Nuestro colega de labores en The Clinic, el periodista Jorge Molina Sanhueza lanzó ayer su primera novela llamada Asesinato en el Estado Mayor, publicada por editorial Ceibo. El evento tuvo lugar en el bar Budapest.

En 375 páginas, el libro cuenta la trama en la que se ve involucrado el reportero Iraki Santoña, luego que es asesinada una de sus fuentes, un otrora agente del Servicio Secreto de Espionaje del Ejército.

El profesional irá tratando de aclarar la muerte y se ve enfrentado a una conspiración militar, una antonomasia de nuestra historia reciente, donde se enfrenta a la censura del poder, entre otros entretelones propios de los que a diario vive la prensa.

El libro, escrito con el afiebrado estilo de una crónica periodística, entrelaza episodios de investigación reporteril con la policía, agentes de la dictadura, donde se mezcla la ficción, la realidad, el humor, la lujuria, la muerte y un final inesperado.

Anteriormente Jorge Molina Sanhueza publicó dos libros: Crimen Imperfecto, la historia del homicidio del ex agente de la DINA Eugenio Berríos y la muerte de Frei Montalva (LOM 2002), también A la Caza de un Espía, historia de un agente del servicio secreto y sus operaciones en Argentina y Uruguay (Catalonia 2007).

The Clinic Online les presenta un adelanto de Asesinato en el Estado Mayor, que estará disponible en librerías.

Capítulo 1

Siempre me quejo de todo. Es como una adicción a los dramas insignificantes de la vida. Me mantienen alerta para buscar frases que los expliquen, acaso una fórmula para quitármelos de encima por un instante; porque vienen otros, encadenados como los vagones de un tren, como una fila interminable de inconvenientes menores que me acechan, a los que no puedo atender en la ventanilla donde se entregan las recetas para el olvido. Por eso, nada puede ser mejor que tener una noticia entre manos. Me saca violentamente del caos de palabras que luchan por alinearse y ordena mi mente, esa gaveta infinita que sostiene la razón.

Aquella mañana delirante de un otoño melancólico, Santiago amaneció nublado, con un aire tibio y húmedo, señal de que los nubarrones condensaban una lluvia de aquéllas que sólo es capaz de entender quien ha vivido en esta ciudad amurallada por la cordillera.

Salí de casa luchando con mis demonios tutelares y me dirigí al diario electrónico Pulso Noticioso, donde trabajo hace varios años. A medio camino, una fuente de información me llamó para contarme un hecho que –y en eso puso énfasis– pondría en jaque al Ejército. De pronto, la comunicación se cortó. Para variar, problemas con la telefonía celular. Las señales siempre tienen un punto ciego, un intersticio electrónico en algún lugar de la ciudad y esta vez -¡por la puta madre!- me afectó a mí, Iraki Santoña. Marqué de vuelta, pero me contestó el buzón de voz. Y apareció lo peor: la maldita frase con esa insoportable voz femenina grabada quién sabe dónde, que terminó por darme la puñalada de lo que parecía el comienzo de un día de mierda. Respiré profundo, como si con eso exorcizara los malos espíritus que atizaban mi frustración, mientras conducía el Volkswagen a toda velocidad por la Costanera, hacia el sector pudiente de Santiago. Tomé el bendito aparato e intenté comunicarme a lo menos veinte veces, ansioso por saber de qué se trataba el secreto que querían revelarme.

Las cámaras que registran las violaciones a la Ley del Tránsito no eran esa mañana mi preocupación. Ya no iba al diario. Mi destino era claro: la oficina de Carlos Paredes, un ex espía que, a sus más de 60 años, asesoraba al Estado Mayor de la Defensa Nacional. Estacioné en un lugar prohibido (como si me hubiera importado alguna vez). Mi corazón latía rápido, algo no muy recomendable para un reportero de 40 años de vida sedentaria, fumador empedernido y amigo de los bares y la noche. Aceleradamente saludé al conserje del edificio, indicándole a quién buscaba. El sujeto me miró con desconfianza, quizá buscando en mí la iconografía de un delincuente bien vestido y aunque dudó un segundo, tomó el citófono y llamó más de una vez. Nadie contestó.

–Parece que no está en su oficina –afirmó con cara de pocos amigos.

–Debe estar, porque hace diez minutos hablé con él por teléfono –respondí, al punto de parecer un enajenado.

Estuvo a un tris de no permitirme el paso, pero le clavé una mirada de ésas que no dan oportunidad de elegir. –Está bien. Es la oficina 1103 –masculló.

Llamé al ascensor y marqué el piso. Cuando llegué, salí ansioso a buscar el timbre de aquella oficina que tenía un insípido letrero: “Cargo, Asesoría Empresarial”. Como nadie contestó, golpeé. La puerta se abrió. Lo que vino después hizo que aquella mañana del 14 de mayo de 2007 nunca más pudiera borrarla de mi memoria.