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Cultura

13 de junio de 2012

Sin orden ni concierto

No hace mucho, Jorge Edwards publicó “La casa de Dostoievsky”, una novela de muy modesto estilo inspirada y protagonizada, se supone, por Enrique Lihn (“El Poeta”). La novela creó cierto revuelo en el nervioso mundo literario local. Los deudos de Lihn vieron en una escena prostibularia la insinuación de una criminalidad pedófila. Mucho se dijo […]

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No hace mucho, Jorge Edwards publicó “La casa de Dostoievsky”, una novela de muy modesto estilo inspirada y protagonizada, se supone, por Enrique Lihn (“El Poeta”). La novela creó cierto revuelo en el nervioso mundo literario local. Los deudos de Lihn vieron en una escena prostibularia la insinuación de una criminalidad pedófila. Mucho se dijo de la novela, sobre la figura de Lihn trazada en el libro, y entre tanto alboroto quedó de lado lo más importante: que era una novela mediocre. Quizá con ánimo de reparar el desliz de Edwards, o quizá porque sintió un llamado del más allá para entregarle al mundo, o al menos a Chile, una figurita de papel menos enojosa de Enrique Lihn, Mario Valdovinos, crítico y novelista, escribió “Lihn, la muerte”.

La lengua personal de Lihn es algo que nos está vedado. Conocemos su poesía, sus novelas, sus dibujos y sus ensayos, además de unas cuantas entrevistas, y a través de éstas adivinamos una parte de su carácter. Pero quien crea que de la obra literaria y periodística puede deducirse el comportamiento privado, la relación del escritor con la página en blanco, el trato con sus hijos, se equivoca. Por lo demás, qué importa. A un escritor se lo juzga por lo que escribe, no por su comportamiento ciudadano, ni su calidad como padre o hijo. El afán por empatar bondad y calidad es la expresión de un deseo del lector que no puede conciliar talento y maldad.

“Lihn, la muerte” es una especie de panegírico que recorre la vida de Lihn simulando, o impostando, la voz del poeta. Sin orden ni concierto, la novela, o la ficción, describe los hechos conocidos de la vida de Lihn, conjetura sobre algunos, especula sobre otros, filosofa y da razones (que no dan mucho para pensar) para tal o cual decisión; parafrasea poemas, cita azarosamente entrevistas, artículos y libros y, en general, fracasa malamente. La voz que Valdovinos quiere atribuirle a Lihn es pomposa y engolada, perfecta si quiere remedar al autor de “La casa de Dostoeivsky”, algo menos apta para Lihn, que no se fiaba demasiado del ego.

También es una biografía, y también es la novela de un alumno de Enrique Lihn que escribe sin un propósito muy claro, salvo el típico gesto de quien admira desde el recelo. Lihn, en la novela de Valdovinos, como en la de Edwards, es brillante, magnífico pero a su vez pedante, inseguro, políticamente indeciso, etc. Los elogios se alternan con las increpaciones. Y ni los elogios son luminosos ni los dardos venenosos. “Lihn, la muerte” es uno de esos libros a los que ronda la pregunta para qué. Para qué se lo escribió, para qué simular la voz de Enrique Lihn. Toda esta novela es un acto fallido.

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#Lihn#Tal Pinto#valdovinos

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