Familiares de muertos en incendio de cárcel San Miguel protagonizan dura obra

Los familiares de los reos que murieron en el incendio del penal San Miguel no quieren que el olvido se lleve las cenizas de una injusticia. El 12, 13 y 14 de octubre presentarán en el Museo de la Memoria la obra Torre 5, dirigida por Jacqueline Roumeau, para entregar sus testimonios: el de una familia religiosa que perdió uno de sus dos hijos presos, una madre que quedó con la torta de cumpleaños de su hijo en sus manos y un punk que se convirtió en el líder de los más marginados de la sociedad.



ANTÍGONA
El miércoles 8 de diciembre de 2010 a las 5:43 AM, una de tantas riñas inició el mayor desastre de la historia penitenciara chilena. Un reo sacó un lanzallamas artesanal, los colchones se encendieron y en tres minutos ardió todo. Podría haberse evitado, pero el ala sur del cuarto piso de la Torre 5 funcionaba al doble de su capacidad, las redes contra incendio no tenían agua, el plan de contingencia estaba cargo de un interno y había cuatro gendarmes para desalojar al resto del edificio antes de apagar el incendio. Casi nadie logró atravesar el largo pasillo que sale del cuarto piso donde el infierno consumió sus vidas.

En otro lado de la ciudad, Jacqueline Roumeau era la anfitriona del Primer Simposio Internacional de Teatro y Prisión. La directora de la Corporación Coartre, que rehabilita reos mediante el teatro, recibía en el Goethe-Institut a sus pares de Alemania, México, Argentina, Estados Unidos. La noticia aterrizó la teoría. En cada actividad se hizo un minuto de silencio y Jacqueline partió con algunos a la Cárcel de San Miguel. Volvió impotente.
Incluso en la calle la situación era de espanto. El ala sur de la Torre 5 aún humeaba, en el ambiente se respiraba olor a carne calcinada, mientras los familiares de las víctimas se abarrotaban por centenares afuera del penal. No había respuestas acerca de la identidad de los fallecidos. La indignación y la rabia se manifestó contra Gendarmería y los móviles de televisión. Carabineros envió un contingente de Fuerzas Especiales. Bomberos seguía trabajando.

Meses después, bien entrado el año 2011, Jacqueline recibió un llamado de la Pastoral Penitenciara. La autora de las reconocidas obras que pusieron a los presos chilenos sobre un escenario fuera de la cárcel -Pabellón 2, Rematadas y Sangre, Cuchillo y Velorio-, esperaba con una propuesta: hacer por primera vez una obra con los familiares de los presos.

El proceso se inició con 25 testimonios. Con el tiempo los testimonios fueron reduciéndose junto al número de participantes. Durante las primeras sesiones había rabia, mucha tristeza, y les salía el llanto de solo nombrar a sus muertos. Los textos no soportaban el recuerdo.
Luego Jacqueline incorporó fragmentos de Antígona, la tragedia de Sófocles sobre el mito de la mujer que fue condenada a muerte por, secretamente, haberle darle sepultura a su hermano Polinices. “Con Antígona adquirió un nuevo sentido, de pelear contra la injusticia”, sostiene la directora, quien además sumó a las actrices Elena Jarpa y Daniela Concha en los roles antagónicos de un gendarme y una machi, del adoctrinamiento y la sabiduría popular.

GENDARMES Y CADÁVERES

Es mayo de 2012 y han pasado casi nueve meses desde los primeros ensayos que inició Jacqueline. En el tramo último de Av. Santa Rosa, pasado el límite que marca Américo Vespucio, donde las calles se hacen largas como en el campo, ensayan la obra Torre 5. Es una sede vecinal de la comuna de La Pintana, un lugar para reuniones sociales con ventanales grandes, cortinas delgadas y piso de fléxit. Hace frío. En una mesa hay café y galletas que ofrece una abuelita. Al medio está demarcado el espacio que ocupará la escenografía. Dentro del cuadrado está el elenco.

Se presentan así: “Carlos Valdebenito y Manuela Martínez, padres de Julián Valdebenito, muerto en el incendio. César Pizarro, hermano de Jorge Manríquez Pizarro, igualmente fallecido en la Torre 5. Susana González Fuenzalida, mamá de Abraham Espinoza, estaba de cumpleaños ese día”.
Como un oráculo, los presentimientos dan inicio a la obra. “Los veo traspasar el fuego, no están en un lugar seguro”, dicen luego los cuatro de frente al público. “Mi hijo se llamaba Abraham y estaba de cumpleaños ese día”, continúa sola Susana, con la mirada en un punto más alto que su horizonte. César dice lo justo: “Esto no es teatro”.

