Editorial: Como un ovni llegando a la Tierra

Desde la mina San José / Miércoles 13 de octubre, 2:30 de la mañana. ___________ Florencio Ávalos acaba de salir a la superficie y abrazar a su pequeño y nervioso hijo Byron. En el lugar reservado para la prensa, una colina a 250 metros de la perforación, no hubo bulliciosos festejos ni manifestaciones de histeria, esperables tras tanta expectación. Salvo la emoción de tres periodistas de la radio Cobremar de Chañaral, que hasta se pusieron de pie para cantar el himno nacional cuando Sebastián Piñera forzadamente lo propuso, y el relato casi futbolístico de un argentino de radio Mitre, nadie diría que estábamos frente a la manifestación de un milagro. Minutos después llegó al punto de prensa el presidente acompañado de Cecilia Morel, su mujer, y el ministro Laurence Golborne. Con un discurso malo pero corto –donde confundió al minero rescatado con el desaparecido preparador de la cancha de Colo Colo Florencio Ceballos- Piñera dejó en claro que este triunfo era suyo, y que será majadero en recordarlo. Con los mineros afuera desaparecen de un plumazo Michelle Bachelet, las dudas sobre la reconstrucción post terremoto y la sensación ambiental de que este gobierno está repleto de perros nuevos. Miserias, a la larga. Preocuparse por quién ganó, quién perdió y a cuánto asciende el botín es quedarse pegado en las hojas muertas de un bosque asombroso. Porque lo sucedido en la mina San José fue asombroso, extraño, terrible, magnífico y sobre todo único. Desde que llegamos con la gente del Clinic, hace tres días, he buscado una comparación pertinente con otro evento de similar magnetismo. Una guerra no calza. Tampoco un mundial de fútbol. “Es como asistir al nacimiento del niño Jesús”, me dice Pato Fernández, habitual redactor de estas líneas, desde el otro lado del teléfono. “Sí, pero sabiendo que el niño Jesús iba a llegar a ser alguien importante dos mil años después”, le respondo. El lunes en la noche, mientras realizaba tomas para ilustrar la vigilia del rescate, vino a mi mente un viejo lugar común cinematográfico: el ovni que aterriza en la tierra y se encuentra rodeado de militares, prensa y civiles irresponsables a la espera de que algo o alguien se manifieste. Al menos por estética, esto se pareció bastante. La perforación iluminada fue la nave, inanimado telón de fondo para toda clase de excesos televisivos, despachos en infinitos idiomas y un circo que difícilmente se repetirá. La mina San José no sólo fue el escenario de un accidente lamentable y un rescate ejemplar. Fue también el sitio de peregrinación de cientos de curiosos con credenciales. Quienes vinimos a ella sólo queríamos estar acá, después encontrar las razones. Armados con satélites, equipos de última generación y actitudes parcas, muchos simulaban ser piezas fundamentales de algo importante, aunque lo único verdaderamente importante sucediera varios metros bajo tierra, a hombres que hace más de dos meses salieron de su casa a realizar un trabajo peligroso, desagradable y mal pagado, y que ni en la peor de sus pesadillas imaginaron atravesar por todo esto. ¿Qué pasará mañana, cuando con la claridad del día las luces artificiales se apaguen? Es difícil presagiarlo, pero hay algo seguro: los que estamos hoy aquí estaremos en otro lado, probablemente muy lejos, a la caza de otras historias que con suerte llegarán a los talones de ésta.
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