El cuerpo y los pigmentos

 

© Jacqueline Gallagher

La relación entre tecnología y biología ha sido un tema constante en mi trabajo, sobretodo en el contexto del cyborg, un organismo cibernético que es una entidad que integra partes biológicas, producto de la evolución, y partes tecnológicas, producto del ingenio creativo que en ocasiones responden a la necesidad de sobrevivir y en otras a deseos de alterar la apariencia o mejorar el funcionamiento de los órganos. El cyborg es un recurso útil para estudiar la forma en que nos relacionamos con la tecnología y la manera en que ésta nos afecta, desde las relaciones cotidianas con nuestras extensiones electrónicas y extremidades virtuales hasta la manera en que la tecnocultura determina nuestro inevitable paso a una condición posthumana.

Partamos pues de la idea del cyborg, el cual puede ser cualquier entidad viva que establece relaciones operativas con determinadas tecnologías, que pueden ser de necesidad (como sería una prótesis o un marcapaso), de mejoría sobre la naturaleza (como una vacuna o la posibilidad de implantar un dispositivo de comunicación y control en el cerebro con una computadora) o simplemente estéticas (que pueden ir desde el maquillaje hasta las más dramáticas modificaciones corporales).

La definición de cyborg es en extremo flexible, pues dependiendo del contexto podríamos asumir que:

· El cyborg es un organismo cibernético que combina elementos sintéticos y orgánicos. Es un ser que depende de la tecnología para realizar determinados actos físicos o mentales.

· El cyborg es un individuo que emplea la tecnología para recuperar parcialmente o compensar el uso de órganos o sentidos atrofiados o ausentes. Por tanto es un aspirante a la normalidad.

· El cyborg es cualquier persona que usa el lenguaje oral o escrito para comunicarse, emplea papel y pluma para ayudarse a memorizar o hacer cálculos, utiliza lentes, ha recibido alguna vacuna o tiene la piel tatuada.

Podemos decir que el homo sapiens desde el momento en que emplea cualquier tecnología para mejorar de alguna manera sus condiciones existenciales se convierte en una entidad biológica transformada por la cultura. En este caso todos los miembros de nuestra especie de homínidos no somos solamente homo faber, como el hombre que hace y que transforma su medio con herramientas y objetos artificiales, sino homo cyborg, en tanto a que establecemos relaciones de control y comunicación entre el cuerpo y el medio a través de los artefactos que fabricamos.

Uno de los primeros usos que dio el hombre a la tecnología fue la decoración de su propio cuerpo y rostro. El arreglo personal tenía un objetivo distinto a la protección que le daba la ropa, no se trataba de un uso pragmático sino de una transformación simbólica mediante pintura corporal, tatuajes y ornamentos. Esta práctica aparece desde muy temprano en numerosas civilizaciones primitivas y puede estar relacionada con objetivos rituales o bien simplemente estéticos. Los arqueólogos Christopher S. Henshilwood, Francesco d’Errico, Curtis W. Marean y otros describen detalladamente en un artículo 28 herramientas de hueso y otros artefactos encontrados en la cueva Blombos, en Sudáfrica. Estas herramientas especializadas que tienen más de 70 mil años tuvieron un enorme impacto porque pusieron en evidencia que desde entonces los homínidos tenían un comportamiento moderno que comprendía el empleo de herramientas “formales”, las cuales además eran producidas siguiendo secuencias técnicas deliberadas para dar forma al producto, un proceso que comenzaba con materias primas y terminaba con la herramienta terminada. Tomaría alrededor de 35 mil años más para que algo semejante sucediera en Europa. Estos artefactos requerían de “un nivel de planeación y conceptualización más alto que simplemente tallar a golpes pedazos de pedernal”1 y se manufacturaban de manera organizada y sistemática, con lo que desarrollaron una industria primitiva de herramientas de hueso (principalmente puntas de proyectiles y punzones) en el paleolítico medio (periodo que comenzó hace unos 300 mil años y terminó hace 50 mil).2 Un grupo que poseía esta capacidad creativa tenía por fuerza que haber desarrollado el pensamiento simbólico, por tanto sus creaciones no eran únicamente utilitarias y pragmáticas sino que los objetos que producían tenían significados diversos y no forzosamente aparentes.

