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Opinión

25 de Octubre de 2012

“Una flaqueza de los cronistas de Latinoamérica es que no metemos las narices en los círculos de poder”

John Lee Anderson lo definió como “cronista de cronistas”. Salcedo Ramos se caracteriza por su aproximación llana a las historias que va a contar y por su narrar preciso. Aquí habla de eso, del pesimismo que le produce la crítica y el periodismo en Latinoamérica, y de su país: “Tengo 49 años y no recuerdo un sólo día de mi vida sin oír la palabra FARC”.

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Foto: Alejandro Olivares

Alberto Salcedo Ramos (49), nacido en Barranquilla, Colombia, es reconocido como uno de los mejores cronistas latinoamericanos. A comienzos de octubre estuvo en Santiago presentando “El oro y la oscuridad”, una edición de Lolita Editores del texto que escribió sobre “la vida gloriosa y trágica” de Kid Pambelé, nombre con que se conoce a Antonio Cervantes, el más grande boxeador que ha tenido Colombia.

Para escribir “El oro y la oscuridad” -una clara referencia a la antología “Fama y oscuridad” de Gay Talese-, Salcedo Ramos dice que estuvo con Kid Pambelé en todas las situaciones posibles. En miles de lugares. Un sinnúmero de conversaciones.

-Lo que hago cuando voy a contar crónicas es convivir un tiempo, preferiblemente largo, con mis personajes. Ser testigo a lo largo de mi convivencia con esos personajes de ciertas escenas que me permitan mostrarlos a ellos en su cotidianidad.

¿Cómo ves la crónica latinoamericana en este momento?
-En este momento la crónica latinoamericana tiene un boom, hay una explosión. Esto viene de hace años. Hay unos narradores superlativos, como Juan Villoro, Leila Guerrero, Julio Villanueva Chang, Martín Caparrós. Han forjado una voz personal fácilmente reconocible y han creado una obra sólida.

¿Crees que se está tratando de rescatar lo que pasa en Latinoamérica actualmente?
-Yo creo que el gran problema de la crónica latinoamericana es la ausencia de voces que se ocupen del tema del poder. A los cronistas se nos reprocha que nos ocupamos de los perdedores, del lado B, de ciertas situaciones pintorescas o medio freaks, o cotidianas, pero que no exploramos el tema de los poderosos. En los círculos de poder no metemos las narices y esa es sin duda una flaqueza de los cronistas de Latinoamérica.

¿Por qué pasa eso?
-Puede ser una apatía personal de nosotros frente al tema del poder; puede ser que los poderosos se blindan, a diferencia de los seres comunes y corrientes que nos permiten el acceso fácil a ellos. Si yo fuera un magnate de las finanzas, tú no estarías sentada aquí hablando, porque yo consideraría que eso es perder dinero. Los magnates todo lo miden en cifras. Es una deuda de la crónica.

¿Cómo lo ves en Colombia?
-En Colombia hemos tenido un periodismo responsable en el cubrimiento del conflicto armado, que se deriva en parte de un aprendizaje largo y forzoso derivado de la convivencia prolongada en el tiempo con ese fenómeno social. Yo tengo 49 años y no recuerdo un sólo día de mi vida sin oír la palabra FARC. No ha habido un sólo día en que, para bien o para mal, no se haya hablado de la guerrilla en Colombia. El hecho de convivir con ese fenómeno hizo que el periodismo haya desarrollado un lenguaje relativamente maduro para abordar ese tema.

¿Cómo influyen el conflicto de la FARC y la violencia en la literatura colombiana?
-Hubo un tiempo en que el narcotráfico acaparaba la atención de los escritores, tanto de los de ficción como de los de no ficción. Teníamos una realidad urgente, apremiante, que de alguna manera nos imponía sus códigos. No había una perspectiva lo suficientemente amplia para mirar ese fenómeno de una manera lúcida. Creo que en los últimos años nos hemos liberado un poco de ese fenómeno y hemos empezado a mirar otros temas de la condición humana, del país, de nuestra cotidianidad.

Después del Bogotazo vino mucha literatura sobre la violencia. En torno a eso se debatió y se debate entre la gente que escribe la realidad tal cual es y la gente que la novela.
-Cuando tú haces literatura de ficción puedes hacer lo que quieras. Cuando haces literatura de no ficción tienes la camisa de fuerza de respetar la realidad. Me parece que la literatura de no ficción te impone unos códigos: tú no puedes inventar la realidad, violar datos, escenas, de tal manera que los escritores de ficción que se han ocupado del tema no violan ningún código, pero a los escritores de no ficción que de pronto violentan esas materias sí están metiéndose en un terreno minado.

