Semanita



Todos podemos equivocarnos, y este domingo, en Tolerancia Cero (ahora, de seguro, tolerarán más), Paulsen se equivocó.

No sólo erró al confiar ciegamente en los datos oficiales, caídos últimamente en el mayor y más lamentable de los desprestigios, sino también, y principalmente, en el modo en que los usó. Lo traicionó el espectáculo. En lugar de preguntarle a Longueira si era cierto lo que indicaba el SERVEL, lo acusó directamente de mentiroso cuando aseguró que había votado por el SÍ. Entonces comenzó un diálogo que de no contar con esa nota dramática que acompaña incluso a las denuncias de la farándula, habría sido propio de Mr. Bean.

Paulsen le aseguró a Longueira que en realidad no había votado por el SÍ, como él mismo pensaba, y que faltaba a la verdad, porque en realidad, ¡chan!, no había votado. Longueira -como esos niños sabiondos cuando les preguntan algo fácil- se fue a negro. Dudó si había votado o no, hizo un puchero, y de haber podido hubiera salido corriendo, mientras Paulsen le abanicaba un documento que acreditaba lo incontestable de sus datos. Longueira no quiso verlo. No quiso pasar por la humillación de tener que reconocer ante las cámaras que efectivamente quizás no había votado. Lo que a mí me costaba entender era por qué uno de los rostros más emblemáticos del SÍ, podía haber preferido abstenerse.

Entonces Longueira vivió la incerteza, ese estado tan insoportable para los conservadores como el peligro para los cobardes, y no supo qué hacer. Se tupió. En ese mismo momento, las redes sociales ardieron. Con su irresponsabilidad instantánea, muchos dieron por muerto a Longueira. Casi nadie se preguntó acerca del sentido o la importancia de la denuncia. De haber sido cierta la imputación de Paulsen, ¿qué hubiera importado? El planeta twitter, sin embargo, se mueve en la órbita de la inmediatez y el juicio rotundo. Lo seducen los actos vistosos y disfruta de las camoteras. Prefiere la masacre que el debate. Sé de varios que, para recuperar la calma y el equilibrio, han salido huyendo de ahí.

El asunto es que con la misma rudeza con que esta órbita cibernética esa noche crucificó al confundido y atónito Longueira, a la mañana siguiente le cayó encima al periodista, con la misma guillotina chillona y sedienta de sangre. Se respiran exageraciones. Los candidatos de la derecha han optado, en el fondo, por el discurso anti UP, por la misma monserga pinochetista del orden versus el caos, por el miedo a los “clamores populares”, y la nada ingenua preocupación por los desbordes.

Los jóvenes de los movimientos que nacen -Revolución Democrática, la Izquierda Autónoma- les recuerdan la barbarie socialista. Sólo que esta vez, la verdadera revolución está sucediendo mucho más allá de las militancias.

Pero no desvariemos. En lo que dura una semana, la UDI desechó a Laurence Golborne, Longueira comenzó a ser candidato, Allamand insultó a Novoa, la Concertación bloqueó las primarias, Velasco amenazó con dejar el pacto y Bachelet le contestó que no era su mamá. Antares de la Luz apareció en una casa embrujada de el Cusco, colgado de una viga, cargando una mochila repleta de ladrillos. Su culpa: haber matado a su hijo de dos días de edad quemándolo en una fogata, con la boca enhuinchada como un imbunche. Supimos que el Banco del Estado –me gusta llamarlo así–, en tiempos de la fiebre neo liberal, abusó de los pobres de la patria con tal de parecer más exitoso que los ricos. Un hombre, por estos días, no sé dónde ni cuándo, mató a su mujer a puñetazos. Minutos más tarde, Paulsen metió las patas, todos gritaron, y Melero de nuevo se puso a llorar.

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