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LA CALLE

12 de Diciembre de 2009

500 mil niños son criados por sus abuelos

Por

POR CARLA CELIS
El siguiente reportaje, de nuestra destacada periodista Carla Celis, acaba de recibir el primer lugar en la categoría prensa escrita del “Premio Pobre el que no cambia de mirada”. Se trata de un reconocimiento otorgado por la Fundación para la superación de la pobreza, el Hogar de Cristo, la Universidad Diego Portales y la Fundación Avina. El trabajo, que retrata una realidad tan habitual como ignorada por los medios de comunicación y las esferas en que se toman las decisiones, fue publicado originalmente en el número 303 de nuestro pasquín.
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La idea de familia clásica -padre, madre e hijos- está en crisis hace rato, aunque no se ha dimensionado su gravedad. Aún estamos en la etapa de preocuparnos por el aumento de niños nacidos fuera del matrimonio o de familias donde la madre sola debe hacerse cargo de alimentar y criar. Pero hay algo peor: zonas donde la madre también desaparece y los hijos se reparten entre tíos o quedan a cargo de los abuelos. Hoy, 500 mil adultos mayores intentan educar a sus nietos, ya sea porque sus hijos se han perdido en la droga o porque fueron padres adolescentes y no han sido capaces de sostener sus familias. Nada asegura que a estos abuelos les vaya mejor de lo que les fue con sus hijos.

Mariana Leppe (68) corre de la cocina a la pieza. Intenta preparar el almuerzo, pero a cada rato la interrumpe el llanto de Carlitos, su bisnieto de diez meses. Finalmente decide tomarlo en brazos y vuelve a sus quehaceres con él a cuestas. Lo sacude levemente intentando calmarlo. “Tiene hambre, es la hora de la comida”, dice. Mariana con una mano revuelve la olla y con la otra afirma al niño. A ratos se sienta en un piso de madera y se soba la espalda. Los riñones la están matando, no sabe si es por la edad o por el esfuerzo que realiza a diario para mantener en orden la casa. Además, el niño está con bronquitis y en la tarde tendrá que llevarlo al hospital. Allá, sabe, le aguardan varias horas de espera.

Mariana Leppe tiene tres hijos, cuatro nietos y dos bisnietos; vive en San Ramón junto su esposo, José (71) y dos de sus tres hijos. Ella, al igual que miles de abuelos, crió a una de sus nietas, y desde hace cinco meses cría también a uno de sus bisnietos. “Mi hija Gissella (38) tuvo a mi nieta, Francisca, a los 18 años. Se casó y se separó a los ocho meses. Volvió a nuestra casa y del padre de la niña nunca más se supo. Ella estuvo un tiempo sin trabajo, hizo algunos pitutos, pero nada estable. Después de dos años, y como no le salía nada, se fue a San Felipe a trabajar de temporera”, recuerda Mariana. Y agrega: “Ahí ella conoció una persona y rehizo su vida. Como no se podía llevar a la niña, me la dejó a mí”.

La abuela estaba feliz de quedarse con su nieta. Las dos se habían encariñado mucho y Francisca incluso le decía mamá. “Mi hija nunca dejó botada a mi niña. Le compraba algunas cosas también o le mandaba plata si es que necesitaba algo. Ella siempre supo que yo era la abuela y la Gissella, su mamá. Aunque ella me dice mamá a mí”, explica. Y añade: “Pero fue difícil volver a criar a mi edad”.

La niña era un poco rebelde y a la abuela le era dificil seguirle el ritmo. La brecha en las costumbres era enorme. Francisca quedó embarazada muy joven, y la abuela aún no se explica en qué falló.

-Quedó embarazada a los 16 años. Estaba en tercero medio y no pudo terminar el colegio. Fue un desastre…. Yo le decía que se cuidara, pero usted sabe cómo son los jóvenes de hoy, no les interesa nada. Mi esposo se enojó mucho. ¡Quedó la escoba! Pero al final se pasó. Se tuvo que salir del liceo ¡Y le quedaba tan poquito! Ahora ya no tiene tiempo para estudiar, y va a quedarse con tercero medio no más. Yo esperaba que ella fuera más que nosotros-, confiesa, apenada, la abuela.

En este segundo intento esta pareja no pudo lograr tampoco que sus descendientes subieran un peldaño en la escala social. Más bien parecen bajarlo. Ella, a su edad, con su escasa preparación sigue siendo el pilar de la familia, la parte más firme y estable. Y ahora está avocada a cuidar y educar a su bisnieto.

La realidad que vive Mariana no es única. Aunque el fenómeno de los abuelos que asumen el rol de padres no ha sido abordado a fondo, sí hay algunas luces.

Según el estudio “Radiografía del Adulto Mayor Chileno”, realizado por la Superintendencia de Salud, 500 mil adultos mayores están actualmente a cargo del cuidado y la educación de niños. Si se considera que en 2002 el Censo informó que 150 mil abuelos hacían esa tarea, tenemos que la cantidad se ha triplicado en siete años.

