POR HUMBERTO GIANNINI/ filósofo

La derecha ha recurrido a presentar el eventual triunfo de Sebastián Piñera como un recambio, que es algo “bueno y saludable en una democracia”.

El sofisma grueso consiste en quitarle peso a la decisión ciudadana, presentando el dilema electoral como un simple y democrático ‘dejar que otros prueben suerte’.

Sin embargo, el significado del término es muy preciso: se recambia la rueda de un auto, una máquina en un taller; hay recambio generacional en una sociedad, etc. En todos estos casos, se renueva uno de los elementos de un sistema a fin de hacerlo continuo y mejorar su rendimiento.

¿Por qué la derecha ha recurrido a este concepto? Más allá de la publicidad callejera, la idea de cambio suena como inoportuna justamente cuando hoy el gobierno obtiene una aprobación ciudadana espectacular; y cuando la derecha se ve obligada a reconocer que la Concertación ‘ha avanzado en la dirección correcta’.

Pero apenas se raspa un poco la superficie de este discurso, en los cambios del recambio empieza a reaparecer el clásico esquema ideológico de la derecha: el retorno a un Estado que deja hacer y que se limita a hacer caja vendiendo o arrendando por siglos las riquezas sociales del suelo, del mar y del aire (las comunicaciones, por ejemplo) a los grandes consorcios internacionales. Apenas se raspa un poco el discurso, reaparece el esquema que concibe la educación como un negocio más: el gran negocio de las profesiones; esquema que vuelve a considerar el trabajo como mercadería, cuyo valor queda mediatizado por la competencia de los productos en los mercados mundiales.

El “recambio” que propone la derecha es un paso que hace casi imposible un nuevo recambio, por cuanto una o dos generaciones ya han sido iniciadas en el más ciego e imbatible de los individualismos: el de una sociedad que se piensa a sí misma como mercado.