Diseñador trasandino: “La mujer argentina se viste como una española pero pobre”

Por Sietedias.com de Argentina

Hombre de negro. Siempre. Es su color preferido. En su local de la calle Perú al 500, de las perchas alineadas con una paralela exactitud cuelgan vestidos negros. Alguna que otra camisa blanca, tan blanca, interrumpe por allí. Pero esta vez, Pablo Ramírez, el diseñador que supo imponer la ausencia de color cuando la moda exigía varios tonos de la paleta, tuvo que subirse al rojo, al verde, azul, violeta y naranja, para imaginar el diseño del vestuario del Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín, dirigido por Mauricio Wainrot.

Sus diseños volarán por el aire llenando de colores la Sala Martín Coronado del teatro hasta el 10 de junio, los jueves, viernes, sábados y domingos. Las coreografías “Zeppelín” de Carlos Casella y Gustavo Lesgart, con música de Diego Vainer y “La consagración de la primavera” de Mauricio Wainrot, con música de Igor Stravinski, pondrán en acción a sus creaciones. No es la primera vez que Ramírez realiza el vestuario para una obra, ya que desde sus comienzos se dedica a este métier. Y aunque parezca que el baile sea algo extraño en su vida, entre bocetos y costura, no es ajeno a los sueños de la infancia.

En Navarro, donde su papá tenía un taller mecánico y su mamá se ocupaba de la casa, él soñaba con bailar como Billy Elliot.

-¿Se puede sostener su sueño con virtud? ¿Es un buen bailarín?

-Y… sí, soy bueno. Es más, como soy muy tímido me cuesta, a veces, cuando voy a un lugar a bailar, y como soy el último en salir cuando me ven, me dicen: “¡ah, pero bailás muy bien!”. Me lo reconocen como un talento. Pero es cierto que desde chico tuve mucho sentido del ritmo. Me acuerdo el primer día del jardín de infantes, la maestra le dijo a mis papás: “tiene mucho sentido del ritmo”.

-Si bien desarrolló toda su carrera en base al diseño, todavía puede cumplir su sueño con la danza.

-Es que todavía lo estoy pensando, porque siempre estoy por ver dónde voy, averigüé un par de lugares, pero no me termino de animar nunca. Pero sí, es algo pendiente que tengo, y que algún día haré. No está descartado para nada.

-¿Y qué estilo le gustaría aprender?

-Sí, una cosa así, pero me parece que, más allá de que no vaya a bailar El lago de los cisnes, el clásico es la base, lo importante. Preparando este trabajo con el ballet del San Martín, que es contemporáneo, un día vi el calentamiento que hacían y era igual que el clásico, con el piano, la barra… Los miré y dije: “¡guau, cómo el clásico!”. Y después ellos hacen la función y lo que hacen es otra cosa.

-Salió de su color preferido, el “negro”, y le dio colorido a los trajes. ¿Dolió?

– (Risas.) No, en realidad cuando trabajo para otro entro en un universo distinto, dejo el “Ramírez” y respondo a las necesidades que tenga quien me convocó, porque yo estoy al servicio del director, que es el que tiene una visión y el que cuenta la historia.

-¿Este pensamiento, casi binario, negro o blanco, lo tiene en su vida también?

-Sí, soy bastante radical. Pero no sé por qué y esto me trae problemas, como no transa. Es muy complicado. Pero bueno, la verdad es que me gusta, yo me siento cómodo también.

-Hace unos años atrás dijo que la moda argentina no tenía identidad. ¿Sigue pensando lo mismo?

-Sí, sigo pensando eso. Es algo en construcción que lleva mucho tiempo. Y, la verdad, que es algo muy complicado, difícil que suceda. Porque los diseñadores independientes no contamos con ningún apoyo. Y, por otro lado, estamos como en un limbo, es decir que para ser comerciales somos muy artísticos, y para ser arte en realidad tiene un fin comercial. No somos ni lo uno ni lo otro. Y, además, tengo la sensación de que la gran moda argentina pasa por otro lado, por las grandes marcas comerciales. Luego, estamos los que tenemos expresiones independientes, como yo y un par más, pero la verdad, el resto, en general, es lo que se ve, lo que la gente consume en realidad.

