POR PATRICIO FERNÁNDEZ
Terminó el partido con Brasil y los jugadores de blanco se retiraron de la cancha cabizbajos. No habían sido capaces de anotar. Por momentos tuvieron la pelota con dignidad y la pasaron unos a otros con la calma y precisión de los que se saben competentes, aunque a la hora de concebir, primaran los abortos. Durante décadas, para nuestros seleccionados, la pelota aterraba. Había que deshacerse de ella antes de que llegara un futbolista bueno de verdad y se la quitara. Corrían por la cancha como pollos asustados. Esta vez no fue así. Los verde amarelos, la potencia futbolística más grande do mundo, se encontró con un equipo profesional, no de su estatura, pero serio y perseverante, agresivo hasta el final. No me apasionan para nada las gestas épicas, pero debe haber sido como lo que cuenta la leyenda que le ocurrió a Grau con Prat. Los chilenos no corrieron donde los brasileros a pedirles cambio de camiseta. Los que salían vencidos, habían entrado para ganar. ¡Nada de victorias morales! El equipo de Bielsa no estaba ahí para mendigar resultados, sino para vencer a su oponente, cualquiera fuera su fuerza, talento o experiencia. Para eso preparó a este grupo. Sabía que contaba con un material discreto (bueno, no excepcional), con pocos elementos de primera línea mundial, un lote más bien joven e inexperto, pero, por lo mismo, moldeable. Reto sin duda atractivo para uno que parece ver el fútbol como un arte trascendente. Cuando recogió a este equipo, eran la escoria de las eliminatorias. Baste recordar que los tomó a cargo justo después de que se agarraran a jamonazos en un hotel de Puerto Ordaz. Por eso ahora pienso en el rostro de Bielsa, solo sobre un banquillo enjaulado, al terminar el partido con tres goles en contra y ninguno a favor. Enterrando los codos en los muslos y la cabeza tomada a dos manos, apretada con mucha fuerza, para a continuación echarla a volar y dejarla planeando en el infinito. A Bielsa le brillaban los ojos. Su boca estaba seca. Sin duda, tenía ganas de llorar. El proceso había sido cautivante, pero en ese momento no era el proceso lo significativo. Hasta ahí no más llegaba. Él, como Gepeto (el carpintero que hizo a Pinocho), alcanzó a imaginar su equipo de palo, el más perfecto equipo de palo que alguien pueda confeccionar, convertido en un campeón de carne y hueso. Sabía -porque aunque digan lo contrario, de loco no tiene nada-, que era un sueño imposible, pero sólo hacen grandes cosas los que se olvidan que los sueños “sueños son”, y por instantes descartan la existencia de cualquier imposibilidad. Como sucede con la muerte de los viejos amados, impajaritablemente cuando se presenta es una sorpresa. Y Bielsa no esperaba perder. Intuyo que, en su caso, esta derrota carga una despedida. Llevó a la selección chilena lo más lejos que pudo. Hubiera querido más, pero llegó hasta aquí. Le cambió a un país la manera de ver el fútbol, lo ayudó a recuperar su autoestima, y, no obstante, la cara blanca, muda y temblorosa de Bielsa, al acabar la contienda, si algo encerraba era el dolor que se experimenta cuando la realidad ronca, cuando no hay nada más que hacer, y los valientes, en lugar de rabiar, entristecen.