Herbert (1971) ganó el Premio Jaén con Canción de tumba, extraordinaria novela en la que, sentado al lado de su madre, ex prostituta que agoniza con leucemia en un hospital, el narrador revisa y escribe su vida y la de ella con dura valentía.

Te conocí como poeta…
-En realidad yo empecé componiendo canciones e intentando hacer guiones para revistas policiacas de monitos, una versión mexicana de los cómics que se llamaba Sensacional Policiaca. Mi formación temprana es pop, aunque luego estudié letras y me encantó la literatura de los Siglos de Oro, y de ahí viene otra influencia importante para mí.

¿Cómodo con el cambio de bando? ¿Sigues escribiendo poesía?
-Sigo escribiendo poesía, sí. Ahora mismo estoy terminando un libro de poemas. Siempre, desde la adolescencia, he escrito en verso y en prosa, así que no lo percibo como un cambio de bando: así he trabajado siempre. La única diferencia es que esta última novela que escribí tuvo más lectores. Pero ya antes había publicado otra novela y un par de libros de cuentos.

Es un poco inútil hablar de cuánto de biográfico y de ficcional hay en una novela. Pero tu personaje se llama Julián y reconocí unas escenas en Berlín, en donde nos conocimos en un encuentro de poesía trucho que organizó un alemán para puro cogerse latinas.
-Digamos que la anécdota base de la novela es autobiográfica. El enfoque, el punto de vista, no: me interesaba más construir la ficción no como anécdota sino como lenguaje. Por ejemplo: no creo ser ni tan cínico ni tan resistente como el personaje-narrador, ese que se llama como yo. Mi madre, efectivamente, se dedicó a la prostitución. Algunas de las peripecias narradas en la novela son recuerdos de mi infancia, otras son inventos míos. Lo curioso es que, a estas alturas, ya no estoy muy seguro de cuáles son unas u otras: no puedo recordar sino a través de haber escrito este libro. No es que la realidad no exista, sino que cada dos minutos se vuelve impura. O algo así.

Te lo digo porque el protagonista habla abiertamente de su madre que fue prostituta, de las intimidades del cáncer y la muerte. Hay gente que maquilla al hablante sabiendo que lo van a rastrear sicológicamente, o que maquilla a sus personajes. O que, por el contrario, exagera para epatar. ¿Cómo te las arreglaste con eso?
-La ventaja es que yo empecé a escribir este libro sin saber que era una novela: simplemente tenía que pasar demasiado tiempo en el hospital cuidando a una vieja enferma, y aprovechaba las horas muertas (sobre todo por la noche) para teclear. Tardé un par de meses en darme cuenta de que esto era una novela. Para cuando eso sucedió, ya había completado un borrador de unas sesenta cuartillas. Solo entonces empecé a trabajar y a reescribir con la malicia de la técnica narrativa. Pero la primera intención del texto, que era menos literaria, más punk, se mantuvo al menos en parte.

Hablas de la falta de fe en el futuro del arte de narrar. ¿Cómo ves el panorama?
-La verdad, comienzo a verlo bien.

Ugh. ¿La dura?
-No sé cuánto dure, pero veo una literatura que me gusta. De México, me gustan narradores de mi generación e incluso más jóvenes, como Yuri Herrera, Valeria Luiselli o Alberto Chimal. Me gusta mucho la obra del argentino Patricio Pron.
Por otro lado, no conozco muy bien la obra narrativa de mi generación por la sencilla razón de que yo casi no leo novedades.

Te lo preguntaba porque esta historia, la de un hijo que es testigo de una madre prostituta que agoniza en el hospital, tiene elementos de reflexión sobre el arte de narrar, historia, delirio, autobiografía. Le echas mano a todo.
-En este último par de años aparecieron un montón de libros que bordean temas afines: de Patricio Pron, Guadalupe Nettel, Marcos Giralt Torrent y quién sabe cuántos más. Todos con el rollo de la autoficción y los padres. Digo, no nos pusimos de acuerdo: pasó y ya. No he leído todas las novelas emparentadas con la mía, pero tengo la impresión de que el rollo metaficticio, la angustia acerca del arte de narrar, pesa más en mi libro que en los otros. Supongo que esto se debe a mi filiación con la poesía. Parafraseando a Octavio Paz: de lo único que realmente se trata un poema es del lenguaje que lo constituye.

