Lo que pasó ayer no es cualquier cosa. Simbólicamente, es lo más cercano que puede hacerse en Chile a enviar un hombre a la Luna. O traer de vuelta a la Tierra una averiada cápsula espacial destinada a la tragedia. Claro. Nuestra Luna queda al fondo de la Tierra. Nuestros astronautas recibieron la peor educación formal que ha sido posible negarles. El cable que chisporrotea sobre el tanque de combustible es el interminable campanilleo de prepotentes telefonazos a fiscalizadores honestos, que sí los hubo. Y el meteorito que golpea la nave, es todo un cerro que cae, fagocitando el espacio confinado en el que persiste la porfiada vida.

Sí. Esa sonda taladró en las profundidades del subconsciente de millones de personas, traumatizadas por una sucesión detestable de desastres y fatalidades. Esa sonda compensa lutos. Borra el invierno. Airea.

Los significados de las cosas se viran mágicamente. Si las grietas cuartearon el país hace cosa de seis meses; ahora, por entre los pliegues de una grieta se vislumbra un rostro sobreviviente.

Pero, hay cosas que es mejor no olvidar en medio de la magia del momento. En el control de la misión estuvo la gente de Codelco. Esa vilipendiada empresa estatal, que, casualmente, alimenta a cientos de miles de escolares cada día. Que compra agujas hipodérmicas, sacos de cemento y pizarrones. Esa codiciada noria que hasta financia submarinos y material antimotines. Codelco, el supuesto antro de la ineficiencia y la baja productividad, aportó a los mejores hombres, que -anónimos- volverán en unos meses a sus minas, ambicionadas y especuladas por la misma ansiedad que encerró a los 33 a casi un kilómetro de profundidad.

Al final de esta historia también surge una escena desconcertante. Como en todo perfecto guión de supervivencia, hace su aparición la carroña mediática. Pero, no importa. La llamada de Nixon, el afectado abrazo del soberano, es parte inevitable de estas historias. Aún así, quedo preocupado… Retrasar la oficialización de la buena noticia una hora, para que pudiera darla el Presidente, es no haber entendido mucho el mensaje de la fábula que, como escolares ávidos, el país siguió verso a verso:

Los hombres no se pueden apilar para apuntalar galerías con sus huesos. Ni se pueden estrujar para saciar al ludópata del dinero y el poder. Esos terneados adictos, que necesitan tratamiento más urgente que muchos toxicómanos. Porque no consumen sustancias volátiles o su propio cerebro. Consumen gente. Y los seres humanos no son para masticarlos hasta que se les acaba el sabor.

Porque puede que nuestros astronautas, los que viajan a diario a esas zonas abisales de locura, no sean aviadores de mandíbula cuadrada y buena familia, seleccionados tras riguroso chequeo médico. Puede que nuestros astronautas sean precisamente nuestros conciudadanos más postergados. Que sean hombres viejos, enfermos de diabetes. Que sean inmigrantes bolivianos… Pero nuestros astronautas son lo mejor que tenemos. Y, eso, hoy nadie lo duda. Al fin.