Santiago, 30 de mayo de 1954.
Mi estimado don Joaquín:
No nos conocemos, pero, para el caso, poco importa. Yo nunca escribo cartas, ni a mi familia, nunca desmiento a nadie, nunca salto con mensajes ni parrafitos a directores y redactores de diarios a la primera frase que fuera injusta a mi parecer. Al grano. A caído en mis manos la revista “Vea” (compro “La Nación” los jueves y el suplemento de los domingos por su redacción y por el bolcillo) y en la entrevista que le hicieron a raíz de su ingreso a la Academia de la Lengua y publicaron el 26 del presente mes, hay una frasecita que aún me da vueltas en el meoyo: “En Chile nadie podría gritar sinceramente viva Chile”. Esto textualmente se lo atribullen a Ud. y yo quisiera creer que no es cierto porque Ud. don Juaquin está entre la infinidad de cosas, personas, y objetos por los que me siento horgulloso de ser chileno, no diga Ud. que soy mediocre soy menos que eso… ¿o más? Soy simplemente un obrero.

Un obrero que no se enoja con su Chile porque está pasando hambre, por que hallanse sentado en el sillón de la moneda gente incapaz queno hemos sabido elegir. Para demostrar cariño a mi Patria ni me acuerdo de su presidente y su fracaso a esta parte de su periodo como aspiración y anhelo del pueblo, no me acuerdo de los Gonzalez Videlas, de los Alesandrés, de los Baltazares Castros ni de los Clotarios, me acuerdo de esta cinta de tierra, de su cordillera, de sus gentes sencillas, de sus vinos, de su chicha, de… sus mujeres.

En lo “del estado de animo a raiz de tantos errores estatales” ¿no cree Ud. que algún día podemos achuntarle. Si no le achuntamos, pueden los Srs. seguir abusando, que cuando la “gallá” se “cabree” no va a quedar titere con cabeza ni porqueria humana que no cuelgue de un alambre. Bien don Juaquin, me extendi demasiado, perdone la letra, la ortografia, la redacción, la familiaridad, y el material de la carta, perdone mi bolcillo, perdone la groceria, porque el único objeto de ésta era gritarle sinceramente bajo sus propias narices: VIVA CHILE MIERDA.

Un obrero.

P.D.: Aprobecho la ocación para felicitarlo de corazon por su ingreso a la Academia de la Lengua y recuerde don Joaquin cuando escriba que entre los de mi clase le leemos mucho.
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ECOS DE UN CHILE IDO
Recién salió de imprenta “Cartas de ida y vuelta”, libro que forma parte del colosal proyecto de rescate de la obra de Joaquín Edwards Bello que ha emprendido la editorial de la Universidad Diego Portales. El volumen recoge las misivas que el autor de “El roto” mandó y recibió durante cincuenta años. Recopiladas, introducidas y anotadas por el recientemente fallecido Salvador Benadava, estas cartas permiten conocer más de cerca, y sin los desdibujamientos propios de la ficción, al gran cronista chileno, sus posturas políticas, sus devaneos políticos más bien, su posición respecto a la demanda boliviana por una salida al mar, sus amistades, sus atados familiares, sus afectos y odios y su hasta hoy desconocida relación con Mary Hagenaar, que fue la mujer con quien Neruda tuvo a su hija Malva Marina.

Pero además estas cartas son una excelente ocasión para oír los ecos de un Chile ido en la voz de otros, y por “otros” entiéndase un surtido fascinante que incluye a sus familiares y amigos, y a Pablo Neruda, Gabriela Mistral, Arturo Alessandri Palma, Pablo de Rokha, Alone, Ramón Gómez de la Serna y Leopoldo Lugones, así como también a algunos anónimos, como el obrero de la carta aquí publicada, o una devota “madre chilena”, o un caballero llamado Adolfo Allende Sarón que, ajeno a la corrección política, le escribe a Edwards Bello, con la soltura de lengua que caracterizaba a la antigua elite chilena, la siguiente finura: “Salgo a la calle para comprar el diario y reparo en que todo el mundo pasa comiendo en horas inoportunas; comen como chanchos hambrientos sobre todo si pertenecen a la clase media. Si son muchachas, lengüetean esos helados llamados “bañitos” como si se tratara del glande perteneciente a un pene descomunal”.

CARTAS DE IDA Y VUELTA
Joaquín Edwards Bello
Ediciones UDP
2010, 523 páginas.