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Nacional

27 de febrero de 2012

Las mujeres en el desastre de la reconstrucción

Apenas quedó todo en ruinas, fueron las primeras en ponerse de pie y organizarse. Durante dos años han debido sostener a sus familias y pelear contra las excusas y retrasos del gobierno. Un recorrido por Talca, Dichato y Constitución.

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«Estaba la cagada. Llegamos a ver un pueblo en ruinas, casi apocalíptico. Con todas las descripciones del Apocalipsis, esas mismas”, dice la sicóloga Claudia Jofré de su arribo a Dichato quince días después del terremoto y maremoto que hizo pedazos al pueblo hace casi dos años.

Jofré llegó desde San Pedro de Atacama junto a dos amigas. Querían llegar al borde costero lo antes posible. Pensando que, como zona rural, sería el área menos cubierta por la ayuda.

Tenían razón: mientras el alcalde de Tomé negaba públicamente el desastre, los primeros insumos para los damnificados llegaron desde Chillán unas 72 horas después del desastre.

En pleno estado de sitio, Claudia Jofré llegó hasta donde se había instalado el equipo de emergencia. Ahí, donde se juntaban los carabineros, militares, intendencia y representantes de la comunidad, se quedaron por diez días. La idea de Claudia y sus compañeras era realizar un diagnóstico comunitario de salud mental. Con una cartilla de estrés postraumático, encuestaron a setenta personas de los tres campamentos que se constituyeron: El Molino, Nuevo Amanecer y El Esfuerzo.

-Ese primer diagnóstico explicó cómo la comunidad se siente mucho más vulnerable, debido a que los patrones de organización más básicos se habían perdido. Lo planteamos desde el sistema “sobre la pelota” en que estamos viviendo, de un sobre consumo, qué pasa cuando falta el agua, la comida. Los niveles de desesperación son altos -dice Jofré.

Terminado el plazo, Jofré partió a Cuba, donde postulaba a un doctorado en salud pública. Allá, los encargados no se perdieron y la mandaron de vuelta a Dichato. Su pretendida especialización en alcohol y drogas se transformó en una en desastres.

En junio ya estaba en la bahía otra vez. Se focalizó en las 110 mujeres que tomaron los empleos de emergencia dispuestos por el gobierno a cargo del Cuerpo Militar del Trabajo, CMT.
Las cuadrillas de mujeres que retiraron los escombros de Dichato.

ALMORZAR EN LA CACA
-Estábamos todos sin trabajo. No había plata, no había nada, así que tomamos ese trabajo. Éramos más mujeres que hombres -cuenta Juana Avilés, conocida en Dichato como Lorena.

Lorena ha trabajado en muchas cosas antes. La temporada previa al desastre arrendaba quitasoles y sillas en la playa. A los tres meses del terremoto y tsunami, se puso mameluco, guantes y zapatos de seguridad para limpiar de escombros su pueblo.

Según Claudia Jofré, dentro de las primeras personas que se fueron a anotar para los CMT se encontraban puras mujeres. Las formaron en cuadrillas de trabajo a cargo de un militar y les pagaron el sueldo mínimo.

-Yo veo que las mujeres por un sentido cultural, de tener que hacerse cargo de parar la olla, asumieron un desgaste. Desde el ir a trabajar, preparar el campamento, aprender a vivir en el campamento, preparar a la familia y también darle atenciones a un hombre que estaba ahí, en la casa, damnificado -explica.

Lorena no perdió su casa en la villa Fresia, desde donde gran parte del pueblo vio entrar el mar y llevárselo todo. Pero se conmovía cuando las llevaban como cuadrilla a limpiar la playa y las mujeres recogían y guardaban platos y tenedores llenos de barro como si fueran verdaderos tesoros.

-Me afectó mucho ver mi pueblo destruido. Ver a mis vecinos que no tenían nada. Este trabajo era sanarse un poco. Sacar escombros y sacar lo que uno sentía en esos momentos, ayudar un poco al pueblo. Así lo sentíamos algunas. Era por la plata, pero igual tenía ese sentido -dice.

Los primeros días post catástrofe las mujeres de Dichato andaban sin sostenes ni calzones, vestidas sólo con la camisa de dormir con las que las pilló el terremoto. La ayuda tardó mucho en llegar y mientras, Lorena y su cuadrilla pasaban largas jornadas de trabajo.

