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26 de Febrero de 2013

Las 10 historias más insólitas del fútbol

Vía soho.com Luciano Wernicke se ha dedicado por años a investigar sobre las anécdotas más exóticas que se han vivido en el fútbol. Y aquí escribe para SoHo diez de ellas, donde la realidad literalmente supera la ficción. 1. El arquero manco Poco antes del comienzo del campeonato argentino de primera división de 1906, el […]

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Vía soho.com

Luciano Wernicke se ha dedicado por años a investigar sobre las anécdotas más exóticas que se han vivido en el fútbol. Y aquí escribe para SoHo diez de ellas, donde la realidad literalmente supera la ficción.

1. El arquero manco

Poco antes del comienzo del campeonato argentino de primera división de 1906, el arquero José Buruca Laforia pasó al club Alumni y dejó a su exescuadra, Barracas Athletic (institución hoy desaparecida), sin un guardametas titular. Ante esta situación de emergencia, Barracas se vio obligado a probar jugadores “de campo” en el arco. Como ninguno se destacaba en esa función, cada jornada se experimentaba con un nuevo candidato para el puesto vacante. El 26 de agosto, los hombres de Barracas debían trasladarse a la localidad de Campana —situada a unos sesenta kilómetros al norte de la ciudad de Buenos Aires— para enfrentar a Reformer, un modesto conjunto integrado por los empleados de un frigorífico. Esa fría mañana solamente ocho futbolistas se presentaron en la estación de trenes para efectuar el viaje hacia la cancha rival. Ya en camino, a la hora de plantear una estrategia para contrarrestar la desventaja numérica, se le encomendó la difícil tarea de custodiar los tres palos a Winston Coe, uno de los socios fundadores del equipo, quien habitualmente se desempeñaba como defensor. En la cancha, la estrategia instrumentada por el disminuido Barracas sirvió de poco frente al conjunto completo de Reformer, que se adjudicó una contundente victoria por 11 a 0. Empero, las crónicas periodísticas de la época elogiaron la labor de Coe quien, a pesar de contar con una deficiencia física, evitó que Barracas sufriera una goleada aún más humillante. Y no era para menos, ya que al improvisado arquero… ¡le faltaba el brazo izquierdo!

2. El árbitro a caballo
A la final del torneo de segunda división de 1925 de la ciudad argentina de Córdoba llegaron los clubes locales Vélez Sarsfield y Peñarol. El choque definitivo se pactó en una canchita del barrio El Abrojal, y se designó a Carlos Libertario Linossi para controlar las acciones del trascendental desafío. A los treinta minutos de la segunda etapa, con el marcador 1-1, Peñarol consiguió el gol que lo catapultaba a la división de honor del fútbol cordobés. Pero la conquista no fue bien recibida por los seguidores de Vélez: gracias a la falta de alambrado olímpico, los hinchas decidieron ingresar al campo de juego para golpear a los futbolistas rivales, quienes a su vez fueron defendidos por sus partidarios. En medio de una riña generalizada, Linossi montó el caballo con el que había arribado al lugar y comenzó a despejar, a empellones, a los exaltados espectadores. La bravura del centauro consiguió el milagro del retorno de la calma para que el encuentro prosiguiera sin nuevos disturbios. Hasta el último minuto, el hombre de negro continuó su labor sentado en el lomo de su corcel. Fue el primer árbitro con cuatro patas.

3. El técnico que dirigía con pañuelos de colores
El 17 de octubre de 1943 se disputó la primera fecha del flamante torneo profesional de México. Esta nueva era del fútbol azteca, sostenida por mecenas acaudalados y grandes empresas, atrajo, como la miel a las moscas, a muchos veteranos futbolistas argentinos, ávidos de ganar una buena suma para su retiro. Uno de ellos fue el centrodelantero Marcos Aurelio, quien dejó Vélez Sarsfield para sumarse al club León. Allí, Aurelio tuvo un entrenador que utilizaba un complejo método para darles instrucciones a sus dirigidos, basado en pañuelos de diferentes colores. Si el técnico agitaba uno de color azul, todos debían ir al ataque. Por el contrario, si exhibía uno verde, los once tenían que defender. Y, si el pañuelo elegido era rojo, “había que retener la pelota”. La novedosa estrategia se puso en práctica, pero las cosas no salían nada bien: por más que el “míster” cambiaba los colores, los goles rivales caían uno tras otro. Con el partido desfavorable por 5 a 1, Aurelio se acercó al banco y, dirigiéndose al técnico, le sugirió: “¿Qué le parece si saca un pañuelo blanco y nos rendimos?”.

