El trauma y el ¡Chao Jefe!



Cuando estamos en una conversación con un gran amigo y tenemos evidencia que algo muy trágico y penoso le pasó, uno espera que nos cuente su problema. Somos sensibles y empáticos e intentamos abordar el problema (de cierta forma nos genera culpa el saber y no ayudar a nuestro amigo) de formas muy sutiles. Sin embargo, él niega que tales hechos hayan sucedido o bien niega que sea tan trágico y penoso: “no es nada grave”, dice. De forma totalmente “autodefensiva” detiene el impacto emocional que implicaría aceptar su tragedia. Como amigos entendemos que ese “silencio” ha tocado un límite y ha entrado en la esfera de lo que no se habla. Es un trauma.

Para el filósofo esloveno Slavoj Zizek, la sociedad capitalista contemporánea tiene dos formas o niveles de “traumas”: uno es la dominación social de un grupo sobre otro (conflicto social capital/trabajo) y otro, en que el objeto del deseo interno y fantasioso como personas, está construido por “fuera nuestro”. Es decir, nuestras propias fantasías son impuestas por una “sociedad simbólica” que cotidianamente planteamos como otro: “la gente” o “ellos” o cuando decimos “uno” (uno tiene la culpa, uno es el que se queda callado, en vez de decir, yo siento esto o lo otro).

En la actualidad, la publicidad es el ejemplo más patente de esta imposición de fantasías. La publicidad del “CHAO JEFE” evidencia como ninguna el trauma singular de la sociedad chilena: no soporto mi trabajo, pero lo necesito y lo agradezco, pero si de mí dependiera yo diría “Chao Jefe” (por lo tanto, es una situación impuesta). El Chao Jefe, como frase, contiene ya lo que en el mismo latín vulgar (no el de la élite) se definía originalmente como Trabajo: “Trabajar con mucho esfuerzo, afanarse”, del latín vulgar tripaliare “torturar”, que proviene a su vez de tripalium “cierto instrumento de tortura (hecho con tres palos)”, que viene del latín tripalis “que tiene tres palos”, de tri-“tres” + palus “palo, estaca”.

Tortura, trabajo, Chao Jefe. El latín vulgar y el sentido común (hecho publicidad) muestran algo que al parecer parece tan obvio e inmediato –natural de hecho- que permite que autoridades, académicos, empresarios, candidatos todos, lo nieguen, no lo mencionen o lo oculten. Esta forma de (no) dar cuenta del trauma, se evidencia aún de forma más total en el programa de La Nueva Mayoría. Acá el trauma se muestra en su faceta de no reconocer la profundidad del diagnóstico sobre el conflicto social/individual del trabajo en Chile, no de no reconocer el conflicto como tal. Es decir, se funciona con la lógica de “no es tan grave”. Lo primero, en términos de formato, es que en la presentación del programa, trabajo es horizontal e intercambiable como “tema” en su programa: está al lado de Salud, Pensiones, Seguridad Ciudadana y Justicia, subsumido en la categoría de “Protección y Oportunidades”.

Es decir, el trabajo es “una parte” de la totalidad de la sociedad, no lo que la constituye como tal, a pesar de que en el inicio se planteé que “El trabajo no puede ser visto sólo como un factor de producción, ni el trabajador como mero consumidor”. Lo curioso, es que en términos fácticos el trabajo no opera como factor de producción ni consumidor en su acepción real. Si fuese un factor de producción sería retribuido de acuerdo a su coste de producción, si tomamos como valor la simulación de la canasta calculada con la Encuesta de Presupuestos Familiares (EPF) de 1997, el número de trabajadores pobres pasa de 497 mil personas (EPF 1987, valor oficial del Estado de Chile) a 1,1 millón de personas, de las cuales el 79% es asalariada. El Salario Mínimo no alcanza a cubrir el 62% de la línea de pobreza en un hogar de 4 personas donde sólo una trabaja. Es decir, el valor del trabajo no está acorde a su costo de reproducción, son infrasalarios para la gran mayoría (el 50% de los asalariados privados obtiene menos de $218 mil, si se toma en cuenta los trabajadores de jornada completa de las grandes empresas, más productivas en teoría, esta corresponde a $273.500).
De hecho, si fuese un efectivo factor de producción más allá de la reproducción de su coste, podría tener el mismo nivel (o cercano) de incidencia colectiva que el factor capital (empresarios) al interior de la producción y de las decisiones a nivel nacional. Sin embargo, sólo un 8,1% de los asalariados tienen negociación colectiva con derecho a huelga (que a su vez tiene la posibilidad de reemplazo desde el día 1) y va en ascenso la utilización de Convenios Colectivos por sobre la Negociación Colectiva Reglada (con derecho a huelga), Además, el mismo procedimiento es sumamente engorroso, incentivando una negociación que beneficie a la parte más preparada técnicamente. La SOFOFA cuenta entre sus miembros al 30% del PIB, según las palabras de su presidente Hermann von Mühlenbrock, y durante 4 años gobernó un empresario el país (ni hablar de Gerentes Corporativos-Ministros). De seguro por eso este dirigente empresarial plantea que “el gran activo de este país, son sus instituciones”.