Recuerda que al principio no tenían baños disponibles y tenían que ir detrás de los escombros. Que los militares no autorizaban a salir a las mujeres que estaban con la regla. Que las trataban “como hombres”, ordenándoles ir, tomar la pala y mover la tierra. Si encontraban algo de valor, debían entregarlo a los militares a cargo; si llovía, había que cumplir igual. Terminaban sucias. A veces compartían un cigarro.

Llevaban su propia colación.

-La comíamos ahí, entre la caca. Había caca porque se habían subido los baños. Estaba hediondo y ahí teníamos que comer. Era bien indigna la cuestión -recuerda Lorena.

El ejército no contaba con recursos para un sicólogo o un asistente social. No había, aparte del trabajo de Claudia Jofré, ninguna prestación de servicios en ese aspecto. Las mujeres que trabajaban en los CMT, formadas como batallón y cansadas del trato, reclamaban a los militares.

-Les decíamos “ustedes están formados para ir a la guerra, para mandar a hombres. Pero tienen señoras, tienen hijas. Nosotras somos mujeres”. Con todo lo que ya habíamos vivido y ahora con ellos encima…- recuerda Lorena.

Fue ahí cuando los militares tomaron conciencia. Un día les anunciaron: “viene una sicóloga a hacerles un aquelarre, porque están todas del chape. Van a venir a hacerles unas terapias”.

-Presenté mi proyecto en ese grupo de mujeres porque ahí estaba concentrada gran parte de la comunidad, orientado a lo que podríamos decir que eran “los inicios de la reconstrucción” -dice Jofré.

La mayor dificultad de las mujeres, agrega Jofré, era sentirse desprotegidas, sobre todo institucionalmente. Reinaba un estado de desorganización generalizado y una pregunta se repetía: ¿cómo vamos a sobrevivir a todo esto?

Luego de siete meses de trabajo en los CMT, el plan de empleo terminó. Entre las mujeres de las cuadrillas, varias solteras se enamoraron de militares y otras quedaron embarazadas. Todas quedaron desempleadas.

-Dijeron que era por la emergencia nomás, pero Dichato seguía en emergencia y cortaron todos los trabajos -dice Lorena.

LAS GUAGUAS DE CONSTITUCIÓN
Al amanecer del 27 de febrero, cuando el marido de Cristina del Pilar Valdés, la “Pily”, logró llegar hasta donde estaba ubicada su casa en Constitución, lo único que hacía era llorar.

-Mi marido no llora nunca, pero ese día estaba muy mal porque no sabía de nosotros desde la noche anterior. Verlo llorar a él me angustiaba mucho, porque era el pilar de la casa, el que tenía que dar apoyo -recuerda Pily Valdés.

Pily Valdés, que esa noche junto a sus dos hijos habían arrancado con lo puesto, sólo atinaba a decirle que estaban bien. Que estaban vivos. Que aunque de la casa donde habían vivido durante dieciséis años no quedaba más que un cerro de escombros, saldrían adelante.

Hasta el 8 de marzo estuvieron alojando en la casa de unos vecinos. Eran ocho familias. Tiraban unas colchonetas en el comedor y ahí dormían. Vestidos. Los que tenían zapatos, dormían con ellos puestos. Pily y sus hijos todavía estaban en pijamas.

Después llegó la primera mediagua de las dos que hoy forman su casa en el Campamento 27 de febrero. Se las entregó Un Techo para Chile, los primeros que llegaron hasta Constitución después del tsunami. Pily pudo retomar su trabajo vendiendo pescado en la feria.

Después vino el “encarguito”.

-Cuando supe que estaba embarazada, me quise morir. Decía, qué irresponsabilidad más grande, estando en una mediagua. Me fui al sitio donde antes estaba mi casa y me las lloré todas hasta que me cansé – recuerda.

Hoy, Valdés está agradecida porque dice que a Noelia, su guagua de dos meses, no le ha faltado nada.
Noelia duerme tranquila en su coche mientras conversamos con ella y Paulina Bravo, presidenta del campamento y embarazada de ocho meses. Es pleno verano y entre las tablas de la mediagua entra una brisa.

