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Opinión

25 de Marzo de 2010

El Candado del Bicentenario

Por

Por Alvaro Díaz

A principios de año llegó nuestra redacción, como regalo, una cantidad descomunal de material relacionado con el Bicentenario. El abultado paquete incluía libros de títulos tan relamidos como “El baúl de los recuerdos”, otro que contenía los trabajos ganadores de un concurso de fotografía aficionada, recopilaciones de cartas de niños soñando el Chile futuro, discursos de la Bachelet, pendrives, calcomanías y hasta un pedazo de palo con un plástico incrustado en él (desconozco el nombre de este objeto) que supongo sirve para ponerlo en la cabecera del escritorio como colocan su nombre los ejecutivos de cuentas en los bancos, porque estaba demasiado grande para pisapapeles, rotulado obviamente con la palabra Bicentenario. El comentario general, aparte de la respectiva sorna -a Pablo Vergara, editor general del diario, no le funcionó el pendrive- fue que esto era un despropósito. Incluso sin terremoto a cuestas el derroche era elocuente, propio del manotazo final al que cree tener derecho una administración pública en retirada.
Ayer en La Tercera, Julio Dittborn, actual secretario ejecutivo de la Comisión Bicentenario, escribió una columna explicando porque echó hasta al gato de la ocasional repartición pública. No hay que ser analista político para saber que Dittborn y sus aliados no son agua de nuestro florero, y que no hemos dudado jamás en dedicarle un humillante chiste si la realidad lo amerita, pero esta vez su tono suena sensato. Dittborn dice: “He criticado que en los primeros dos meses de este año hayan gastado el 76% del presupuesto anual de la Comisión y también he criticado que muchos de esos gastos hayan ido a pagar bienes y servicios que, a mi juicio, son completamente superfluos. Por ejemplo, se gastaron 101 millones de pesos en imprimir y distribuir a través de un matutino un folleto llamado “Informe del Bicentenario”, que es un conjunto de fotos y textos en que las antiguas autoridades se aplauden ellas mismas mientras participan en una gran cantidad de actividades. (…) Además de este folleto, se gastaron 71 millones de pesos en una campaña comunicacional en 412 emisoras de la Asociación de Radiodifusores de Chile. Se confeccionaron 2.500 pendrives a un costo de $ 19 millones. A mí me llegó uno como diputado, así que me imagino que, al menos una parte, se debe haber repartido entre las autoridades. Se confeccionó una bandera del bicentenario para el Festival de Viña del Mar que costó algo más de $ 3 millones. Se mandaron a hacer 1.000 bolígrafos con cajas de madera y 1.500 abanicos a un costo de sobre $ 16 millones. Se mandaron a hacer medallas de plata y bronce con el logo Bicentenario a un costo superior a los $ 20 millones”.
Dittborn plantea a continuación que son infinitas las ideas con las que llegó y que sin caja será un milagro realizarlas. Probablemente esas ideas estén relacionadas con espuelas, huasos, cuecas, caballos, establos, milicos y todos esos resabios de barabarie, y de hacerse realidad sean objeto de una avalancha de burlas en la misma línea inaugurada por el fatídico logo gubernamental. Quizás lo mejor sería agarrar lo que queda de plata, comprar un candado gigantesco -el Candado del Bicentenario- ponerlo en la reja de la comisión y olvidarse del asunto. Chile no va a encontrar en estos pocos meses el encanto que durante 200 años no ha tenido.
Los mexicanos este año también celebran su bicentenario. Carácter nacional no les falta como para tener que invertir en buscarlo, pero la lata la dan por igual en radios, televisión, diarios y plazas. Probablemente nuestro botadero de pendrives y abanicos les parezca una ridiculez, pues para ellos el concepto de despilfarro incluye todoterrenos Hummer, jets privados, mansiones, narcotráfico y una cuota respetable de cadáveres.
Allá y acá y en todas partes los números redondos del calendario nos convierten en esclavos de festejos que poco tienen de alma y mucho de fanfarria, buenas excusas para levantar ciudades, monumentos y carreteras que tienen como principal objetivo inscribir el nombre de sus ejecutores en la eternidad. Pero en Chile hubo terremoto, como si nuestro único y verdadero designio fuera la desgracia. Sin plata, menos ganas de celebrar y evitando cualquier potencial ridículo, es un buen momento para asumir eso de que “la patria es el último refugio de los canallas”, certera frase de Ambroise Bierce que anula cualquier entusiasmo nacionalista.

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