-¿Cómo definiría al estilo de las argentinas?

-Es como una española pero pobre, con menos recursos, me parece. Ellas, tienen una cosa bastante parecida a las argentinas, pero con más dinero. Pero acá se arreglan con mucho menos. Y, también, el tema de la crisis económica hizo que se bajaran, que se vistan bastante más informales, más sport, se arreglan menos. Tiene que ver con una adaptación que la gente hizo con lo que estaba pasando.

-Muchos lo catalogan como rebelde, revolucionario o de vanguardia, ¿cómo le caen estos conceptos?

-Me parece que la mirada del otro es interesante, siempre uno se descubre en ese enfoque. Cuando empecé en 2000, era un momento de explosión de colores, parecía que la moda pasaba por el color y ser moderno era hacer colores. Y, la verdad, no es que yo lo hice de rebelde, sino que quería hacer un camino que fuera propio. No sentir que lo estaba traicionando, y a mí lo que me interesa es hacer ropa negra, que sea buena, práctica, atemporal, que favorezca la silueta, que la gente que se la ponga se vea bien, se vea linda. El color negro tiene una carga dramática y teatral, pero eso llevado al perchero es ropa clásica, combinable. Yo puedo hacer en mis colecciones algunos vestidos que sean muy dramáticos teatrales, o vestidos que te podés poner todos los días. Vivo más eso y no con querer transformar al mundo con mis diseños.

-En la vida hay hechos que marcan un antes y un después, ¿cuál fue el suyo?

-La muerte de mi padre. Yo tenía 21 años y la verdad que hasta esa edad no se me había muerto nadie. No había ido nunca a un velorio. En esa época yo estaba estudiando, él pudo ver mis los logros como estudiante, porque era buen alumno. Mi papá siempre nos estimuló a estudiar a mí y a mis dos hermanos.

-¿Cómo vive fuera de su trabajo?

-Soy una persona súper tranquila, muy casero. Me gusta salir, ir a comer, ir al teatro, al cine. Pero lo cierto es que me gusta mucho lo que hago, soy medio workaholic. Me quedo mucho tiempo acá, vengo temprano y me voy último. Y me gusta porque no es trabajo que tiene una rutina. Yo ahora acabo de venir de una reunión en el centro de experimentación del teatro Colón por un vestuario y vengo de escuchar a una concertista de flauta interpretando a un autor alemán, vengo acá y me encuentro con una modelo para hacer prueba para los vestidos del Martín Fierro.

-¿Cristina Kichner se viste con usted?

-No es que la visto, yo creo que ella tiene un par de vestidos míos, porque la vi un par de veces con algunos de mis diseños. Pero acá no vino nunca, es como que alguien vino y se los compró.

-¿Le gustaría aconsejarla en su vestuario?

-Aconsejarla no, no me gusta darle consejos a quien no me los pide. Yo soy muy respetuoso de eso, no soy como esa gente que viene y te dice cómo te tenés que vestir, qué tendrías que hacer. Si alguien viene y me pregunta porque confía en mí, todo bien. Yo no podría ponerme en ese lugar y la verdad que no me interesa, tampoco me gusta ir a opinar en los programas, ni ser juez de moda.

-Mucha gente la crítica por seguir usando el negro, ¿qué opina?

-Particularmente, le sienta muy bien vestirse de negro. Para mí la subraya y se pueden ver otras cosas de ella, que no sea si combinó bien o mal los colores. Y, además, creo que encontró una herramienta que es muy fácil, muy práctica, más cuando tenés tanta exposición cambiar todo el tiempo.

-Con lo que le gusta el baile, ¿qué le provocó ver a sus diseños danzando por el aire?

-Me doy cuenta de que es algo que hago inconscientemente desde que empecé con mi marca, pero mi ropa es algo que tiene movimiento, que invita al movimiento. Y cuando la gente se lo pone es como que le da ganas de moverse. Y creo que hay algo en todo esto, de lo mío con el baile.

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