Pily siente el viento y dice que le tiene miedo al invierno que viene. El anterior, cuenta, se gotearon enteros. Y el otro día hubo una ventolera que voló varios techos. Pily estima que para diciembre de este año tendrán su casa definitiva.

-Los subsidios han funcionado muy lentos, ha sido horrible- dice.

Pily dice que la municipalidad se ha portado mal con ellos. Ahora les están pagando el agua y el arriendo del terreno, pero para eso han tenido que luchar mucho. El alcalde y el gobierno no estuvieron cuando realmente los necesitaron, acusa.

En la época del tsunami, recuerda Pily Valdés, en la farmacia no encontraba las pastillas anticonceptivas que ella tomaba.

-Qué voy a hacer, decía yo. Si en esa época no pasaba nada. No pasaba nada de nada. Qué iba a pasar, si nosotros nos íbamos a dormir y sentíamos como el vecino de al lado roncaba. Cero intimidad. No teníamos ni puerta, ni ventanas, ni pestillos.

Para Paulina Bravo, lo más difícil de vivir en un campamento ha sido la falta de privacidad y la higiene. Llevan dos años usando baños químicos y caminando una cuadra hasta las duchas. Ese paseo le avergüenza, la incomodan las bromas de los vecinos cuando la ven caminando. Le molesta recordar la primera vez que se bañó después del tsunami, antes que estuvieran esas instalaciones: tenían que lavarse por partes casi en público con una botella y una toalla chica. Algo similar le pasa a Pily.

-Me dio mucha pena verme al espejo por primera vez. Tenía mi cara horrible, era una cara de vieja, de mucho cansancio, una cara sufrida, el pelo tieso. Cuando me vi al espejo me quise morir y no me quise ver nunca más. No había ni peineta para peinarse. No había qué cocinar ni dónde. No había supermercados, los negocios los saquearon. Cuando empezaron a llegar toallitas higiénicas nos prestábamos entre todas -recuerda Pily.

Las cosas no están mejores desde entonces. Paulina Bravo dice que los niños están asustados y han tenido crisis de pánico con cada plan Daisy que se ensaya en la ciudad: se despiertan en medio de la noche llorando y pidiendo volver a sus antiguas casas, hoy inexistentes. También hay peleas en pleno campamento entre los vecinos. Nunca tuvieron apoyo sicológico de alguna institución, más allá del que entregaron organizaciones de mujeres del Maule. Durante mucho tiempo, dice, tuvieron que dormir en colchonetas o frazadas tiradas en el suelo. No querían que llegara la noche nunca para no tener que acostarse.

Paulina Bravo va a ser madre viviendo en un campamento a dos años del tsunami de Constitución.

LA DIVISIÓN
-Lo más fuerte que yo viví acá fue pelear entre nosotros por comida- recuerda Romina, profesora, hija de Juana “Lorena” Avilés.

Ocurrió el día que llegaron los helicópteros con ayuda hasta Dichato. Cuando aterrizaron en la cancha, rodeados de cámaras de televisión y mandando a volar el resto de la ayuda ya acopiada en el lugar.
Entonces, la gente bajó corriendo desde los cerros para recibir una caja de mercadería.

Romina corrió porque no tenían nada para comer en la casa y se encontró con todo un pueblo desesperado. Un periodista de TVN gritaba “hagan una fila, saquen su carné de identidad”.

-La gente le contestaba, “huevón, salí en calzoncillos a buscar una caja, no hablís huevás” -cuenta Romina.

Y se abalanzaban todos para agarrar una caja. Al frente quedó Romina, cara a cara con un militar que la apuntaba con una metralleta.

-Lo que más miedo me dio fue verle la cara de “qué hago” al pendejo, que quedó a punto de dispararme.

Lorena recuerda que cuando Romina volvió a la casa con la caja de ayuda, adentro venía un litro de agua, un litro de leche, un papel higiénico, fósforos y unas papas fritas.

-Era como para un picadillo- dice.

Lorena pensó que debiesen haber abierto la caja y mostrarla a las cámaras de televisión. Nunca más llegó ayuda del gobierno.

-Las donaciones que llegaron después, de otras municipalidades, de la ciudadanía, venían con cosas que realmente necesitábamos. Toda la comida y vestimenta eran ayudas internacionales o de particulares -dice Romina.

