“Suba a-bor-do, coño”, ordenó con voz firme el comandante Gregorio De Falco, de la capitanía de Livorno, al capitán del siniestrado barco Costa Concordia, Francesco Schettino. El capitán del Concordia se encontraba en un bote salvavidas, lejos del barco, arrancando. De Falco le ordenaba que volviera al barco a organizar el rescate de los cientos de pasajeros que iban a bordo. Pero Schettino, nadaba hacia la impunidad.

Antes, De Falco trató de razonar con Schettino. “Escuche, Schettino”, le dijo De Falco, “hay personas atrapadas a bordo. Diríjase con su barca por debajo de la proa de la nave, por el lado derecho. Suba a bordo por la escalerilla de cuerda y dígame cuántas personas hay allí. ¿Está claro?”.

A ello le contestó el capitán del crucero con voz apagada, “¿Pero se da cuenta de que aquí está todo oscuro y no vemos nada?”.

“¿Y quiere volver a su casa, Schettino?”, preguntó irritado y alzando la voz De Falco, “¿Está oscuro y quiere volver a su casa? Suba a proa por la escalera y me dice qué se puede hacer. ¿Claro?. Me dice cuántos niños, mujeres o personas hay a bordo y el número de cada categoría de ellos y qué necesitan. ¿Está claro?”.

Ante la insistencia de Schettino en que no había nada que hacer, De Falco le dijo la frase, ya célebre a estas alturas, “Suba a b-o-r-d-o, coño”.

El capitán de la nave finalmente quedó con arresto domiciliario, y en declaraciones a la jueza que lleva el caso, ha dicho que “no quería huir, me caí en una barca de salvamento” y añadió que “he intentado salvar a todos, ni siquiera me he puesto el chaleco salvavidas porque servía a otras personas”.