POR PEPE LEMPIRA
En tiempos antiguos, cuando fueron de verdad poderosos, eran de palabra bastante categórica. Pero ahora, y sobre todo tras los vapuleos del último año, los prelados católicos hablan parecido a Cantinflas en las Naciones Unidas. Sus mensajes corporativos están repletos de ponderados trabalenguas conceptuales, que apelan a la buena voluntad. Como si se tratara del brindis de un relamido embajador gagá, o de una azucarada reflexión humana en la autobiografía de un ministro de relaciones exteriores jubilado… No por nada la Iglesia Católica es la diplomacia más antigua del mundo.

Las cartas pastorales pueden incluir mensajes dudosos y terribles, pero invariablemente aliñados con tanto amor por la humanidad sufriente, que para muchos son manchas de tinta. Como las del Test de Rorschach. Así, cualquier miembro del rebaño puede decidir si quiere ver en la mancha un hippie sonriente o una silla eléctrica humeante. Por lo mismo, muchos no han podido dejar de notar que se trata de una religión que sirve indistintamente para apoyar la pena de muerte o la clemencia, según sea el gusto del consumidor.

Por su diplomática manera en expresarse, la Iglesia Católica es una invitada perfecta en los rituales republicanos. Esto pese a sus profundas raíces monárquicas. Tan profundas, que debiera bastar con hacer notar que se trata de la última oficina del Imperio Romano que sigue abierta hasta nuestros días.

En el Tedeum, por ejemplo, estos diplomáticos rellenan horas diciendo bastante poco. Gastan más aire del que mueven. Pero siempre incluyen de contrabando su mensaje duro, oponiéndose hasta ayer a la voluntad mayoritaria en materias como el divorcio. Y enredándose en su agenda particular a mitad del brindis. Diciendo cosas que muchos consideran barbaridades. Pero como las plantean tan sonrientes, y todos quieren irse a la verdadera fiesta, no importa mucho que el cura haya dado la lata. Total, es ritual. Es relleno.

Y así se la pasan por décadas en el equilibrismo. En la palabra sibilina y la frase de doble lectura.

¿QUÉ FUE ESO?

Pero hoy los obispos se superaron a sí mismos por varios cuerpos. Los equilibristas han entregado su propuesta de indulto. La presentan como una iniciativa general, pero que nadie parece dudar de que se haya diseñado principalmente pensando en los oscuros agentes y asesinos de la última dictadura. Por lo menos esa fue la sensación que quedó, porque al final no se habló mucho de los otros presos.

En el afán de hacer digerible la idea, entregaron cinco páginas plagadas de incoherencias lógicas y inconsistencias argumentativas evidentes… Revisado con detención, el documento parece una tomadura de pelo, redactada por una partida de locos tras una descomunal borrachera en la casa de ejercicios de Punta de Tralca. O la obra de una selección nacional de alumnos expulsados de la carrera de Derecho, bajo los efectos de un persistente surménage.

¿Para esto gastaron tiempo y atrajeron atención mediática? ¿Pensaron que nadie iba a leer la letra chica? El nivel de contradicción y falta de manejo es tal, que si no fuera porque es obra de uno de los grandes poderes fácticos de nuestra sociedad, nadie tomaría en serio este PDF, destinado -por sus propios méritos- a la papelera de reciclaje de cualquier profesor de primer año de universidad.

Ya todos lo habrán notado… Los obispos terminan su documento señalando que la propuesta no podría estar completa sin que sean incluidos en el indulto los militares autores de crímenes de lesa humanidad. Pero, párrafos antes, se abre la argumentación sugiriendo que se usen algunos criterios para excluir ciertos crímenes graves del privilegio. Por ejemplo los “delitos de sangre”. Lo que invalida de plano cualquier posibilidad de que los militares presos califiquen para la medida. A reglón seguido, afirman que quieren hacer su solicitud tomando en cuenta el necesario respeto a los tratados internacionales, cuando éstos mismos son los que imposibilitan amnistías e indultos generales para los crímenes de la DINA y la CNI.

Un cero en la tarea. Como en un gran acto fallido, afirman que quieren que se rebaje las penas a los militares, y enumeran justamente las razones para no hacerlo. Así que nos dejan donde mismo y se van.

Esto les da toda la razón a los que piensan que es inapropiado que, quienes se presentan como delirantes creadores de paradojas, terminen auto-designándose asesores legales en materias que (en teoría) les son tan ajenas, como la reproducción humana y el sistema carcelario.

La chambonada, de paso, también reafirma la posición de quienes creen que pasaron los autoritarios tiempos de barbarie en que el sanedrín podía pedir al rey que se libere un preso a su elección para las fiestas.

INDULTO AUTORREFERENTE

Como los argumentos y las propuestas de la Iglesia se canibalizan unas a otras, da por pensar en flojera e improvisación. Es que, si el primer párrafo desactiva al que sigue, en una orgía de desprolijidad, el lector queda invitado a lanzarse de guata en busca de explicaciones para esta conducta tan autodestructiva:

Quizá sea un escrito hecho de mala gana y por cumplir. Tal vez, la suma de inconfesables presiones y urgencias institucionales que motivaron la propuesta, haya terminado por provocar una especie de pánico escénico en los obispos. O puede que la manía de hablar diplomáticamente tenga a todos los de la Conferencia Episcopal expresándose como personajes de Alicia en el País de las Maravillas.

Por ahora, prefiero pensar que es un síntoma de que los obispos conservan algo de autorrespeto y conciencia culpable. Porque ¿cómo van a gestionar indultos judiciales si todavía está pendiente lo principal? Que la Fiscalía nos aclare si el arzobispo de Santiago estaba obligado a denunciar a Karadima a los tribunales hace unos diez años. Que resuelva si acusarlo como encubridor.

Mientras tanto, en estas circunstancias tan delicadas, escuchar a los obispos invocar clemencia para los viejitos suena un poco autorreferente.