Esta sí que es una declaración que dan ganas de firmar. Me refiero al “Llamado a la Concordia” que hacen intelectuales y artistas (y escritores de a de veras) peruanos y chilenos sobre el fallo de la Corte de La Haya. Estar cerquita de Vargas Llosa y Edwards -los impulsores- y otros tantos no sólo te da jerarquía moral sino imagen de pertenencia cultural. Es un tipo de llamado que me recuerda el viejo gesto de la época en que los intelectuales firmaban encendidas declaraciones de apoyo a grandes causas pacifistas simplemente porque su opinión tenía mucho más valor que la del resto de la gente, como la declaración de los “Intelectuales contra el fascismo” del periodo de entre guerras.

Claro que ahora faltan poetas, como dice Jaime Campos en un texto en LetrasS5. Es raro cuando no hay poetas en declaraciones públicas, sobre todo en cosas como ésta, de tanta trascendencia histórica. Tampoco uno está en ese Olimpo, las únicas declaraciones que se nos ofertan son quejumbrosas o para alegar por omisiones o cuestiones meramente reivindicativas, donde uno se pierde entre firmas de desconocidos. “El llamado a la Concordia” es otra cosa. Uno podría poner como dato curricular: “Firmante de la declaración Llamado a la Concordia en el contexto del fallo de la Corte de La Haya, la que fue firmada por…”.

Parece que también corre una de empresarios sobre lo de Perú y Chile; en cualquier momento podría aparecer una declaración de trabajadores o de deportistas refiriéndose más o menos a lo mismo. El contenido de la declaración no importa mucho, se apela sobre todo a ser modernos, a dejar atrás ese pasado conflictivo, propio del subdesarrollo anterior. Los impulsores-protagonistas son grandes estrellas de nuestro firmamento, qué duda cabe, Vargas Llosa y Edwards. Es raro, o quizás no tanto, que los escritores insistan en representar a sus países, parece que ese tipo de sujetos tiene mucha voluntad de espectáculo y de ubicación en zonas de poder. Recordemos que los impulsores de esta declaración se dedican, fundamentalmente, a la política.

Poner la firma en documentos que están más allá de la cosa administrativa o jurídica resulta sospechoso o pretencioso, como cuando un chulo candidato politiquero dice: “Te lo doy firmado”. Está claro que hay declaraciones de tipo A, B y el resto. Esta es del tipo A, a la que no cualquiera accede, más aún, hay que ser elegido o ungido para poner la rúbrica. Las B, en cambio, son para que las firme cualquiera. Y hay otras en que se obliga a firmar a todos, en que no firmar es políticamente incorrecto y puede incluso ser objeto de persecución.

¿Qué tipo de declaraciones me gustaría promover sin necesidad de perseguir a los no firmantes? Me gustaría inventar una declaración en contra de Chile, en contra de su gente, una declaración que diga que a los abajo firmantes no les gusta el país en que viven por una serie de razones que habría que entrar a enumerar y que dicen relación con un chovinismo para nada encubierto y una soberbia criminal, sumado a una voluntad de abuso sicótica o endémica, y que por eso nos da lo mismo el fallo de La Haya, o más aún, ojalá sea desfavorable a Chile para asumir de una vez por todas que somos un país despreciado y despreciable (con vocación de discordia). Por decir algo.