POR LUIS VALENTÍN FERRADA*
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El proceso de reforma agraria de diez años, desarrollado durante tres gobiernos de signo político diverso (Alessandri, Frei y Allende) significó un golpe durísimo para el mundo rural chileno, con consecuencias que no han sido debidamente estudiadas en cuanto causas inmediatas o mediatas de la revolución y contrarrevolución política de aquellos años de 1970, en las cuales, como corresponde, las díscolas y veleidosas políticas externas de los Estados Unidos de América, jugaron entre nosotros su consabido papel.

Un análisis de este proceso jamás podrá ser hecho desde el punto de vista del registro cultural urbano nacional. Nada sabe éste, por más de un siglo, en qué consiste verdaderamente la vida campesina chilena. Podrán existir miles de páginas escritas desde alguna universidad o centro teórico, por economistas, sociólogos, cientistas o cuentistas políticos; pero nada de ello servirá demasiado para llegar al fondo del asunto.

¿Cómo impactó la reforma agraria, desde el punto de vista cultural, la vida del campo chileno de la zona central, donde se centró principalmente? Prácticamente en nada. El impacto tuvo consecuencias económicas, nacionales e individuales, políticas en uno y otro sentido, pero cultural ninguna. Las viejas formas de vida del campo chileno, continuaron esencialmente siendo unas mismas. Tradiciones, valores, principios, formas, órdenes sociales, un espíritu conservador y parsimonioso, soportaron el vendaval como si nada.

Dicha inmutabilidad pudo deberse a un solo factor: la reforma agraria fue ideada fuera de Chile y para todo un continente, e implementada por elementos del mundo urbano. Fue un modelo teórico, ideológico y extraño, impuesto sobre un cuerpo sociocultural que poseía un espíritu y carácter propio, fuerte, diferente.

En la cúspide del proceso, el Doctor Allende, un urbano por excelencia y porteño por añadidura, puso como conductor principal de un proyecto trazado en ciertos organismos internacionales, a un inteligente teórico judío francés, de primera generación avecindado en Chile –el señor Chonchol– quien de chilenidad campesina profunda, nada sabía ni podía saber. Chonchol era experto en dígitos, cifras, estadísticas y economía agraria. Principios tan aplicables al África, a la India o al lejano oriente. Pero, por decirlo corto… de cuecas y fondas, propias y ajenas… no tenía la más peregrina idea. Funcionario internacional característico, y economista por añadidura, se dio con todo a la aplicación de un injerto.
Para los expropiados el golpe fue terrible desde el punto de vista económico, pero en ningún caso mortal. Para los beneficiarios, en cierta medida, una oportunidad valiosa para ser dueños –quién no, cuando se las están dando– de una parcela propia. Pero de asentamientos, cooperativas, bienes comunes o “kibutz”, nadie creyó ni entendió nada en nuestro mundo campesino.

La inmensa proporción de nuestras familias campesinas, expropiadas o beneficiarias, continuaron viviendo juntos, como lo habían hecho siempre. Los funcionarios que agitaban en los campos la reforma y sus efectos, eran extraños que llegaban por la mañana en camioneta y, temprano, volvían a sus casas de las ciudades. En plena reforma agraria, los índices electorales en el sector rural se mantuvieron prácticamente inalterables.

Hubo muchos casos en que la “reserva patronal” (lo excluido de la expropiación) no fue más que la antigua casa del Fundo y unas cuantas hectáreas. Algo más que suficiente para sostener la resistencia de las antiguas tradiciones, y punto esencial para impedir la desvinculación o el desenraízamiento de las antiguas familias con la tierra y su gente. Porque la verdad es que en el campo las casas del fundo son todo: puedes tener más o menos terreno, pero si tienes la casa tienes el fundo. No sé si es el poder. Es la presencia.

Lo que la reforma agraria no logró es que se concretara el famoso propósito de Luis XIV y, más tarde, de Napoleón. Ambos inventaron traer a Versalles y París a las antiguas familias de Francia, manteniéndolas en permanentes y largas fiestas, mientras se cortaban todos sus vínculos ancestrales con sus lugares de origen, destruyendo así su influencia y poder regional. Les cortaron las raíces con guantes de seda.

En Chile, las antiguas familias campesinas “aguantaron la mecha”, resistieron el vendaval revolucionario, no se apartaron ni por un minuto de su gente, siguieron desempeñando las alcaldías y cargos municipales de sus pueblos, sus diputaciones, y, en muchos casos, pasaron activamente a participar en la contrarreforma o contrarrevolución a través de diversas organizaciones que adquirieron, en unión a otras de carácter gremial, un considerable poder político efectivo, superior incluso al de los partidos.

Ni la Iglesia Católica chilena, que se comprometió directamente con la reforma, pudo contra la fuerza de las tradiciones campesinas.

¿Cuánto pesó la reforma agraria como causa del pronunciamiento militar?… Muchísimo, más de todo lo que se ha creído.

¿Cuánto pesó esta reforma en el sordo e insondable quiebre político que los sectores tradicionales mantienen aún vivamente pendiente con la democracia cristiana?… Estas son preguntas que deberían responderse desde un ángulo diferente.
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*Abogado, ex diputado por Linares.