Susana es jovencísima, una mujer que fue madre a temprana edad y que hasta el 8 de diciembre tenía dos hijos. Con su esposo, Reinaldo -un hombre silencioso pero asertivo, que prefirió no subir al escenario-, se levantaron temprano a comprar una torta para su hijo Abraham, quien precisamente ese día cumplía 20 años. En la escena Susana vuelve a cargar una torta en sus manos. No puede evitar llorar.

Abraham fue condenado a cinco años y un día por robar bombones, cigarros y una botella de ron en un supermercado, junto a varios amigos en 2010. Estuvo cinco días en Santiago 1 y luego pasó a San Miguel, a uno de los pabellones de mayor peligrosidad.

“Cuando estaba adentro me decía que debía haber sido más dura con él, que debería haberle sacado la cresta”, recuerda, “pero los presos por algo hacen lo que hacen. Uno no sabe lo que pasa en sus familias. Como yo, muchas mamás trabajan y no pasan tiempo con sus hijos, también hay muchos hogares sin esposo, están las drogas, la calle. Se crían solos”.

A su lado don Carlos canta solo, fuerte, entonado. Él junto a su mujer, Manuela, son activos miembros de una iglesia evangélica en La Pintana. Son los mayores del grupo y aunque se han aferrado a la fe con mucha más fuerza desde la muerte de su hijo, no han renunciado a la justicia terrenal.

Julián Valdebenito fue detenido en 2004 y recibió una condena de 10 años. Cuenta Manuela que su hijo salía a robar con un grupo donde también había un carabinero que delinquía y que al no recibir más lucas, les cargó una causa. En esos seis años nunca dejaron de visitarlo. Tampoco a otro de sus hijos que también estaba preso entonces y quien desde la Torre 4 escuchó los gritos infernales. Hoy está libre y según cuentan quedó traumado, casi no habla.

“Nosotros somos pobres, por eso vamos a estas cárceles. Los delincuentes con corbata van a cárceles de lujo. En lo terrenal no tienen castigo, no hay igualdad. Un chico en una población se roba 10 mil pesos y le dan 5 años y un día, en cambio, un tipo hace un desfalco millonario y queda con libertad vigilada. Eso es una burla para nuestros familiares, ellos no estaban condenados a muerte”, insiste don Carlos.

En la obra al matrimonio le toca rememorar el día del reconocimiento de los restos de su hijo en el Instituto Médico Legal. “No puedo creer lo que vemos”, dice la esposa en la obra, “su cara achurrascada y sus dientes chuecos, si los tenía tan parejitos”. Aún no creen que el cadáver que les mostraron sea el de Julián.

Don Carlos demoró más de tres meses en salir del shock. Menos sabía cómo reaccionaría cuando volviera a ver a un gendarme. Cuando el día llegó, le pidió sabiduría a Dios. Cuenta que frente al piquete de gendarmes dijo “mía es la venganza, yo daré el pago, dice el Señor” y que nadie le contestó: “Miraron al suelo, eso fue suficiente para removerle todos los gusanos que tienen en la mente”.

“Es un dolor que nunca va a pasar”, continúa el hombre, “el día anterior canté una alabanza en la iglesia y le dí las gracias al señor porque mis hijos estaban bien. Muchos hermanos me dijeron después que el señor me estaba preparando. Es algo que no se lo doy a ningún enemigo. No somos familiares de delincuentes, no nos digan que están bien muertos”.

Varios días después del incendio los familiares recibieron las cajitas con los supuestos restos de sus hijos. La obra recupera el simbolismo de esos recipientes en la escena y un hecho desesperado que tiene que ver con la tragedia de Antígona, quien desafía a las leyes para darle sepultura a su hermano acusado de traicionar a la patria. El protagonista es César, el líder, un joven anarquista con pasado en la Garra Blanca, peinado punk, pero con los bototos colgados.

Una semana después se infiltró en la cárcel de San Miguel con una cámara. No alcanzó a durar un día adentro, pero pudo grabar las condiciones en que vivían los presos de San Miguel, imágenes que aparecieron en el programa periodístico En la mira. La cámara se la entregó a los internos quienes luego se la devolvieron a cambio de mercadería que compró con la plata que le pagaron por el video.

Su hermano se llamaba Jorge, tenía 22 años. Cayó a la cárcel por porte ilegal de armas y robo con intimidación. Un video lo captó asaltando un camión de cigarrillos en la población Pablo de Rokha. Le dieron cinco años y un día, y al 8 de diciembre de 2010 llevaba más de la mitad de la pena cumplida.

Ese día César estaba pituteando de madrugada, pintando un jardín infantil de la JUNJI. A las 6 AM lo llamó su señora para decirle que se fuera a la cárcel porque se estaba quemando.