¿Por qué crees que se rellena la realidad con ficción?
-Cuando un escritor se inventa cosas es porque no le ha permitido a la realidad la posibilidad de que lo sorprenda. Los escritores de ficción crean lo sorprendente; los escritores de no ficción descubren lo sorprendente. Cuando uno hace investigación para crónicas y reportajes, uno sí puede encontrar sorpresas en la realidad, pero hay que darle tiempo a ésta para que lo sorprenda a uno. Si uno mira la realidad con ojos de turista y quiere conseguir los datos de un solo golpe en una sola cita, va a ser difícil darle a la realidad la oportunidad de que le regale a uno datos sorprendentes. Pero si uno va muchas veces, siempre va a encontrar detalles de color que son sorprendentes, inesperados.

Es lo que llamas “turismo periodístico”.
-La mayoría de los medios, hay que decirlo, son redes de la inmediatez más rampantes. El periodismo está cada vez peor escrito y cada vez se parece menos a una actividad del pensamiento y más a una carrera en una pista de velocidad.

¿Qué pasa con las generaciones nuevas en Colombia? ¿De qué tradición son herederas? ¿Qué tan presente está, por ejemplo, García Márquez?
-García Márquez es un referente que todavía tenemos. Es posible que los jóvenes de 20 se conecten menos con él que la gente de mi generación, porque la literatura de García Márquez es barroca, es catedralicia, es preciosista en el uso del lenguaje, y estos chicos de hoy escriben como chatean. Hay un culto por lo tecnológico. Gay Talese decía en una entrevista en España el año pasado que antes uno veía el mundo con sus propios ojos, enfrentándose a él de manera directa. Ahora muchos jóvenes que empiezan a hacer periodismo creen que uno puede ver el mundo en la pantalla del computador, dándole clic al mouse. Han cambiado algunos códigos del oficio, sin duda.

Falta salir más a la calle.
-Totalmente. Untarse los pies de barro, ensuciarse de polvo, matar mosquitos en una selva, sentir la vida en las manos, los huesos, el cabello de uno que se ensucie de tierra y polvo. Falta eso. Cada vez los periodistas de la sala de redacción dependen más de los boletines que envían los portavoces de las entidades oficiales. Eso hace mucho daño. Oficializa el periodismo, lo vuelve demasiado dependiente de la institucionalidad.

¿Crees que hay también una reverencia del periodista ante el entrevistado?
-Y comodidad también. Con toda franqueza, todos los que escribimos libros estamos a merced de redactores culturales que no se leen esos libros. Se leen las solapas con la información biográfica de nosotros, se leen los pregones editoriales que aparecen al final en la contratapa diciendo de qué va la cosa y no más. Yo he estado en cantidad de situaciones enfrentado a redactores culturales que me preguntan de qué trata mi propio libro. No leen. Hay una frase de Woody Allen que me encanta, que dice “cuando tengo que reseñar un libro no lo leo, porque eso me podría crear muchos prejuicios”. Yo creo que muchos lo aplican al pie de la letra.

¿Qué pasa con el periodismo cultural actualmente? ¿Crees que es un poco flojo?
-Sí, parte por eso porque la cultura es como la cenicienta del periodismo. Cada vez que hay que recortar en una sala de redacción, empiezan cortándole la cabeza al que hace el magazine del fin de semana o el suplemento literario. Hace mucho tiempo que los suplementos literarios son vistos como una antigualla, algo que no sirve, un asunto para minorías que no le aporta nada al periódico económicamente.

¿Pero crees que es un tema sólo de mercantilización del periódico o hay una cosa del ejercicio de la profesión?
-Hay de ambos. En parte también tienen la culpa los propios periodistas que dejan que el oficio de informar sobre la cultura sea una actividad como para un pago de favores, para una exaltación de la amistad o el amiguismo.

Se nota en la crítica cultural.
-Es que la crítica ha ido desapareciendo. En estos países nuestros lo que hay son reseñas banales que anuncian en términos superficiales la aparición de libros, revistas o discos. No van al fondo, no hacen una valoración crítica del producto que se le está tratando de llevar al público.

Hay mucho reseñismo.
-Total. En estos países no se tolera la crítica. Cuando haces crítica lo que haces es ganarte enemigos.

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