Esto implica que muy probablemente ese pueblo tenía un lenguaje complejo con el cual concebía y articulaba ideas abstractas. En Blombos se encontraron evidencias del uso del pigmento ocre, el cual si bien servía para decorar objetos también se usaba para decoración corporal, quizás con fines sociales, estéticos o rituales. Henshilwood y Marean escriben:

La ornamentación personal con cuentas y pintura corporal con pigmentos son medios de almacenamiento externo de símbolos que pudieron haber sido usados para establecer su identidad cultural […] y pueden ser interpretados por los arqueólogos como significantes de comportamiento moderno. Aunque la evidencia directa de la pintura corporal no sobrevivió en el registro arqueológico, el descubrimiento de pigmentos trabajados como el ocre puede estar vinculado con la evidencia temprana de almacenamiento simbólico externo.3

Algunas de las herramientas encontradas están impregnadas de ocre, asimismo había dos pedazos de ocre tallados con símbolos abstractos, lo que muchos han considerado la primera manifestación artística de la humanidad. Pero también había lápices o crayones de ocre4 que fácilmente pudieron ser usados para decorarse el cuerpo.

Las otras venus

Durante el paleolítico superior comienzan a aparecer en Europa figurillas femeninas talladas en piedra suave, hueso, marfil, terracota y probablemente madera (aunque éstas no han sobrevivido al paso del tiempo). La mayoría de esas estatuas tenían en común que eran figuras femeninas obesas, con grandes senos, que a menudo carecían de pies o brazos. De manera que parecían representar la imagen misma de la fertilidad y la abundancia, de un inmenso vientre bien alimentado que daba vida y que no necesita de manos para defenderse o alimentarse ni pies para escapar a los depredadores o buscar comida. En un tiempo previo a la aparición de la agricultura resultaba muy poco probable encontrar humanos que comieran más allá de lo indispensable, por lo que la gordura parecía una utopía o un estado de semidivinidad. La más famosa de estas figurillas es la célebre Venus de Willendorf, la cual se caracteriza por tener una cabeza en forma de mora. Una interpretación reciente de esta pieza del paleolítico propone que la ausencia de rostro no se debe a la incapacidad del artesano primitivo ni a un tabú que prohibiera la reproducción de rasgos faciales, sino a que la “Venus” tiene la cara cubierta por un intrincado sombrero o tocado tejido de paja y el propio cabello. Este estilo denotaría que incluso esta madre primigenia, anterior a la escritura, al arte y al concepto de identidad hubiera tenido preocupaciones estéticas y cosméticas. Lo cual confirmaría que desde la edad de piedra los pueblos han invertido recursos, esfuerzos e ideas para transformar la apariencia de su cuerpo de acuerdo con sus gustos, ideales y creencias.

Las Venus prehistóricas son entonces representaciones idealizadas de la figura femenina, arquetipos que sirvieron para influenciar y moldear la apariencia, conducta y condición de la mujer en lo sucesivo. Lógicamente estas estatuillas fueron eventualmente sustituidas por diosas, santas, ídolos del cine, estrellas pop, celebridades, personajes de ficción y uno que otro cyborg.

Ingenuamente muchos creen que el culto de la belleza es un producto del consumismo occidental y de valores imperialistas misóginos. Nada más simplista ni equivocado que pensar, como Naomi Wolf, que la obsesión con la belleza aparece después de 1830, “cuando el culto de lo doméstico fue consolidado por primera vez y fue inventado el índice de la belleza”.5 Podemos aceptar que en ese momento aparece una mercantilización sin precedente de la belleza pero no podemos reducir el fenómeno de la belleza de esa manera. La obsesión con la belleza y los esfuerzos desmedidos por decorar y embellecer el cuerpo eran comunes en las sociedades desde el origen de los tiempos. Está ampliamente documentado el uso de maquillaje, perfumes y elaborados procedimientos de belleza en el antiguo Egipto, por tan sólo mencionar el ejemplo más conocido. Es claro que esas remotas prácticas estéticas tenían una finalidad semejante a la aplicación de maquillaje en nuestros tiempos. La capacidad de entender, buscar y disfrutar la belleza es tan antigua como nuestra especie. La belleza ha otorgado desde hace milenios una posición de privilegio y poder, es fuente de placer y fascinación, aunque también provoca angustia, envidia, miseria y malestar existencial.