Ella es re poeta cuando le miente a los vecinos sobre su oficio de prostituta; la palabra de la madre es exquisita. El dulce engaño de lo lírico. El lujo de las palabras. Heriberto Yépez busca espiritualidad y Bruce Andrew le contesta que le importa una mierda la espiritualidad. ¿Cómo te ubicas en eso, te lo digo porque la novela es el largo velorio del protagonista ante su madre?
-No sé cómo responder esa pregunta, por eso escribo. No dudo de que en la escritura subyace un impulso de índole espiritual, una búsqueda de lo trascendente, pero al mismo tiempo soy ateo y sumamente pesimista acerca de las posibilidades de la literatura para reivindicar lo humano. No sé quién escribió que si la literatura fuera a salvar a la humanidad, ya lo hubiera hecho. De modo que, supongo, soy algo así como un agnóstico supersticioso, si me vales el oxímoron. El día que trascienda cualquiera de esos dos extremos tal vez pueda dejar de escribir y dedicarme a hacer dinero o, al contrario, irme a vivir a un monasterio.

Ya veo aparecer cientos de papers y tesis vampiras sobre tu novela hablando de mestizaje, minorías, fronteras y todo eso. Para mí toca el tema muy bien: “Soy una burla biológica, un mestizo, un indio patarrajada”.
-El tema del mestizo es como el tema del judío, o el negro, o cualquier otro miembro de una tribu migrante; tienes razón. Pero para mí se trata también de una metáfora lingüística, porque el libro mismo es un mestizo, una novela con rasgos que vienen de otros géneros, ¿no?

DJ’S, AK47

Ves el banco y la donación de sangre como un rito azteca. Lo de la sangre como lógica fiduciaria me recordó inevitablemente a el Mercader de Venecia
-A lo mejor me salió ahí mi fantasía de tener antepasados de origen judío: parece que mi bisabuelo emigró sospechosamente de Alemania a México, así que algo podría haber por ahí. Siempre me ha interesado la tribu de Israel, su mezcla perversamente sabia de chauvinismo y desarraigo. Por otro lado, hay un instante de la mitología azteca que se emparenta levemente con el judaísimo: todo ese rollo sobre vagar en busca de la tierra prometida, y ser confinados y esclavizados por otros pueblos, y tener un dios (Huitzilopochtli) iracundo. O a lo mejor es nada más que esos símbolos están ahí, al menos desde Shakespeare, a disposición de todos, ¿no?… Ya no somos escritores: somos Dj´s.

Hablas del narcotráfico. Es difícil hablar del tema haciéndose el políticamente correcto, pero ponerse en el rol de los que ya se involucraron con eso por diversos motivos es más difícil. Fogwill declaraba cara de raja que escribía con cocaína. De cualquier manera, el asunto ese tiene efectivamente podrido al México actual, a América Latina entera.
-Yo creo que es un tema que no se puede eludir. O al menos, no en una novela como Canción de tumba, que está situada en el presente, aborda el concepto de familia y tiene como protagonista a un tipo que ha sido adicto a la cocaína en distintas etapas de su vida. No me doy baños de pureza: asumo mi parte de responsabilidad, como miembro de un conglomerado social, con lo que está pasando en México. Pero me queda claro que la ética no es ese absoluto que los hijos de puta quisieran: sí existe una diferencia esencial entre robarse un cochecito de juguete o aspirar un gramo de cocaína y aceptar un soborno de un millón de dólares o repartir un cargamento de rifles AK-47 entre un grupo de adolescentes resentidos y hambrientos.

CANCIÓN DE TUMBA
Julián Herbert
Mondadori
2012, 206 páginas