Una de las cosas que ha descubierto Claudia Jofré es que uno de los principales dolores instalados en Dichato parte por la forma en que se comenzó a distribuir la ayuda humanitaria entre tres grupos: los damnificados totales, los parciales y los sin pérdida. Esa segmentación entre miembros de una misma comunidad, relata, donde se suponían todos damnificados, impidió que a la larga se pudieran tomar acuerdos y generar petitorios específicos para la población.

-Esta división realizada desde una mirada institucional, del gobierno, ayudó mucho a las divisiones internas de la comunidad. Ese fue el desastre después del desastre -expone.

En Dichato estaban los privilegiados y los no privilegiados. Y sigue rondando la pregunta de por qué algunos han tenido derecho a la ayuda y otros no tanto. La división se nota dentro de los campamentos. Una zona caliente en ese conflicto es El Molino, el campamento “emblemático” del pueblo, donde hay 450 mediaguas y viven 2000 personas.

-Hoy tenemos dirigentes de la aldea El Molino que cometen muchos abusos con los pobladores –denuncia María Garrido.

Garrido habla sentada en el pequeño comedor de su mediagua instalada en ese campamento. Sus dos hijos, Giovanni y Camila, dan vueltas por la pequeña casa. En segundo plano duerme su marido, postrado desde hace meses luego de un infarto en abril del año pasado. Ella lo llama su “doble tsunami”.

A María Garrido le entraron a robar a su mediagua. Estaba en unos cursos de capacitación de cerámica, piso
flotante y pintura. Una mujer designada por la Intendencia estaba cuidando a su marido. Cuando volvió a su casa, María Garrido notó que le habían robado plata del pequeño negocio que tiene en la mediagua y los insumos para el cuidado de su marido enfermo: jeringas con las que lo alimentaba, gasas, alcohol.

María Garrido habló del tema con las dirigentas de El Molino y no tuvo respuesta. Ellas decidieron apoyar a la cuidadora. Después de eso, sólo ha tenido problemas.

-He recibido amenazas de parte de ellas, me atajan a la gente para que no venga a comprar a mi negocio. Los dirigentes hoy día buscan arreglárselas ellos, no están trabajando por el poblador. El círculo sigue igual y peor. La ayuda siempre para ellos primero y los demás si es que toca, toca. Están haciendo una diferencia. Los dirigentes son la autoridad hoy día acá -alega.

María Garrido acusa que la mala voluntad y las amenazas que ha recibido de parte de las dirigentas se deben en gran parte a su participación en el movimiento ciudadano que ha encabezado Lorena Arce, coordinadora del Movimiento Nacional por la Reconstrucción Justa y dirigenta del Comité Borde Costero de Dichato.
-A veces recibo pedradas en la casa en la noche. Con la Lorena la gente nos dice las líderes de Dichato, porque no les ocultamos información a la gente, siempre comunicamos la verdad. Esa es la diferencia, no abusar – dice ella.

ISAMAR
La calle 10 Oriente, en Talca, estaba intransitable. Cerros enormes de escombros y derrumbes impedían el paso. Al llamado “barrio rojo” no se podía entrar en auto.

-La gente nos gritaba. Decían que por culpa de nosotras pasaban estas cosas -recuerda Soraya Sánchez Veas, presidenta de Transgéneras por el Cambio.

Con la casa que habitaban completamente en el suelo, instaladas en una carpa, doce transgéneras recibían agresiones y discriminación. Voluntariamente habían decidido marginarse del albergue que había en el barrio.

No querían generar problemas con las familias y los niños que ahí se encontraban, y eso las dejó sin recibir ayuda y viviendo en absoluta precariedad.

Estuvieron tres meses alojando en una carpa que armaron con plásticos en el terreno donde antes estaba su casa de adobe. Sin recibir alimentación ni donativos y durmiendo en colchonetas en el suelo. Consiguieron dormir en catres de campaña cuando una matriz de agua se rompió y empezó a correr un río por dentro de la carpa que humedeció los colchones. Rechazadas por sus familias, muchas se enfermaron. Depresiones, crisis de pánico, unas internas por tuberculosis, otras recién detectadas con VIH y hepatitis.

-La verdad de las cosas, es que fue demasiado. Nosotras fuimos de las que vivimos el terremoto en parte más fuerte- dice Soraya.

