•“Vamos a ser mejor que Temucuicui”, dicen militantes de la CAM

POR PV, DESDE LAUTARO, IX REGIÓN • ILUSTRACIÓN: LEO CAMUS
Llevan un año alzados. Son hijos directos de la muerte de Matías Catrileo, que los inspiró. Están a diez kilómetros de Lautaro, en la IX región, y reclaman dos inmensos y prósperos fundos que tienen enfrente. En este tiempo han peleado y han sido reprimidos. Acá cuentan cómo lo hacen y qué aprenderán de todo esto los niños que los miran pelear con la policía.
___________________

El werkén dijo que estaban super enojados. Fue el día que hubo disturbios en la comunidad y en la tole tole un carabinero salió herido. La policía dijo que habían sufrido una emboscada. Los comuneros le explicaron a la televisión que no había sido así. Y ahí fue que el werkén dijo lo que sentían.

-Pero salió eso no más en la tele. “Estamos súper enojados”. Nos reímos harto, era chistoso -explica “Juan”, un comunero de Muko, la comunidad que a diez kilómetros de Lautaro, en la IX región, quiere convertirse en la nueva Temucuicui, la más que díscola comunidad cercana a Ercilla.

En Muko, los comuneros tienen una escala para medir lo que aparecerán en la prensa: si algo es grave, serán 15 segundos; si es muy grave, 30.

El día de la pelea con Carabineros, su paso en la pantalla del canal regional fue de 15 segundos. Justo para que el werkén dijera que estaban enojados.

Juan ese día de septiembre estuvo entre los más de ochenta comuneros que enfrentaron a Carabineros durante horas para evitar su ingreso a Muko. Cortaron árboles, tiraron piedras -con o sin honda- y pelearon, como dicen, hasta que los dos piquetes de Fuerzas Especiales se retiraron. La policía esa vez informó de un carabinero herido a bala. Juan y otro comunero quedaron con heridas de perdigones en sus cuerpos. Ninguno de los dos fue a un hospital para no quedar detenidos.

Desde entonces que Muko -el Lof Muko, como le dicen ellos para describir el territorio que comprende cinco comunidades distintas y dos grandes fundos que reclaman- se ha convertido en un nuevo foco de disputa en la larga seguidilla de violencias que remecen el sur. Hace un año y medio en Muko pasaba poco o nada. Desde la muerte de Matías Catrileo, en enero de 2008, los comuneros han ingresado dos veces al fundo Tres Luces del empresario Pablo Herdener; en casetas y paraderos de micro se lee en mapudungún “Si no devuelven la tierra, hay guerra” y quienes encabezan las movilizaciones se reconocen abiertamente como integrantes de la Coordinadora Arauco-Malleco, supuestamente desarticulada según el gobierno luego que cerca de treinta de sus dirigentes se encuentran en prisión. Muko es hoy un polvorín a escasos kilómetros de Vilcún, donde también se desarrollan fuertes movilizaciones.

Un polvorín que tiene un camino, y que “Miguel”, uno de los dirigentes de la zona, explica:

-Tal vez podemos ser mejores que Temucuicui.

EL FACTOR CATRILEO

Como en buena parte de la Araucanía, en cada casa se escucha casi religiosamente Radio Biobío. Los comuneros dicen que es la radio que la lleva en todo lo que está pasando al sur del Biobío. Con la radio ocurre lo que pasaba en los ochenta en Santiago con la Cooperativa: es el único lugar donde los comunes sienten que aparecen sus voces, sus verdades.

Muko es un lugar pobre. No de los más, pero no escapa a la realidad de las comunidades de la región. Sus casas en realidad son mediaguas con piso de tierra y una cocina o un fogón. Algunas ni siquiera son de madera y están paradas sobre latas martilladas como a la rápida.

