En alguna ocasión escribí un cuento en que un narrador personaje repetía obsesivamente la frase “No iré a Madrid”, como una insoportable muletilla que quizá daba cuenta de su impotencia frente al fantasma del poder o de un ajuste de cuentas con cierto modelo de autor. El destino, que siempre es incierto, quiso que el sujeto de ese enunciado viajara efectivamente a Madrid, usufructuando del paradigma curricular de la noción de autor que suele predominar en el mercado.

El que efectivamente va a Madrid piensa, haciendo escala en Bogotá y mientras ve circular en el aeropuerto a las azafatas de Avianca, ataviadas con unas increíbles ruanas rojas que se cruzan de hombro a hombro con un doblez específico que es toda una identidad, que la insularidad de Chile es una trampa mortal de nuestra miserable sobrevivencia, porque si uno casualmente va de viaje, por pega u otra razón, y surgen otras ciudades como Medellín (otra escala) o Barcelona o Granada, es porque uno está hablando, necesaria e invariablemente, de las tristes y mal diseñadas ciudades de la patria chilena. Y uno empieza a querer sustentar esa precariedad orgullosa que nos funda y nos da la vida en el “horroroso Chile“ que te/nos desprecia (y odia) porque sí, por el deporte folclórico de ver al otro, al vecino, como amenaza. Y esa especificidad de la abyección uno debiera atesorarla y reservarse hablar “mal” de Chile frente a otras audiencias, hasta la vuelta. Mi contador así me lo ha recomendado.

Otra cosa que me ha dicho mi contador es que este viaje me viene muy bien para sanarme de Chile, sobre todo por el cambio de dinámica cultural y política. Lo que no me haría muy bien, cree él, sería esa peregrina posibilidad de ir a Guadalajara (feria en que Chile es el país invitado), porque claramente me desperfilaría a nivel de imagen. Él piensa que es mejor mantenerme como escritor B o de segunda división, que mejor es optimizar nuestra liga que llegar a primera, usando una metáfora futbolera. Por otro lado, no me convendría confundirme con tanto chileno ordinario y ansioso aspirando a subirse a bordo de una embarcación babeliana insoportablemente impúdica. Es necesario, para mí, estar lejos de la chilenidad profunda y profusa. También supone que agentes perversos de la maledicencia chilensis, como Ampuerito, pueden estar complotando. Debo recordar que mi contador es tributario del Chile conspirativo. Mis saludos para él desde el hotel Convención, aquí en el barrio de Salamanca en Madrid, justo en los momentos en que un mozo me hace un análisis de los cognac locales. Mi contador también opina que estarían dadas las condiciones para aspirar al municipal (al premio, se entiende) que otorga la muni sanantonina.

Él que escribe, por otra parte, siente que Madrid no es nada feo, y que Cibeles, la Plaza Mayor, la Plaza del Sol con los indignados, y todo lo que es el casco histórico y los placeres gastronómicos (porque comerse un pan tomaca con jamón y un jerez en el Museo de Jamón es algo más que un acontecimiento, y por ahí unos boquerones o algún bocadillo cualquiera, con un Rioja, en fin…), corresponde a un diseño de habitabilidad y de hacer ciudad que uno envidia. Si este país está en crisis, viva por siempre la crisis.