Afuera de la carpa, hacia la calle, instalaron un maniquí que vistieron con una falda y un peto y pusieron a fumar en actitud desafiante. Isamar, le pusieron. La gente gritaba, desviaban los camiones de ayuda para que no pasaran por ahí, intentaban atropellarlas. Con la enorme cantidad de sitios eriazos, el toque de queda y los militares resguardándolo, las posibilidades de trabajo en el comercio sexual quedaban prácticamente anuladas.

-Yo nunca he practicado el comercio sexual, pero mis compañeras sí. No lo hacen porque les guste, o porque tengan la valentía, o por demostrar, por exhibirse. Es por necesidad. Nosotras en la organización tenemos paramédicos, contadores, asistentes sociales, pero qué sacamos con tener profesión si no tenemos fuentes laborales donde nos acepten. Ellas lo hacen por necesidad, exponiéndose a distintas infecciones- explica Soraya.

Soraya no podía tolerar las condiciones de vida que llevaban y que tornaban cada día más agresivas a sus compañeras. Empezó a recorrer los servicios públicos en busca de ayuda. Hizo contactos en la Seremi de Salud, en la Dideco de la municipalidad, y en organizaciones de otras regiones para conseguir los alimentos que no estaban recibiendo por no estar acogidas en un albergue.

Al momento de pedir mediaguas, la cosa se complicó más. Querían darles dos mediaguas: en cada una iban a tener que vivir seis personas.

-Cuando nos dijeron eso, yo dije que nosotras preferíamos seguir en la calle en la situación que estábamos. Cómo íbamos a vivir seis en una mediagua, si la mayoría tenemos pareja. Cómo íbamos a tener intimidad, no podíamos -dice Soraya.

Finalmente, ayudada de diputados y concejales, consiguió ocho mediaguas para las doce transgéneras.
Desde entonces, Soraya vive en una mediagua en la 10 Oriente junto a su pareja y sus tres perritas, Gipsy, Jocelyn y Tonka. A una cuadra, en la 4 Sur, se instalaron las mediaguas de sus compañeras.
Mediaguas que, la madrugada del 19 de septiembre del año pasado, se consumieron en llamas.

-Me despertaron a las 3:40 para avisarme. Cuando llegué le pedía a los bomberos que por favor vieran si había alguien adentro. Fue tremendo eso – recuerda Soraya.

Cuatro mediaguas se quemaron prácticamente por completo. A esa hora, las habitantes estaban en una ramada. Cuando volvieron ya no había nada. Soraya, junto al escritor Pablo Simonetti y la senadora Ximena Rincón, interpusieron una querella por quienes resulten responsables de un incendio que consideran fue intencional.

-Esto fue transfóbico. Para mí han sido dos cosas demasiado fuertes, el terremoto y el incendio.

REVIVIR LO MALO
De la casa que Mónica Mascaró compartía con sus hijos en la calle 12 Sur, en Talca, quedó sólo la galería habitable. De su negocio de máquinas de tejer, nada.

Cuando Mónica Mascaró fue hasta su local luego del terremoto, vio que la casa se había derrumbado entera y que las pocas máquinas que se habían salvado, se las habían robado.

En la galería de su casa, Mascaró habilitó su pieza. Sus hijos tuvieron que irse a vivir a otras partes.
Para postular a un subsidio para una casa, Mónica Mascaró tuvo que acudir a su ex pareja, de quien estaba separada de hecho hace quince años. Necesitaba el divorcio.

-Fue pesado tener que recurrir a él de nuevo y recordar todo lo pasado, porque esas cosas se van quedando atrás. Es revivir lo malo. No solamente a mí me pasó sino que a mucha gente también. En algunos casos ha sido con violencia -cuenta Mascaró.

Para Mónica Mascaró, que luego de esa separación se quedó sólo con deudas y tuvo que cargar con el remate de todas sus cosas, no ha sido fácil. cuenta que siempre ha estado acostumbrada a vivir po sí misma y valérselas sola, sin pedir nada a nadie; que cuando le dijeron en el Serviu que para postular a una casa se tenía que divorciar, pensó en todo lo que ya había perdido y se llenó de impotencia.