“Inmediatamente supe que era la torre de mi hermano, se veía venir”, advierte César, “un mes atrás en una visita me di cuenta que Gendarmería estaba haciendo las visitas para el doble de presos, todos juntos. Les desarmó los espacios y eso generó conflicto dentro de las piezas. Empezaron a caer acuchillados. Le dije a mi hermano que en cualquier momento iba a haber una pelea. Me dijo ‘sí sé’. ¿Y si hay un incendio? ‘nos morimos todos’, me contestó”.

VELATÓN

Es 8 de junio y afuera de la Cárcel de San Miguel por calle Ureta Cox, los familiares realizan una velatón. Es una de las primeras noches realmente frías del invierno. Unas 70 personas encienden velas bajo las gigantografías con las fotos de sus hijos, hermanos, esposos que apoyan en la reja del penal. Todas están enmarcadas en flores, como la del “Chocolo”, otro de los muchos jóvenes muertos.

Micrófono en mano, César Pizarro conduce el evento donde canta un anarquista uruguayo y hablan familiares sobre los avances en el juicio contra Gendarmería. Luego cambia la corona de flores en una tabla que sale del muro de la fábrica Madeco frente a la cárcel, tal como lo ha hecho una veintena de veces los 8 de cada mes.

Entre los asistentes hay varios niños y, por cierto, está todo el grupo de Torre 5, incluyendo la directora Jacqueline Roumeau, quien ha facilitado equipos de sonido. “Las primeras velatones eran más masivas pero también más violentas”, recuerda Susana, “eran terribles, muy dolorosas, muchas mamás se desmayaban”. Ahora los carabineros que están en la esquina de la calle Frankfurt solo cortan el paso de los vehículos que vienen por Ureta Cox.

La velatón no es una manifestación distinta de la obra de teatro. La hacen para dar su testimonio, para no olvidar y para encontrar justicia. Ellos representan a los 81. Por eso vuelven al último paradero de sus seres queridos. Aunque luego del incendio la población penal de San Miguel fue trasladada a Colina y allí llevaron a las mujeres imputadas.

En la misma calle se gestó la agrupación, frente a un rayado que decía 81 Razones para luchar y con la convicción de que Gendarmería pague por su negligencia. Luego, en las reuniones con los abogados querellantes, Winston Montes y Jaime Gatica, pidieron un vocero. Los familiares espontánea y unánimemente lo eligieron a César.

César recuerda que descubrió cuál era su misión en la vida, llorando junto a su señora, a gritos. “Me dijo que me fuera a descansar porque no volvería más a estas malditas cárceles y ahí dije no, la cárcel es lo mío, los privados de libertad, que vienen a ser el último pelo de la cola en el país. La mayoría de la gente me dice ‘para qué defiendes a esos malditos’, pero es nuestra misión y en eso no hay que tener vergüenza. Siempre me voy a lamentar por no haber hecho esto cuando mi hermano estaba vivo”.

81 RAZONES

Falta menos de un mes para el estreno de Torre 5 en el Teatro Mori del Plaza Vespucio. En la sede vecinal ahora está la escenografía. Es sencilla, una suerte de tarima con seis banquetas y algunos compartimentos que se abren desde el piso y desde donde emergen fotografías de sus muertos.

Esta vez andan más alegres aunque con algo de ansiedad por presentar en público algo que nunca antes han hecho. “Falta un guarisnaque”, lanza don Carlos. Si al principio pensaban que se iban a agarrar del moño, ahora son amigos y hacen asados juntos.

Jacqueline cuenta que ha pasado algo importante en el proceso. “Al principio se empezó a trabajar mucho el dolor y se botó harto. Ahora estamos reencontrando ese dolor, pero desde otro lugar. Antes se veía más de lejos, ahora se están reencontrando con que es a ellos a quienes les pasó esta historia y te das cuenta que el teatro sana”.

Hace unas semanas debutaron en el Teatro Mori Plaza Vespucio. Luego vinieron presentaciones en José Domingo Cañas y Espacio Matta. Jacqueline busca nuevas fechas para que este testimonio no se lo lleve el viento y encontró el 12, 13 y 14 de octubre, a las 19 horas, en el Museo de la Memoria. Por otro lado, la agrupación próximamente tendrá carácter de ONG: “81 Razones” el nombre, y “privados de libertad pero no de dignidad”, su lema. Y a la vuelta de la esquina una nueva velatón. “Siempre estaremos, cada 8 de cada mes, para recordarles que no han cumplido”, advierten.

Lo dicen con la resignación y fuerza de la escena final de Torre 5, cuando encienden velas y la machi dice “esta ley siempre se cumplirá, en la vida de los pobres nunca habrá felicidad libre de pena”, mientras canta y santigua el lugar. En minutos más las luces se apagarán y la tenue luz de las velas iluminará el rostro joven de sus hijos en las fotos.

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