“Lo destrocé”. Esas fueron las primeras palabras que David Dopp le dijo a su esposa cuando la llamó el pasado sábado para contarle cómo, sólo seis horas después de haber recibido un despampanante Lamborghini Murciélago Roadster de color verde –valorado en 380.000 dólares–, lo había estrellado mientras daba un paseo a unos familiares.

Dopp, que trabaja como conductor de un camión de reparto, fue incapaz de controlar los 640 caballos de potencia de su reluciente deportivo después de patinar sobre una placa de hielo al tomar una curva a más de 80 kilómetros por hora. El coche saltó el bordillo de la acera y choco contra la valla exterior de una chalet.

Así, el Lamborghini pasó directamente del concesionario al desguace, donde espera a que su compañía de seguros autorice las reparaciones del vehículo, que tendrá que ser trasladado a un distribuidor autorizado de la marca en Las Vegas.

El parte de daños no es excesivamente grave, pero sí costoso: el cárter de aceite está perforado, tiene un neumático perforado, la llanta rota y algunas abolladuras y raspones a lo largo de toda la carrocería.

Tras el siniestro, la prima del seguro se ha disparado por encima de los 3.500 dólares. Esta circunstancia, unida a la imposibilidad de hacer frente a los impuestos estatales sobre bienes de lujo, ha obligado a Dopp a poner en venta su Lamborghini.

“Los gastos son demasiado altos, por eso la gente rica los posee. La gente pobre como yo, no”, se lamenta el desafortunado conductor, quien asegura que ya tiene “varias ofertas” de gente interesada en su llamativo deportivo verde.

“Tengo facturas por pagar más importantes que un Lamborghini y una familia a la que mantener”, se consuela Dopp, a la vez que reconoce que le resultaba algo raro “tener un coche que costaba mucho más que mi casa”.