. Otro tiempo, distintos lugares, la misma historia.

“Podía parecer el interior de una tienda en placentera acampada, si no fuera porque faltan mujeres y niños y no hay más alimento que un garrafón de agua purificada. Se llaman Cirilo Virgen, José Luis Pérez y Alberto Pintor. Por sus largos bigotes podían pasar por campesinos revolucionarios, pero en realidad son maestros en huelga de hambre. No cultivan los agaves de los que rezuma el ardiente tequila, pero cuidan el semillero de talentos que van a construir el México del siglo XXI. Pertenecen al Movimiento de Bases Magisteriales de Jalisco y son la avanzadilla de un parón que desde hace varias semanas viene desafiando al Secretario de Educación y al Gobernador del Estado con un paquete de demandas con las que pretenden aliviar la secular indignidad laboral de los maestros: aumento salarial, más días de aguinaldo, mayores prestaciones del Estado, más presupuesto para la enseñanza, más democracia…
El desvencijado campamento se encuentra instalado frente al palacio del Gobernador, estorbando la vista del ostentoso templete que adorna la plaza de la Liberación. Lo encontraba a diario cuando iba a la plaza Tapatía a coger el camión que va a la Universidad, hasta que una tarde no pude aguantar más y me decidí a conocer por vez primera a alguien que se pone en huelga de hambre. Como era de esperar todo era distinto a como me lo imaginaba. Bajo el toldo azul de la tienda campera, aquello parecía más bien la oficina de un destacamento revolucionario, donde había que hacer cola para ser recibidos por los huelguistas. Al entrar me avisaron que dispondría de un máximo de tres minutos, pero cuando el cabecilla Cirilo supo que era español la cosa varió y se entretuvo en contarme la lamentable historia del magisterio mexicano y de sus desdichas, que no han remediado ni las revoluciones ni los dictadores ni los demócratas ni nadie. La huelga de hambre llega inevitablemente como un acto de desesperación ante la sordera de las instituciones. Ya van ocho días sin probar bocado, sólo agua y una cucharada de miel al día para balancear la glucosa, y aún han tenido que soportar los reproches de algún chilango que los ha tachado de flojos. Cuando el maestro Pintor supo que yo era enfermero no dudó en sacar de una caja llena de bártulos un tensiómetro digno de un museo para que les tomase la tensión, con lo que me convertí en el celador de su salud en las tardes sucesivas mientras duré en Guadalajara. La última vez que tertulié con ellos estaban más desesperanzados que nunca porque las negociaciones se habían roto de nuevo. Casi no se levantaban de la dura esterilla por reservar al máximo sus energías, sus ojos enrojecidos y exentos de mirada, su semblante tan decaído como sus expectativas. Me pidieron que les tomase una foto para poder enseñar a los españoles su dura realidad. Así lo hago.
Pensándolo bien no deja de ser paradójico que unos maestros se pongan en huelga de hambre. El hambre y el magisterio llevan siglos caminando de la mano”.

Manuel Amezcua, Jefe de B. de Docencia e Investigación, Hospital Universitario San Cecilio, Granada, España