Carlos Peña escribió el domingo pasado, en El Mercurio, acerca del silencio de los medios chilenos en torno al caso Karadima. Le sorprendía, como a cualquiera, que para saber lo que sucedía aquí al lado, hubiera que informarse por The New York Times. Explicaba el silencio de los medios como una confabulación social. A las familias bien no les gusta que sus paños se ventilen al sol, y Karadima, como en el fondo decía Peña, era un cura pije, ídolo de momios redomados. Estaría bueno ir sabiendo, además, hasta dónde trepa el escándalo. El nombre del obispo Arteaga aparece por todos lados, y más allá de las excusas, habría que terminar de indagar cuánto sabía el cardenal Errázuriz, al momento de descreer y desoír el testimonio de los abusados por el párroco de El Bosque. Ahora el tema se fue por el lado de la plata. El santón, como tantas veces sucede con los santones, resultó ser un vivaracho de siete suelas.

Algo no muy distinto sucede en el ámbito estrictamente económico, en torno a los avisadores. Del paro en que ya llevan un mes los trabajadores de Farmacias Ahumada no se dice nada, o casi nada, en los noticieros y periódicos. Es demasiada la plata que FASA invierte en publicidad. Los trabajadores reclaman porque reciben un sueldo fijo de treinta y tantos mil pesos, y como superan el sueldo mínimo a punta de comisiones, el sistema resulta lo más legal que hay. Las comisiones se las dan los laboratorios a esos vendedores o vendedoras de remedios que le enchufen al enfermo los productos de su empresa en lugar de los de otra, además, imagino, de un bono por ventas. O sea, aquí, salvo los dueños del boliche, el resto perdemos por todos lados. Los que actualmente están en huelga, porque reciben un sueldo que garantiza bien poca seguridad, sin contar lo bajo que es; y los clientes, los que llegan a comprar salud, porque en lugar de hallarse con un consejo limpio, de especialista dedicado, se enfrentan a un mercado turbio, del que no se sabe nada (pocos manejan los nombres técnicos), una lucha de marcas que para ganar coimean a los vendedores de la industria, con la anuencia y provecho de los dueños de la cadena de farmacias. Es más, esa coima es la que les completa el sueldo.

En el pueblo de Caimanes, al borde del Valle del Pulpío, a 40 km de Los Vilos, una villa de aproximadamente 600 habitantes y en la que alguna vez hubo una estación de trenes, cunde el temor de que se les venga encima una poza de relave, es decir, una masa enorme de desechos tóxicos provenientes de la mina cuprífera Los Pelambres, enclavada a más de 3600 m de altura. Ahora los diputados rechazaron crear una comisión investigadora para el tema general de los relaves, puesto en escena por CNN y Ciper, y hasta aquí para nada replicado por la prensa. El asunto es que 11 habitantes de Caimanes se encuentran desde hace más de un mes en huelga de hambre en el colegio de profesores de Illapel, y como sucedió con los mapuche durante demasiadas semanas, han permanecido invisibles para los medios. Ha habido filtración de estos residuos en algunos predios y en ese valle muchos dan por muerta la agricultura. Se trata del relave más grande de Latinoamérica y tercero del mundo y, no obstante, la información sólo ha circulado en pequeños diarios regionales y sitios web.

El tema de fondo vuelve a ser la concentración del poder y la riqueza. Una malla invisible pero fuertísima liga al mundo de las comunicaciones y el “periodismo” con el gran empresariado. Son la misma familia, esta vez no necesariamente unida por lazos de sangre, sino por un interés comercial común. Ahí, el que paga la fiesta, pone la música. Por eso, cuando estos silencios cómplices se evidencian, las falencias de nuestra democracia resplandecen. Porque en la democracia, si mal no recuerdo, la dignidad de todos los ciudadanos vale lo mismo, y no hay abuso con derecho al secreto.