Son cinco comunidades separadas de Lautaro por un camino de tierra. Allí, casi 500 familias se reparten por terrenos que le van robando al cerro y desde donde miran la envidiable llanura del fundo San Leandro, el otro en disputa y donde se registró un incendio que la policía achaca a los comuneros. En promedio, cada familia de Muko -de unos cinco hijos, generalmente- tiene unas dos hectáreas para sembrar o tener animales. Algunos terrenos ya están divididos entre los hijos y éstos viven de allegados.

La disputa por las tierras, como en toda la región, es ancestral. Aunque tiene un matiz: parte de ellas habían sido entregadas a la comunidad durante la Unidad Popular, y administradas por la Corporación de Reforma Agraria, Cora.

Pero lo que transformó una disputa histórica en pelea actual fue la muerte de Matías Catrileo a manos de carabineros algunos kilómetros al norte, en las tierras del empresario suizo Jorge Luchsinger. Los actuales dirigentes de Muko tienen a Catrileo en la mente cada vez que hablan.

-Matías caminó estas tierras -dicen.

Las ideas de la CAM, en todo caso, no vienen de allí, explican los jóvenes de Muko. Muchos de los jóvenes trabajan de temporeros y en el contacto con otros mapuches en las labores agrícolas -que pueden extenderse hasta Copiapó, porque viajan haciendo dedo o en buses hacia el norte, recorriendo los campos- han ido conociendo las experiencias de otras comunidades movilizadas.

Experiencia que en realidad es una ideología, la de la CAM: que a través de conflictos es que se presiona. Algo que ha prendido en la comunidad, donde los últimos enfrentamientos han incluido a casi ochenta personas, algo que para los estándares policiales es una movilización masiva. También la forma de enfrentarse a Carabineros, una policía con experiencia en represión urbana, ha ido depurándose (ver recuadro).

PALOS, PIEDRAS Y BALAZOS

Los más antiguos hacen la diferencia entre los carabineros de Lautaro y los que llegan de Temuco y Santiago. Uno de los allanamientos que se dieron en la casa de Eliseo Ñirripil -formalizado por tenencia de una escopeta y municiones, hechos que él niega- retrató esos matices. Según su padre, el día que llegaron los policías de Lautaro las cosas se dieron casi amigablemente. El capitán a cargo le dio garantías de que no se le iban a perder cosas y hasta les permitió acompañar a los policías que revisaron la casa.

El otro allanamiento, con policías venidos de Temuco y quién sabe si de Santiago, fue más denso. Eliseo Ñirripil recuerda que estaba en la casa cuando sintió que venían los policías. Se asomó y vio camionetas civiles con hombres armados. Decidió arrancarse, recordando que meses atrás lo habían tomado preso en Santiago hombres parecidos, que lo retuvieron algunas horas y luego le dijeron que había sido un “control de identidad”. Ñirripil saltó un cerco de alambre de púas para pasar a un potrero. Pero ahí lo esperaban otros policías que, dice, lo golpearon y esposaron. Entre insultos, cuenta, lo obligaron a saltar la misma cerca. Se rajó la mano.

De la casa de Riñipil la policía dice haber sacado un morral con municiones y una escopeta. Él dice que esa escopeta nunca existió en la casa; su madre, que el morral había estado durante días colgado detrás de la puerta y que sólo tenía un kul kul, un cuerno de vacuno que se usa como pito, adentro. Ella dice que los policías agarraron el morral y lo “cargaron”. La policía alega que el bolso tenía municiones de 9 milímetros y hasta de fusil cuando ellos lo tomaron.

Los policías, dicen en Muko, andan sobregirados. Violentos. Hay testimonios de perros atropellados, puertas botadas a patadas, insultos, golpes a mujeres y perdigonazos en varios cuerpos. Pero lo que más preocupa a los comuneros son las camionetas que, denuncian, cruzan por la noche el camino vecinal alumbrando las casas y, en ocasiones, disparando a los tejados. Lo ven como una provocación. Una mujer afirma que una de las camionetas -blancas, sin patente- llevaba una baliza y que la encendió cuando enfiló rumbo a Lautaro.