-Lo que vivimos como familia por él fue muy pesado. Yo nunca me quiero acordar de eso. Muchas mujeres han tenido que humillarse para tener algo. Humillarse al hombre, que después de todo el daño que te hizo en la vida, lo siga haciendo ahora -dice Mascaró.

El trámite del divorcio fue corto y sin problemas. Mónica reunió a los vecinos de su barrio, la mayoría ancianos, para empezar los papeleos y las postulaciones. Formaron un centro vecinal. Recuerda que el gobierno les ofreció a los vecinos ir a una exposición de casas, donde ellos podrían elegir la que quisieran.

Todos confiaron, pero en la práctica nada de eso sucedió.

-Es algo para la risa, el gobierno jugó con nosotros -dice.

Las casas que están entregando, añade Mónica Mascaró, son casas que vienen sin piso y sin terminaciones. A medio terminar. Las que vienen completas, vienen sin aislación. El verano es insoportablemente caluroso y el invierno es el otro extremo. De vivir en una casa amplia de adobe, los vecinos del sector de El Prado han tenido que conformarse con soluciones habitacionales de 45 metros cuadrados.

-A raíz de la misma situación, pasar de una casa grande a una casita chica todos juntos, hay más violencia. Molesta estar todos ahí, que ocupen tu espacio. Se ponen agresivos, sobre todos los hombres, la mujer también. Y los niños también se ponen agresivos. Ya no hablan, gritan. Incluso andan a los golpes -relata Mascaró.

Según datos del Ministerio Público de comienzos del 2011, en la región la violencia intrafamiliar aumentó en un 18% el año del terremoto. Durante el año 2011 existieron 18.000 denuncias por delitos sexuales, de los cuales el 81% afectó a mujeres.

Cuando el terremoto sucedió, Benedicta Aravena, Encargada de Proyectos Sociales del Centro Social Quidell, de Talca, comenzó inmediatamente el trabajo con mujeres. Tuvieron una reunión con Carolina Schmidt, ministra del Sernam. Cuenta Benedicta que Schmidt les dijo en esa ocasión que se iban a preocupar como ministerio de la situación de las mujeres post terremoto, que la prioridad iba a ser el trabajo, para que pudieran seguir su vida y solventar sus necesidades básicas. Pero el único trabajo que vieron que se generó fueron los CMT. Cuadrillas de mujeres barriendo escombros y dirigidas por un militar.

-Ahí empezaron con el programa “Mujer, Levantemos Chile”. O sea, la mujer tenía un montón de cosas que hacer y además tenía que levantar Chile. El aporte del Sernam fue mínimo, además fue un retroceso en muchas cosas de las que habíamos avanzado, sobre todo en el tema de derechos sexuales y reproductivos.

CIUDAD NEOLIBERAL
Después de dos años luchando por hacerse cargo del destino de sus vecinos del sector Santa Ana, Marlene Ávila dice que está agotada. El desgaste de tramitar los papeles de su comunidad para hacerlos postular a subsidios terminó por pasarle la cuenta y ya no dormía bien. Había dejado de preocuparse de sí misma.
-La gente aquí no hacía nada, estaba entregada- dice.

Marlene Ávila no podía conformarse con lo que estaba pasando después del terremoto. Vio a muchos de sus vecinos vender sus terrenos y partir a lugares alejados; a ancianos que se quedaban de brazos cruzados, incapaces de realizar los trámites de los subsidios; a gente resignada que aceptaba casas tan pequeñas que no entraba una cama de dos plazas en el segundo piso. Acompañó a autoridades de Vivienda a visitar terrenos desocupados para construir casas y vio cómo luego esas mismas tierras fueron compradas por privados para proyectos inmobiliarios. Marlene Ávila fue testigo también de cómo muchos de sus vecinos eran discriminados por la presidenta de la Junta de Vecinos en la entrega de ayuda humanitaria.

Marlene Ávila se indignó y se unió al Movimiento Nacional por la Reconstrucción Justa y al movimiento “Talca con todos y todas” y tomó la dirigencia vecinal en sus manos, formando un comité. Partió con unas setenta familias, entre vecinos que vivían de toda la vida en el sector, allegados, arrendatarios y gente que no tenía terreno. De a poco la gente ha ido buscando su solución. Marlene Ávila calcula que unas seis personas de su comité han muerto esperando casa.