Los motivos por lo que esto está ocurriendo, no han sido dilucidados globalmente. Sólo hay investigaciones locales. En 2002, CEANIM (Centro de Estudios y Atención del Niño y la Mujer) indagó la situación de niños a cargo de abuelas en Las Condes y que, pese a ello, tenían buen rendimiento escolar. Al trabajar en las biografías de estos chicos descubrieron que el cien por ciento de ellos había sido abandonado por motivos de drogas, y que las abuelas se habían hecho cargo al ver a los niños abandonados y en situaciones límite: desnutridos, con enfermedades bronquiales, sin atención médica, y viviendo de casa en casa. En ese sentido, las ancianas empezaban este nuevo desafío “sintiendo culpa por la falta de responsabilidad de sus hijos, y en una función reparadora”, es decir, tratando de enmendar los errores cometidos en la crianza de sus hijos.

Mariana siente no haber podido impedir que su nieta se embarazara. Pero ya es tarde para lamentarse. El ciclo de un nuevo giro. Luego del parto, Francisca fue a vivir a la casa de su suegra, junto a su pololo. Sin embargo, el año pasado nuevamente quedó embarazada. Esto sumado a su situación económica y la delicada salud de su primer hijo, hicieron que Francisca le entregara su segundo hijo a su mamá-abuela para que lo cuidara, igual como lo hizo con ella.

-El mayor de mis bisnietos salió medio enfermizo, y ahora tiene una cuestión al intestino que es bien grave. Entonces, con la enfermedad de mi nieto, con todos los gastos, y ellos sin plata, no pueden cuidar al otro hijo que tuvieron, así que la Francisquita me la dejó a mí. Además en esa casa, la cuñada de mi nieta ya tiene un niñito de un año más o menos, así que no pueden tener otro. El niño ya lleva cinco meses con nosotros y estamos todos chochos.

Y él ya se acostumbró a estar acá. Al principio, como mamaba todavía, despertaba llorando a mitad de la noche y yo me tenía que levantar a prepararle la leche. Ahora ya no, claro que yo me sigo despertando por la noche para ver si está bien.

José y Mariana son jubilados. Con ellos también vive otra hija de 32 años que no trabaja. La familia se mantiene con las pensiones de ambos que suman casi 200 mil pesos. Como eso no alcanza, José debe hacer “pololitos livianos” para llegar a fin de mes.

-Mi nieta le compra los pañales al niño y del resto nos encargamos nosotros, porque la cosa está tan mala que qué le vamos a andar pidiendo más plata-, explica la bisabuela.

CON PENSIÓN MÍNIMA

A sus 71 años, Laura Ruiz se levanta todos los días a las siete de la mañana y camina cinco cuadras para ir a dejar a su nieto Alexis, de seis años, a la escuela Puerto Navarino de La Pintana. Luego vuelve a su casa, hace el aseo y prepara el almuerzo para toda la familia. Laura tuvo seis hijos, tres hombres y tres mujeres. Dos de ellas aún viven en su casa: Rosa (40) y Laura (29). A su vez, Rosa tiene tres hijos, pero sólo uno -el menor- vive con ella. Los otros los repartió a causa de su malograda situación económica.

-La Rosita tiene tres hijos. Uno de ellos está en Los Vilos, porque como mi hija no tenía situación lo mandó a la casa de un tío. Su otra hija -la mayor- vive en Iquique con otros familiares, explica la anciana.

Por otro lado, su hija Laura es madre soltera y debe trabajar. De ese modo la abuela está a cargo de dos nietos, de 6 y 8 años.

-Mi esposo, Remigio, ha sido un padre para mi nieto Matías, porque de su papá biológico nunca más supimos-, cuenta Laura.

La abuela va a las reuniones de apoderados y vigila que hagan las tareas. Cuenta que en el colegio hay varias abuelas haciendo lo que ella: “En el curso de los niños soy la única viejita, pero conozco a muchas de la tercera edad que son apoderados”, señala.

Ella y su esposo son jubilados. Remigio tiene una pensión de 95 mil mensuales. Ella, desde hace dos meses, recibe 75 mil: la famosa pensión básica solidaria. “Antes no recibía plata y ahí sí que era difícil llegar a fin de mes. Mis hijas también aportan a la casa, pero no es mucho lo que ganan. El Remigio a veces hace pitutos por ahí”. Para que la familia salga a trabajar, Rosa se tiene que quedar a cargo.

-Al más grande le va bien en el colegio; al más chico no, es flojito, hay que estar encima para que haga las tareas. ¡Me saca canas verdes! Jajaja. Es una lucha diaria con ese chiquillo. Ellos a veces me contestan, pero saben que después se llevan su reto, porque yo los acuso en la noche cuando llegan mis hijas.