Belleza como señuelo

© Natalie Shau

La belleza humana es un mecanismo evolucionario, un sistema de selección de los mejores genes y de discriminación de los candidatos menos aptos. No obstante, resulta hasta cierto punto paradójico que la belleza tiene la singular responsabilidad de haber inspirado la creatividad humana, probablemente más que ningún otro estímulo, las grandes obras de arte y de la cultura, los sueños románticos, las ilusiones eróticas y un número inimaginable de actos de locura y delirio perpetrados a lo largo de la historia de la humanidad.

La belleza de un rostro es desde el punto de vista de la biología evolutiva un anuncio de salud y fertilidad. Una cara atractiva, simétrica, con piel suave, labios carnosos, grandes ojos, mejillas coloradas y una cabellera frondosa es un mosaico formado por una colección de señales inmediata y universalmente reconocibles por los miembros de la misma especie que sintetizan la condición del cuerpo y las ventajas que ofrece a la reproducción el propietario. Las características de un rostro serían meramente publicidad para los genes de manera semejante a las plumas coloridas de ciertas aves. A mayor atractivo mejores son las probabilidades de que el gen pueda encontrar al candidato más apto para el apareamiento. Estos indicadores durante milenios cumplían un papel fundamental para la supervivencia, ya que se trataba de preservar a los individuos más viables. Aunque es poco probable que la belleza sea tan sólo carnada o cebo para atrapar pareja.

Esta característica explica las diferencias entre la belleza femenina y su equivalente masculino, el cual deberíamos llamar de cualquier manera menos belleza, ya que en esencia el atractivo masculino tiende a vincularse más a su capacidad como proveedor que a sus atributos estéticos. El hombre busca de manera compulsiva la juventud y las características que garantizan la posibilidad de perpetuar sus genes, por tanto la mejor candidata será aquella mujer con los atributos que sugieran con mayor contundencia su fertilidad. En cambio, la mujer busca individuos con la mayor cantidad de testosterona, lo cual aparentemente se hace visible en características como pómulos prominentes, cejas intensas y mandíbulas fuertes, entre otras cosas.

Un recurso biológico de supervivencia de la especie sería un prodigioso motor de la imaginación y de la invención. La belleza es algo demasiado singular y escaso como para aceptar que se trata únicamente de una colección de signos e incitaciones a la reproducción, a cambio le atribuimos poderes casi mágicos. Podemos debatir lo que entendemos como bello, podemos tener todo tipo de diferencias pero no hay duda del efecto que produce la belleza. Su influencia es algo que no puede ser ignorado, especialmente cuando la belleza se manifiesta en sus formas extremas y nos deja literalmente boquiabiertos, incoherentes y temblorosos. La belleza llama a la imitación, a la copia, a la compulsión de asirla mediante un trazo. Lo bello invita a ser atrapado con la mirada y nos provoca una necesidad casi patológica de seguir mirando al sujeto bello, siendo incapaces de despegar la vista, con lo que llegamos a los extremos de vulgaridad típicos de quienes lanzan esas tristemente famosas y penetrantes miradas masculinas.

Podríamos preguntarnos ¿para qué tenemos cara? La respuesta es que se trata de la plataforma de los sentidos, los cuales bien podrían estar distribuidos por el cuerpo; sin embargo, al tener nuestros sensores concentrados en una sola superficie los empleamos para relacionarnos con los demás, dando prioridad a la visión al enfocar centralmente y relegando el olfato, el gusto, el tacto y el oído a un segundo plano. La primera relación que establecemos con nuestros semejantes es una apreciación visual, y con apenas un vistazo, en centésimas de segundo, evaluamos y clasificamos la apariencia del otro. Esa conclusión inicial, instantánea y fulminante que hacemos de manera irracional, tan sólo cambiará si la relación con la persona llegara a profundizarse y adquirir otras dimensiones.

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