-Aquí muchas parejas se separaron. Otros no tienen vida íntima ni privacidad, porque están hacinados y porque la gente quedó con miedo a que iba a pasar algo. Hay gente que se orinaba cuando temblaba. Gente con insomnio. Mucha gente empezó a tomar. Aumentó cualquier cantidad la violencia. La paciencia se acaba. Muchas mujeres tuvieron que volver donde sus agresores para conseguir la posibilidad de postular a sus casas -cuenta.

La publicación “Talca posterremoto: una ciudad en disputa”, elaborada por la ONG SURMAULE, indica que en Talca el terremoto dejó al 60% de las viviendas del centro histórico destruidas o con graves daños. En la zona central de la ciudad, cerca de siete mil viviendas requieren reparaciones mayores o reposición total.

Según el estudio, el perímetro central de Talca es una zona donde el 50 por ciento de los habitantes pertenecen a los estratos socioeconómicos E y D, “la única donde familias de bajos ingresos pueden disfrutar de estándares urbanos adecuados y ocupar suelos de alto valor”, indica. Talca podría ser catalogada, entonces, como una “ciudad democrática”, dado que entre sus características principales conjuga heterogeneidad socioeconómica, diversidad funcional, calidad urbana y alto valor de suelo.

El modelo de reconstrucción implementado, explica el estudio de SURMAULE, no respeta lo democrático de la ciudad, sino que intenta incorporarla a las dinámicas del mercado inmobiliario.

-Aquí lo han hecho muy bien. Los terrenos los compraron a precio de huevo, se están instalando cualquier cantidad de edificios nuevos, pero para privados. A la vuelta de esta calle hay lofts que valen 40 millones. En la 11 Norte están haciendo edificios de cinco pisos para privados, en la 9 Norte también. Entonces yo la reconstrucción la veo solamente en manos de privados. Ninguna posibilidad de solución habitacional para los damnificados -reclama Marlene Ávila.

Las estimaciones de la ONG indican que, a un año y medio del terremoto, el avance en soluciones habitacionales para las más de tres mil familias que perdieron sus viviendas es de apenas un 5,5 por ciento.
-Hay un vacío en la política pública, porque la única opción para los sin tierra, que son diez mil familias que vivían en el centro de Talca es la expulsión, engrosando el cordón suburbano y empobreciendo a esta gente -explica Stefano Micheletti, Director Ejecutivo de SURMAULE.

VIVA DICHATO
El 4 de enero pasado, el Delegado Presidencial para aldeas y campamentos, Felipe Kast, invitó a un grupo de periodistas a Dichato para lanzar el festival “Viva Dichato”, que se realizaría las noches del 4, 11, 15 y 18 de febrero, estará animado por Giancarlo Petaccia y sería transmitido por MEGA.

Américo, el Puma Rodríguez, los Enanitos Verdes, Leo Rey y Lucho Jara fueron anunciados como los platos fuertes del espectáculo que pretende reactivar la actividad turística en la bahía.

Felipe Kast no hizo ninguna mención en esa visita sobre el avance en la reconstrucción de las viviendas de Dichato.

Lorenna Arce, coordinadora del Movimiento Nacional por la Reconstrucción Justa y dirigenta del Comité Borde Costero de Dichato, está indignada con el acto. Dice que no puede creer el show mediático que ha montado el gobierno en su ciudad. Que a dos años del terremoto y tsunami sólo se han entregado 200 subsidios, destinados a los allegados de Dichato. Para el resto, nada. Ni una sola casa construida.

-En Dichato lo que están haciendo es un show para mostrarle a Chile que se han preocupado por la reconstrucción, pero en la práctica eso no se demuestra. Hasta el momento no hay solución para la gente que tenía su terreno para que se costeen una casa -dice.

Lorenna Arce ha liderado el movimiento ciudadano en Dichato que busca una reconstrucción justa. Ha organizado marchas, tomas, ha congregado medios de comunicación y también ha visto como los operadores políticos han penetrado en los campamentos, logrando “dar vuelta a la gente”. Actualmente, unas seis familias siguen formando parte del movimiento que busca impedir la expropiación del borde costero.
En junio, los pobladores de Dichato realizaron manifestaciones durante cuatro días.

