Voces. Pasos. Llantos. Portazos. Espectros que atraviesan carabineras. Mozos que apagan luces que se vuelven a encender. Periodistas que redactan documentos con un susurro en la espalda. ¿Allende? Un palacio sin fantasmas no es palacio: Y nuestro palacio La Moneda tiene lo suyo. “Se oyen gritos, susurros y sollozos de gente”, “las llaves de agua se abren y se cierran inexplicablemente”, “siento que respiran en mi hombro cuando trabajo en el computador”, “apago las luces y se encienden solas de nuevo”, “cuando llego –tipo 5:30 de la mañana- hay alguien mirándome desde el balcón”, “el secador de manos se enciende sin que nadie esté en el baño”, “se oyen pasos”, “portazos”, y “gritos”.

Estas afirmaciones no las sacamos de ninguna película de terror barata. Fueron dichas por actuales funcionarios de La Moneda que dicen trabajar acompañados de presencias extrañas no visibles. Una compañera de la carabinera en servicio activo Katherine Rodríguez describe una escena ocurrida en el patio Patio Los Naranjos: “La Katty venía bajando las escaleras del ala jurídica y sintió que alguien venía detrás.

No vio a nadie, pero alguien –o algo – la atravesó entera. Otra carabinera vio que era el espectro de una mujer el que avanzaba sobre el cuerpo de Katty”. Estas historias empiezan antes. En tiempos de Aylwin corría el rumor entre los guardias de Palacio de que el espíritu de Allende andaba como alma en pena. Una periodista de la época recuerda que en el ala oriente, que da a calle Morandé, se sentían sollozos de personas y un viento frío que no se iba ni con el aire acondicionado puesto al máximo.

“Una tarde, mientras redactaba un documento, sentí que alguien susurraba en mis espaldas. Me di vuelta y aparentemente no era nadie. Pero los susurros seguían. Salí al pasillo y tampoco había rastros de gente. Caminé hacia la sala que ocupaba un camarero y le pregunté si él había querido asustarme. “No he salido de aquí en horas”, me señaló. Después del bombardeo a La Moneda en 1973, el palacio en ruinas no fue ocupado por nadie.

Pinochet dirigió el país desde el edificio Diego Portales y sólo después del plebiscito del año 80, la casa de gobierno fue habilitada nuevamente. En esta remodelación, Pinochet eliminó el Salón donde murió Allende. El lugar, hoy es el descanso de la escalera que da al “Gabinete de la Primera Dama”.

De Allende sólo queda una placa recordatoria, unas pinturas realistas en el despacho de José Miguel Insulza y una foto donde aparece con la metralleta que tuvo en sus manos el 11 de septiembre aquél. Sin embargo, en conversaciones de pasillo se dice que su espíritu aún anda por ahí.

“Sin cabeza. Y sin oficina”, según una productora de eventos del tiempo de Aylwin que oía gritos desde el búnker con dormitorio y gimnasio que se mandó a construir Pinochet bajo la Plaza de la Constitución. Hoy, el recinto es estacionamiento y oficinas.

“Los guardias de Palacio me venían a preguntar si estaba bien, porque los quejidos eran demasiado terribles. Te juro que pasaban cosas. Ese lugar estaba muy cargado, yo me tenía que quedar hasta tarde, en la trastienda de las fiestas, muerta de susto con un pisco sour en la mano”, recuerda.

Hoy, Claudia Soto, secretaria jefa de la subsecretaría de Gobierno, describe un episodio en el baño que la dejó sin ganas de volver a entrar en mucho rato. “Entré con una compañera y alguien nos golpeó la puerta. En seguida salí, pensando que la niña del aseo venía a comunicarme algo. Pero no había nadie, ¡nadie! Al auxiliar Oscar Lecaros le pasó algo parecido: “Después del turno me bañé en las duchas de varones. Cuando terminé, puedo jurar que dejé la llave bien cerrada. Me sequé, me vestí y cuando iba saliendo, el agua empezó a correr de nuevo. Extraño. Pero a mí esas cosas no me dan ni frío, incluso a veces después de las doce voy a dejar basura al subterráneo. Al búnker. Yo soy del campo. No tengo miedo”.

Un guardia de Palacio, actualmente en servicio, asegura que el foco de los sucesos extraños no está bajo tierra sino en el Gabinete de la Primera Dama. Dice que hace tres años apagó todas las luces y cerró una a una las puertas del lugar, pero antes de bajar por el ascensor escuchó que una puerta se golpeaba violentamente. “Yo había cerrado todo. Todo, ¿sabes? Y casi se rompen los vidrios del portazo”, es su testimonio.

La secretaria Adriana Lobos agrega que al auxiliar Jorge Huantequeo se le apagó la luz de la cocina, aún estando lejos del interruptor. “Él siempre oye ruidos y pasos, debe ser porque aquí falleció mucha gente”, concluye. La secretaria de la ministra Soledad Alvear, Gloria Fuentes, trabajó cinco años en La Moneda.

No cree en sucesos paranormales, pero siempre oyó que crujía el piso por las tardes. Una periodista que tampoco le da crédito a estas cosas, no puede explicar cómo fue que al subir las escaleras –tipo 5:30 de la madrugada, hora en la que empieza su turno- vio la imagen de un señor que la miraba desde la penumbra.

Lo saludó, pero el tipo no contestó. Siguió y antes de entrar al ascensor miró hacia atrás, pero el hombre ya no estaba. El día de mi visita al palacio el secador de manos del baño de mujeres de la SEGEGOB se encendió sin que nadie lo activara. Doy fe. “Puede ser un problema eléctrico”, sugirió mi lado escéptico.

Al comentarle el evento a Fernando Besares, encargado de los tours que visitan el Palacio de Gobierno, rompe en una carcajada siniestra para referirse al fantasma que le rasca el codo y que, a menudo, se le aparece a personas de su entera confianza: “Yo no creo en fantasmas, Garay, pero de haberlos los hay”, finiquita antes de mostrarle el Palacio a una delegación gringa que no pregunta por cuentos de cripta.