Herzen, Bakunin y otros exiliados rusos: El siglo de la pasión

Todos estos revolucionarios, por otra parte, son cornudos, por convenio o por economía sicológica, o ambos. Pareciera ser parte de la dimensión libertaria, aunque después fuera un foco de conflicto interpersonal, como es el caso de Herzen y Herwegh, compartiendo a la mujer del primero. Es muy ilustrativo leer sobre la vida más bien doméstica de los próceres revolucionarios, desde la perspectiva de un narrador que, desde una “cómoda” neutralidad europea, da cuenta, con una cierta dosis de fascinación por lo exótico, de una ruptura que no es tan lejana (entre la revolución francesa y la soviética).

“Los exiliados románticos. Galería de retratos del siglo XIX” es un fascinante libro de Edward H. Carr (1892-1982), historiador especialista en temas eslavos y consejero en relaciones internacionales del Reino Unido en el siglo de las grandes guerras. Este académico se obnubiló con la cultura rusa, sobre todo con ciertos personajes que la caracterizan, los revolucionarios, algunos de los cuales terminarían en el Olimpo de la revolución soviética, como el mismo protagonista de esta narración. El texto reconstruye una historia que privilegia la subjetividad y la vida doméstica de estos románticos que serían clave en la formación de la democracia europea del siglo XX. Socialistas utópicos, anarquistas y marxistas son analizados en cartas, documentos y memorias autobiográficas. El libro, que es de 1933, en el fondo es un estudio basado en el discurso epistolar, un recurso romántico decimonónico que marca un pulso textual que define el régimen de las artes del siglo XIX. El amor romántico es un amor epistolar, y la revolución también tiene esa impronta, aunque ampliada al ámbito periodístico y poético literario.

El libro relata vívida y anecdóticamente la convulsionada existencia de refugiados rusos en la Europa de mediados del siglo XIX. A partir de sus documentos íntimos se reconstruye la vida política, sexual-sentimental y doméstica de liberales, socialistas y anarquistas que, imbuidos o poseídos del espíritu o modo de producción romántico, capearon de varios modos la adversidad del exilio. Casi todos se dedicaron al periodismo revolucionario y a desarrollar sistemas conspirativos que combinaron tragedia y farsa, parafraseando a Marx en tiempos de la comuna de París. La revolución fue, sobre todo, de tinta. Y los tinteros de la literatura resonaban en ese imaginario pasional, ya sea en el modelo dostoievskiano o tolstoiano, o en el de George Sand. Los políticos de esa revolución, incluidos sus terroristas sicóticos, fueron modelos novelescos que inventaron lo que hoy damos por sentado en la ficción y en la imaginación contemporánea, la intimidad sentimental “libremente” expresada, dicho así como en cliché, o simplemente, la incorporación del inconsciente en la vida cotidiana y política. Estos revolucionarios anticipan, patéticamente quizás, las democracias liberales occidentales.

El texto se centra en la figura de Alexandr Herzen, un ruso aristócrata de ideas democrático-liberales, patriarcal y con sentido de la realidad, que debe hacerse cargo de varios “pastelitos”, como Ogarev, Herwegh y el mismo Bakunin. Todos itineran por Europa (Ginebra, Londres, París) y comparten vidas azarosas con otros liberales y anarquistas que juegan a la revolución.

El maestro Marx despreciaba y denigraba a ese grupo y, de hecho, expulsa a Bakunin de la Internacional por faltar a un compromiso editorial, persuadido por un terrorista sicópata, Nechaev, que serviría, posteriormente, como modelo de una novela de Dostievsky, “Los demonios”. En el fondo, estamos en los prolegómenos de la punta de diamantes en que se dividen varios caminos del progresismo revolucionario: la socialdemocracia, el ultraizquierdismo y el socialismo “científico”, y otros matices. Pero todos estos puntos de vista rinden tributo al romanticismo.

Todos estos revolucionarios, por otra parte, son cornudos, por convenio o por economía sicológica, o ambos. Pareciera ser parte de la dimensión libertaria, aunque después fuera un foco de conflicto interpersonal, como es el caso de Herzen y Herwegh, compartiendo a la mujer del primero. Es muy ilustrativo leer sobre la vida más bien doméstica de los próceres revolucionarios, desde la perspectiva de un narrador que, desde una “cómoda” neutralidad europea, da cuenta, con una cierta dosis de fascinación por lo exótico, de una ruptura que no es tan lejana (entre la revolución francesa y la soviética).

Hay un episodio muy sabroso, que a mí me parece fundamental como anticipo de un cierto registro de la modernidad. Se trata de la historia del conde Dolgorukov, un monárquico constitucionalista, cómplice de Herzen, homosexual y genealogista por afición y doctrina, y que sin lugar a dudas es una especie de impulsor de la farándula o prensa amarillista. Articula intrigas y comentarios mordaces gracias al periodismo revolucionario. Según E. H. Carr, Dolgorukov es el que escribe una nota en un periódico en la que Pushkin aparece como un cornudo. El gran poeta romántico culpa a un adversario, y el vate se bate a duelo, y es mortalmente herido en dicho evento. Nuestro conde debe marcharse de Rusia. El paradigma del duelo puede ser una buena fórmula para la resolución de conflictos culturales.

LOS EXILIADOS ROMÁNTICOS
E. H. Carr
Prólogo de Pere Gimferrer
Anagrama, 2010, 448 páginas

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