-Estuvimos cuatro días en estado de sitio, nadie podía entrar al pueblo. Tuvimos una represión de las más grandes que yo haya visto en Chile. En una noche nos tiraron más de 300 bombas lacrimógenas -dice Lorenna Arce.

Según la dirigenta, la política de reconstrucción nacional no ha sido tal. Se habla de reconstrucción en obras públicas, se construye un bulevar en el centro de Dichato y se presenta un proyecto para mejorar el borde costero y construir un muro de mitigación, pero política de reconstrucción de viviendas no existe.

-Si vamos a hablar de vivienda, en Llico no hay ninguna casa construida y en Talca y Constitución, tampoco. Cuando se dice que se entregan subsidios son papeles, pero en la práctica no hay nada construido -continúa Arce.

Lorenna Arce tenía una casa a la orilla de la playa. La noche del tsunami pescó el auto y subió arrancando junto a sus hijos Montserrat, Vicente y Baltazar y su pareja, Ricardo Ruz. Desde entonces se ha cambiado quince veces de casa. Lorenna está agotada.

-No he querido irme a vivir a un campamento porque es una vida miserable, aunque ellos digan que están bien. Es mentira, el hacinamiento, el calor, el no tener intimidad. Mucha gente vieja de Dichato ha muerto de pena. Creo que la vida en campamento es la peor forma de vida que puede haber. Antes el pescador tenía como horizonte el mar y ahora tiene como horizonte otra mediagua -cuenta.

Ahora está arrendando una pequeña casa en un sector más alto, mientras lucha para que no le expropien su terreno. Su idea es poner una cocinería ahí, pero no le dan los permisos. La política de expropiación del borde costero de Dichato impulsada por el gobierno lo impide. Y la resistencia opositora que ha encabezado Lorenna le ha jugado en contra a la hora de las tasaciones, dice.

Lorenna Arce muestra una publicación en el diario donde aparecen las expropiaciones de sus vecinos. A cada uno le han dado 70 y 60 millones de pesos por terrenos similares en tamaño. A Lorenna le ofrecen $25 millones por su terreno de 400 metros cuadrados.

-Me pasa el terremoto, después un tsunami y más encima ahora el gobierno me quiere cagar -alega.
Isabel Riquelme, dichatina de toda la vida y propietaria de un local de empanadas ubicado en la primera línea del borde costero, también cree que tiene derecho a pataleo.

El tsunami se llevó gran parte de su casa y su local, pero las estructuras sólidas se mantuvieron. Así que Isabel, con su marido y sus hijos, decidieron abandonar la mediagua que tenían en el campamento El Molino y volver lo antes posible al borde costero. En esa época estaba prohibido hacerlo y no había instalaciones de agua ni luz. De todas formas se volvieron a instalar ahí hace ya un año. Actualmente son los únicos dichatinos que viven en el borde costero.

Lo que Isabel Riquelme, su familia, y un locatario que está en su misma situación quieren, es que no se les expropie y se les permita continuar con su negocio. El proyecto del borde costero, dice, se hizo a puertas cerradas y no consideró a la ciudadanía.

-El proyecto está aprobado y no pudimos hacer nada. Hicimos protestas, en las noticias se vio. Se dijo que hubo una encuesta y que la gente de El Molino no quería bajar. Obvio que no querían bajar. La mayoría de la gente que vive en El Molino era allegada de antes. Estando ahí saben que van a tener una solución habitacional -dice Riquelme.

A Isabel le ofrecen 50 millones de pesos por la expropiación de su terreno y casa. Pero dice que la plata no le importa y que no le sirve de nada. Que con esos 50 millones tendría que comprarse un terreno en la parte alta, construirse una casa y además inventarse una nueva fuente de ingresos.

-Lo que no quiero perder es la fuente laboral. Qué hago si me voy al cerro a vivir, me quedo de brazos cruzados.

A Isabel Riquelme le habían dado hasta principios de enero para desocupar su casa y entregar el terreno vía expropiación. Luego de reclamar, le extendieron el plazo hasta el 28 de febrero. Pero a ella no le importan las fechas.

-Nosotros hemos conversado como familia y estamos dispuestos a todo. Sabemos que después del proceso de notificaciones, si no accedemos voluntariamente viene la fuerza pública. Pero no nos vamos a mover de aquí- asegura.

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