Por Pedro Cayuqueo

Especialistas médicos cifran en ochenta los días promedio que puede mantenerse una persona en huelga de hambre, ingiriendo únicamente agua. El ayuno hace perder al organismo, progresivamente, todas sus funciones vitales y la muerte se produce tras un indeterminado período de estado de coma. Paradójicamente, la muerte bien puede no ser la peor parte.

A los cinco días, dos órganos claves comienzan a ser dañados: riñones e hígado. A los siete días comienza la degradación del sistema circulatorio y la acidosis (descenso del ph de la sangre) empieza a dificultar las funciones del corazón. A partir del día veinte esta insuficiencia puede producir paros cardíacos y el cerebro empieza a perder parte de sus funciones vitales. Comienzan entonces los mareos, pérdidas de memoria y de visión, y fuertes sensaciones de vértigo. El deterioro completo de las grasas del organismo se puede datar en promedio a los setenta días.

A partir de este tope, señalan los médicos, lo normal es la inmovilidad absoluta y la pérdida del conocimiento. Lo que viene luego es el estado de coma. La muerte por inanición se produce en días (o semanas, dependiendo de la persona, su talla, grasa corporal y peso) y generalmente es por causa del no funcionamiento del cerebro o por algún fallo cardíaco. ¿Qué sucede con quienes abandonan en fecha límite la medida de presión? Si no resultaron dañados gravemente los órganos vitales, la recuperación es posible. Pero nunca será absoluta, advierten los entendidos. Trastornos crónicos en el aparato digestivo acompañarán a los huelguistas el resto de sus días.

Todo lo anterior es lo que están viviendo cuatro comuneros mapuches recluidos en la cárcel de Angol. Son los condenados en Cañete a pasar 20 y 25 años de cárcel, ello gracias a un “testigo secreto” que de oídas escuchó a otro decir aquello que los fiscales con suma urgencia querían también escuchar.

Hoy jueves, mientras usted lee The Clinic, Héctor Llaitul, Ramón Llanquileo, Jonathan Huillical y José Huenuche cumplen 30 días en huelga de hambre. Demandan la nulidad del fallo y un nuevo juicio sin testigos encapuchados, torturas a medianoche, declaraciones extrajudiciales, ni leyes antiterroristas indignas de un Estado miembro de la OCDE. Si sumamos los 82 días que Llaitul se mantuvo en huelga el año recién pasado y los 80 que mantuvo la misma medida de protesta a fines del año 2007, en aquella ocasión junto a Patricia Troncoso Robles, más conocida por los medios como “La Chepa”, el líder de la CAM ha pasado –en los últimos tres años- 192 días sin comer. 192 días con sus respectivas noches. Más de 6 meses. Un triste récord que de seguro –de no cambiar el gobierno su actual estrategia del avestruz- seguirá rompiendo jornada tras jornada, para pesar de su esposa, sus cinco pequeños hijos y, sobre todo, de su propio y maltratado organismo.

¿Qué lleva a un “peligroso terrorista”, a un “sobre ideologizado fanático étnico”, a un “talibán entrenado por las FARC”, a torturarse por su propia voluntad y de manera pública?, se deben estar preguntando y con razón los fiscales del Ministerio Público. ¿No se supone eran sujetos en extremo peligrosos, violentos casi de manera enfermiza? ¿No buscaban acaso partir Chile en dos y establecer un estado mapuche islámico en la ribera sur del Biobío? ¿Dónde están sus camaradas de armas? ¿Bajando acaso de las montañas del Nahuelbuta? ¿Por qué aún no secuestran a ningún político para demandar por los suyos un “canje humanitario”? ¿Dónde está el Airbus A-320 de LAN, abordado a punta de garabatos étnicos en el tramo Temuco-Santiago? ¿Dónde el helicóptero, los fusiles M-16 y los pilotos de Lumaco entrenados por ETA para el rescate?, ¿Dónde los atacantes suicidas? ¿Dónde diablos el submarino regalado a ellos por Gaddafi en la década de los 90’? ¿No lo sabía? Que haga su ingreso al Tribunal el “testigo protegido” Nº93.