No es el único terror. Entre los habitantes de Muko también se dice que la guardia blanca Trizano -un grupo de civiles que han anunciado en los diarios de la vecina Victoria su decisión de armarse para combatir la subversión mapuche- también ronda Muko. Un joven panadero que trabaja en Lautaro cuenta haber sido emboscado por civiles que le dispararon a varios kilómetros de la comunidad.

Los comuneros de Muko se quejan de esta violencia pero no los denuncian a los tribunales. Pocos creen en la justicia. Juan Riñipil, baleado por defender a un sobrino de 16 años que era perseguido por Carabineros, dice haber sido formalizado en Lautaro “por ser comunero”, como si eso fuera delito. Los más jóvenes, los militantes CAM, dicen que prefieren la autodefensa, parar la comunidad y evitar el ingreso policial. No se consideran terroristas ni subversivos.

-Cuando la Garra Blanca destroza un barrio, todo Chile se entera por la tele y nadie dice que eso es terrorismo. Lo mismo cuando pasa en la Villa Francia. Pero acá un mapuche tira una piedra y es Al Qaeda -dice uno de ellos.

WEICHAFITOS

En las mediaguas, cada vez que hay un ruido los niños dicen que vienen los pacos. Basta que un perro ladre o que las bandurrias crucen el cielo graznando. Y juegan, cuentan sus padres, al “paco y al weichafe (guerrero)”.

-Van a ser mejores que nosotros, porque ya están viviendo al alero de la represión winka. Van a tener más conciencia que nosotros -reflexiona un militante CAM cuando se le pregunta por los niños.

Son los “escudos humanos” denunciados por el gobierno, que atribuye a los sublevados su uso para protegerse de la policía. En Muko algunas madres dicen que no puede ser de otra forma, si la policía se mete a sus casas buscando revoltosos.

-Si están allanando la casa y ellos están ahí, ¿dónde los vai a meter? ¿Los vai a mandar a una cueva como en la Pacificación? ¿A los cerros? -dice otro CAM.

Cuando entra la policía, la violencia está en patios y cocinas. Es imposible que los niños no la vean. Ellos mismos se sienten la próxima generación de weichafes. Recorren la comunidad con las hondas en los bolsillos. Cuando se les pregunta qué piensan de lo que ha estado pasando en Muko en el último año y medio uno de ellos resume:

-Emocionante y triste.

LA ESCUELA DE COMBATE RURAL

En el año y medio que lleva Muko sublevado, se pueden reconocer algunos de los patrones que debe enfrentar la policía -acostumbrada a reprimir en calles- en los últimos años. Las peleas en Muko se arman sobre la base de una línea de tiradores de honda que se instala en una lomita. En las peleas más masivas, han llegado a tener 40 tiradores, que se aprovisionan con piedras que cargan en sus morrales y que tienen claros los puntos de reunión en caso de desbandada.

En uno de los enfrentamientos, los comuneros se adelantaron y cortaron algunos caminos con árboles. Eso retrasó el paso de los zorrillos y buses. La policía debió echar mano a motosierras.

Las peleas han llegado a durar cuatro horas. Los brazos quedan hechos pedazos. No sólo se lanzan piedras: con las boleadoras también se devuelven bombas lacrimógenas.

En las peleas se ha evitado hasta ahora el cuerpo a cuerpo, aunque en ocasiones policías y alzados han estado a 5 metros de distancia, separados por un cerco. La lucha siempre se acaba cuando empiezan los escopetazos de perdigones.

Una de las claves es la masividad: la policía no intenta entrar cuando hay mucha gente participando. Tampoco lo hacen si no cuentan con vehículos, sean zorrillos o buses. Cuando andan a pie, no suelen andar más de cien metros.