Gracias a estos infra salarios, la escasa capacidad de negociación y la desregulada y expansiva economía financiera, el trabajador ni siquiera es un consumidor en plenitud de ejercicio. Su consumo es su deuda, el 75% de sus ingresos corresponde a deuda según la Encuesta Financiera de Hogares 2011 del Banco Central y el 60% de los hogares gasta más de lo que gana según la Encuesta de Presupuestos Familiares 2012 del INE. La solución es “comprar plata”, de ahí que en Marzo, los días de la Madre, el Padre, el Niño, la Mujer, Septiembre, Diciembre, etc. la publicidad se aboque a Bancos, Retail y Cajas de Compensación para poder “consumir” tranquilos. Se les solicita hipotecar trabajo futuro, con eso basta. De hecho, para el 2012, el consumo utilizando tarjeta de crédito fue equivalente el 27% del PIB del sector Comercio y Financiero.

El trauma de nuestra sociedad, se evidencia de mejor forma si además localizamos históricamente la fuerte expansión de que la vida de cada vez más personas esté sujeta al trabajo. No es sólo que sistémicamente el trabajo sea el esqueleto de la sociedad –de ahí su imposibilidad de sectorialización, es parte del tejido social de nuestra sociedad, no una actividad aislable que fuera posible aplicarle políticas puntuales- sino que cada vez mayor cantidad de vida se asalariza, la vida cotidiana de mayor cantidad de personas está vinculada a las horas, lugar y vida laboral.

Si usamos como referencia los datos contenidos en La República en Cifras, del Instituto de Economía UC, en 1885 (siglo XIX) se vivió el peak de participación económica (personas trabajando y buscando trabajo sobre el total país) con un 42,6% de la población dedicada a labores económicas o en busca de hacerlo. En promedio, esa década tuvo un 41,5%, recién recuperada al mismo nivel para el siglo XXI, donde en la década del 2000 (2000-2009) se obtuvo el mismo 41,5%. Sin embargo, es en 2012 cuando se logra la cifra más alta con un 47% de la población trabajando o buscando trabajo sobre el total país. En los últimos 20 años, además se observa la mayor participación de asalariados sobre el total de la población que está en edad de trabajar (15 años y más): en 2012 el promedio anual fue de 39,2% y en 1986 de 28,2%.

Estos indicadores no muestran ni mejor, ni peor calidad de vida ni nada parecido, solo muestra de forma aproximada la cantidad de energía y vida que una sociedad le está entregando al trabajo, independientemente de cómo material y simbólicamente lo valore (¡Chao Jefe!).

Es por tanto, en su dimensión constituyente (cualitativamente profunda) y en su dimensión extensiva (cuantitavamente expansiva) como sociedad, donde el trabajo presenta su carta de navegación como centro de la estrategia de desarrollo. A pesar de aquello María Ester Feres, ex Directora del Trabajo, nos muestra como el trauma evoluciona: “la simple lectura de los principales contenidos programáticos evidencia una evolución en el tratamiento de los temas laborales: desde una gran centralidad, asignándole primariamente al sistema de relaciones laborales un dimensión constitutiva o de la esencia de la democracia, a un trato sectorial, para definitivamente subsumirlos en los temas de empleo y condiciones de trabajo y/o de derechos económico-sociales”.

En relación a esta cuestión es que Fundación SOL, en conjunto con más de 10 profesores de derecho del Trabajo y en diálogo con organizaciones sindicales, ha levantado el documento Manifiesto Laboral, que busca aportar a un debate que ponga al trabajo en el centro de la estrategia del desarrollo y elimine las barreras estatales que pretenden impedir que los trabajadores desarrollen un poder autónomo. Entre los principios generales, la libertad para definir el nivel negociador (de empresa, de rama, nacional, etc.), el fin del reemplazo en huelga y la libertad para ejercer huelgas en distintos ámbitos, son claves.

En la publicidad del Chao Jefe, la propuesta de salida (anticolectiva) es ser “millonario” (empresario rentista gracias a la Lotería que “da más oportunidades de ganar”) y vivir despreocupado, sin necesidades y sin obligaciones. Es como la utopía del emprendedor. Todos empresarios y nadie trabajador, pero el empresario se define por ser “empleador”, es decir, tener trabajadores bajo su dependencia y subordinación. Tanto el Chao Jefe, como el emprendimiento, la ausencia de debate serio y la sectorialización del trabajo, ya muestran por si mismos el conflicto capital/trabajo, y la cada vez más incómoda y angustiante rutina de ir a diario a trabajar, tal como lo dice otra gran frase popular “qué me importa quién salga presidente, si mañana igual tengo que ir a trabajar como todos los días”. Por primera vez en la historia estamos cerca de ser más de la mitad de la población nacional la que está incorporada de una u otra forma directamente en su corporalidad a la fuerza de trabajo, es imposible quitarle la mirada, es imposible que siga siendo trauma.

*Investigador Fundación Sol

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