Hablo con mi contador sobre nuestros temas habituales, contra Santiago y sobre fútbol. Horror, fútbol chileno. Me dice que el triunfo de Colo Colo, el sábado, sobre Cobreloa, sólo aplaza o posterga el fracaso definitivo de una institución, no sólo de un equipo de fútbol, copada y cooptada por la razón empresarial y por la voluntad criminal de su barra brava. El representante de Piñera en la tienda deportiva, un tal Levy, debe renunciar, al igual que su jefe o pariente lo tendrá que hacer en un tiempo más porque los porfiados hechos lo sobrepasan. El fútbol, como correlato de lo que pasa en la sociedad “real”, es una ficción clave de nuestra modernidad inmediata. Con mi contador solemos mirar y comentar algo de fútbol europeo, nos preocupamos, por chauvinismo elemental, de nuestros jugadores en las diferentes ligas y de nuestros entrenadores. Y Bielsa es nuestro, nos pertenece. Y nos preocupamos cuando Guardiola se enoja con Alexis porque no usa la cabeza para jugar. Tanto en fútbol como en política hay que usar la cabeza, concluimos, como si en esa constatación, más que obvia, se nos fuera la vida.

Nuestro fútbol sólo ha funcionado cuando alguien, un entrenador o un dirigente con “cabeza”, lo ha hecho funcionar. Riera y el “Zorro” Álamos, por ejemplo, cada uno en su estilo, serían un ejemplo de rendimiento deportivo sin la parafernalia de hoy día. Éramos más humildes y había proyectos, encarnados por gente con calidad humana, como el papá del Pablo Dittborn y Aladino Gálvez, por nombrar a algunos, que incluían mucho corazón. No usar la cabeza es cuando unos empresarios, arrogantemente, se hacen cargo de equipos de fútbol y aplican esquemas administrativos empresariales que no contemplan ni a sus hinchas ni a sus socios, y que, además, lo peor es que no entienden ni sienten lo que es el fútbol. Debieran ver alguno de los programitas de fútbol que tienen los argentinos en la tele que son como una especie de Tolerancia Cero, pero sólo de fútbol (mucho mejor, obviamente). Ahí no hay anécdota o sentido común, hay pasión y análisis, y, sobre todo, respeto por una institucionalidad deportiva futbolera que aquí está lejos de existir.

Por eso es tan triste ver o escuchar a Ivo Basay, un sujeto prediscursivo y, a ojos vista, con patologías conductuales severas, un paranoico de marca mayor que no me puedo imaginar qué les puede decir a sus jugadores. Un tipo así no puede pasar ningún test sicológico. Y si le están haciendo la cama sus jugadores es porque es lo más saludable, cualquier comunidad o colectivo trataría de deshacerse de un personalidad así, porque es un desaforado, intolerante, culpógeno, irracional, sin capacidad de análisis, perseguido, iracundo, sin humor, incapaz de entender una ironía, facho, etc. Y cuando habla de un partido comete torpezas insólitas, como comparar al equipo con el Madrid, es decir, su racionalidad sólo es capaz de comparar cosas que no se parecen mucho, no va más allá. Ver y escuchar a Bielsa, en cambio, siguiendo con el espíritu analógico, es un lujo retórico, aunque hable de más y ocupe una teatralidad sobredimensionada. En ese relato hay una filosofía, un punto de vista, lo que implica un diseño estratégico y protocolos tácticos, es decir, con capacidad de lectura del juego y de ponerle esquema al espacio ocupado por el mismo.

Por otro lado, todos sabemos que el fútbol hoy en día es un enclave político-cultural que reemplazó a la guerra fría, su carácter globalizador da cuenta de ello. Porque así como en algún momento leímos las prácticas sociales desde la cultura, hoy es posible hacerlo desde el fútbol como zona empresarial o criminal de control social. Lo que llaman planeta fútbol. En nuestro medio, que quiere patéticamente parecerse al europeo y que sólo pudo copiar lo peor del modo argentino de vivir el fútbol, que son las barras bravas, la cuestión es más que charcha. Un momento súper válido fue la alianza Mayne-Nicholls+Bielsa, pero nuestro ordenamiento pervertido lo impide porque esa dupla no accedía al registro criminal que debe imperar.

A nivel de imagen podemos comparar, desde la farándula, la performance coprolálica amenazante que hace la señora del jugador Valdivia con el beso de Casillas a su novia, la periodista Carbonero, que lo estaba entrevistando. La diferencia es potente y nos entristece, porque quedamos muy mal parados. Mi contador cree que estamos perdidos.