Según los datos del Instituto de Previsión Social, ex INP, al menos 375 mil abuelos viven con una pensión básica solidaria de 75 mil pesos mensuales. Y otros 253.809 reciben una pensión de vejez que oscila entre los 104 y 122 mil pesos mensuales. En algunas casas ese dinero se junta y es un alivio. Pero no siempre es así.

Gladys Muñoz tiene 67 años y cuida a su nieto de 13, Juan. Ella corre detrás de él todo el día, hasta que los padres vuelven del trabajo.”Mi labor es lograr que coma, que haga tareas, y lograr que no salga a la calle. Pero a su edad es muy difícil que haga caso. Pero no crea que soy una abuela explotada. Mi nuera, antes de irse a trabajar, deja todo listo para que yo vea al niño”, aclara.

Hasta diciembre del año pasado, Gladys tenía cuatro nietos. A dos de ellos los cuidaba ella. Sin embargo, en menos de dos meses, dos de los niños murieron atropellados, lo que ha generado sentimientos de culpa e inseguridad en Gladys, quien cree que, tal vez por su edad, no estuvo lo suficientemente atenta cuidando del que estaba a su cargo.

-La vida mía ahora se ha vuelto muy difícil, porque la cosa es todo el tiempo perseguir al nieto, que no salga a la calle, que no se aleje demasiado, que no se me desaparezca ni un minuto. Lo que pasa es que uno tiene un poco de culpabilidad de que el nieto vivió con uno, pero uno no lo cuidó bien, porque él tomó la bicicleta, se alejó cuatro cuadras de la casa… yo no pude detenerlo, y un camión lo atropelló- cuenta entre sollozos. Y agrega: “Tal vez no fue mi culpa, pero tal vez no lo cuidé bien. Yo por mis años ya no puedo andar corriendo detrás. A veces no me hacen caso. Ahora siento que tengo que andar encima para que no le pase lo mismo. Y sé que mi nuera y mi hijo van al trabajo preocupados del niño. Y tal vez quisieran que se los cuidara otra persona, pero no tienen los medios”.

Gladys participa en un club de adultos mayores todas las mañanas, y por las noches asiste a clases para terminar su enseñanza básica. “Yo en las tardes corro a la casa para llegar antes de que vuelva Juanito de clases, y que él encuentre todo listo”, cuenta. Reconoce, también, que Juan está en una edad difícil, y que cada vez es más complicado lograr que le haga caso.

-Lo que pasa es que uno pasa a ser la segunda mamá, pero la mamá sin la autoridad de la mamá y el papá verdaderos, porque los niños piensan: “Es que no es mi mamá po, es mi abuelita no más, así que no me manda”. Ojalá que se dé cuenta de que no es que uno lo quiera ahogarlo, simplemente quiere protegerlo- explica.

Lo descrito por Gladys es un problema común entre los niños criados por abuelos. La directora del Postítulo en Psicología Clínica Infanto Juvenil de la Universidad Diego Portales, Paulina Müller, señala que algunos de los efectos en los nietos-hijos, es que muchas veces estos niños se vuelven inmanejables. “El análisis debería hacerse caso a caso, pero en términos generales se vuelve mucho más complicado cuando el abuelo que cuida vive con los padres del niño. Porque si hay “dos capitanes para el mismo buque”, el niño no sabe a quién hacerle caso, no sabe quién es la autoridad. Pasa muchísimo que el niño termina no haciéndole caso a ninguno de los dos y mandándose solo”, explica.

La brecha generacional también es un factor determinante en el caso de Gladys, quien no entiende mucho de los programas que ve su nieto, ni de lo que hace cuando se instala tardes completas frente al computador. “Yo no entiendo nada de computadores, así que tengo que estar todo el tiempo: ¿qué estás haciendo, Juanito? ¿Con quién estás conversando? ¿A qué hora las tareas, Juanito? Y lo observo todo el tiempo. Además, por todas esas cosas de que hablen con algún extraño que les pueda hacer algo, uno está nerviosa todo el tiempo”.

Pese a todo, Gladys se siente feliz de estar a cargo de su nieto. “Yo creo que lo mejor que me ha pasado es poder cuidar de ellos. Además, siempre es mejor que los nietos estén con los abuelos a que estén con algún desconocido o a que estén solitos. Yo siento que tengo la obligación de velar por ellos… muy mal velados, porque me atropellaron a uno. Trato de ser la mejor abuela y darles mucho amor, sobre todo a los nietos que me quedan. Trato de no ser una abuela obsesiva, y creo que lo estoy logrando”.

Gladys tenía cuatro nietos. Sin embargo, en menos de dos meses, dos de los niños murieron atropellados, lo que ha generado sentimientos de culpa e inseguridad en Gladys, quien cree que, tal vez por su edad, no estuvo lo suficientemente atenta cuidando del que estaba a su cargo.

En Chile, al menos 375 mil abuelos viven con una pensión básica solidaria de 75 mil pesos mensuales.

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