4. El mudo que ‘puteó’ al árbitro
El 8 de noviembre de 1972, por el torneo argentino, Huracán superaba como local a Estudiantes de La Plata 2 a 0. Los “pinchas” pugnaban por el empate, y, poco antes del final del primer tiempo, el árbitro Washington Mateo cobró un penal para los visitantes. Sin embargo, a instancias de uno de los jueces de línea, Mateo se retractó y marcó un tiro libre para Huracán. La decisión disgustó a los jugadores albirrojos, que desaprobaron el cambio con enérgicos gestos y términos soeces dirigidos hacia el hombre de negro. En medio del revuelo, el referí sacó su tarjeta roja y se la mostró al volante central Carlos Alberto de Marta, de quien creyó haber escuchado un claro y grosero insulto. El match prosiguió y Huracán, con la diferencia numérica a su favor, se impuso por 5 a 1. Mateo elevó su informe y una semana después De Marta fue citado a declarar por el Tribunal de Disciplina. El jugador se presentó en la sede de la entidad y, un día después, lo que pudo haber sido una dura sanción se diluyó en una simple amonestación. ¿Por qué? El tribunal consideró que De Marta difícilmente pudo articular una injuria claramente audible por Mateo, no solo por el bochinche que imperaba en ese momento en el estadio, sino porque el volante era sordomudo de nacimiento.

5. Infidelidad en directo
El Genoa luchaba por el ascenso a la Serie A italiana. El 28 de abril de 2000, en casa, frente al Atalanta de Bérgamo —uno de los punteros del campeonato—, había que ganar o ganar. El choque, cargado de roces, nervios y pierna fuerte, se evaporaba igualado en un tanto, hasta que el veloz delantero Davide Nicola trazó una diagonal fulminante que definió con maestría ante la salida estéril del arquero visitante, Alberto Fontana. Para celebrar su conquista, el goleador extendió su alocada carrera hasta un costado del campo, donde estaba sentado un grupo de policías, y se arrojó sobre una rubia y bella agente del orden, a quien besó apasionadamente. Era —reconoció luego el futbolista al periodista de la televisión situado en el campo de juego— una “amante” que había “caído en la red”. Nicola no fue amonestado por tan apasionado festejo, pero quien sí vio la tarjeta roja fue la policía: su esposo, que miraba el partido en directo por TV, la llamó de inmediato al teléfono celular y la expulsó del terreno conyugal.

6. El muerto que hace goles
Durante la semifinal del Mundial de Suiza 1954, disputada en Lausanne, se produjo un caso extraordinario: un futbolista de Uruguay sufrió un paro cardíaco y, tras recibir una dosis de coramina —un medicamento que estimula las funciones vasomotoras y respiratorias— siguió jugando. El protagonista de la notable situación fue el delantero Juan Hohberg, quien, curiosamente, había nacido en Argentina y comenzado su carrera como arquero. Hohberg —quien ese día debutaba en la escuadra oriental— consiguió los dos goles que le permitieron a Uruguay igualar el encuentro, a los 75 y 86 minutos. Según cuenta el periodista Alfredo Etchandy en su libro El Mundo y los Mundiales, cuando el atacante marcó la igualdad, “sus compañeros le cayeron arriba en el festejo y por la emoción sufrió un paro cardíaco. Fue reanimado por el kinesiólogo Carlos Abate, quien le suministró coramina por la boca. Cuando empezó el alargue seguía afuera, pero poco después retornó a la cancha y jugó hasta la finalización de la prórroga”. En esa época todavía no estaban autorizados los cambios, y la escuadra celeste no podía darse el lujo de resignar nada porque, además del pase a la final, defendía una impresionante racha invicta de 21 partidos en Mundiales y Juegos Olímpicos. Empero, en el alargue, Hungría marcó dos veces más para redondear un marcador de 4 a 2 que coronó, más que nunca, un “partido de infarto”.

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