Elecciones: La gran final es otra

Por Roberto Pizarro y Salvador Muñoz

El 17 de noviembre se juega la gran final. Es el lema de la campaña parlamentaria de la UDI. En parte tienen razón. La derrota cultural que han sufrido en los últimos años ha sido el preanuncio de su inevitable derrota política.

Desde las movilizaciones estudiantiles del 2011 el cuestionamiento al modelo político-económico, impuesto por Pinochet y el fundador de la UDI, ha crecido en el país. El 2013, con la conmemoración de los 40 años del golpe cívico-militar, aumentó el rechazo a los civiles que apoyaron el golpe y la dictadura. Así las cosas, ni las trampas institucionales de Jaime Guzmán conseguirán evitar la derrota electoral de la derecha. Y lo saben. Advierten que su final está por llegar.

La derecha conservadora y antidemocrática está arrinconada en el país. El presidente Piñera, y los liberales que lo apoyan, han tomado consciencia de que la UDI no debe ni puede seguir siendo el partido hegemónico del sector.

Por su parte, la Concertación (hoy Nueva Mayoría) no ha resuelto el problema que la llevó a la derrota el año 2009. Funcionan igual como lo hicieron durante la transición eterna. En su interior prevalece la convicción de que el modelo impuesto en dictadura puede ser administrado correctamente y que en su esencia es justo. Sus críticas al sistema político y al modelo económico apuntan únicamente a sus efectos. No tocan sus causas. Volver al gobierno tras las faldas de Bachelet no va a resolver su ausencia de proyecto político. Su comportamiento y el rechazo ciudadano que han experimentado como oposición son la mejor muestra de eso. ¿Qué hacen sin Bachelet?

Un hecho significativo, que ha marcado estas elecciones, es la cantidad y diversidad de candidaturas que se han hecho presentes. La mayoría de éstas exige cambios profundos y al menos cuatro recogen total o parcialmente las demandas más sentidas por los chilenas y chilenas durante los últimos años.

Hubiese sido más sabio haber alcanzado convergencia entre las candidaturas que proponen Asamblea Constituyente, educación gratuita, reforma tributaria progresiva, recuperación de la soberanía sobre los recursos naturales, fin de las Isapres y AFP reconocimiento constitucional de los pueblos originarios, descentralización verdadera e integración con los países de nuestra región. Sin embargo, ello no fue posible. Primaron las desconfianzas y no hubo ni la capacidad ni el liderazgo político que dicha tarea requería.

Pero no es hora de llorar. Por el contrario, hay fundamentos para alegrarse. Las cuatro candidaturas más contestatarias (Claude, MEO, Roxana y Sfeir), y que desafían el sistema vigente, han dicho las cosas por su nombre. Han impactado a la ciudadanía. Han sido necesarias para el momento que vive el país. Y quizás una sola de ellas no expresa la fuerza de la diversidad de quienes bogamos por transformaciones profundas.

Sin embargo, la dispersión de las fuerzas transformadoras no puede continuar. La convergencia es indispensable para construir una alternativa política que dispute la conducción del país a los dos bloques que representan los intereses de los grupos económicos. Sería inaceptable que quienes están por estas transformaciones profundas no tengan la capacidad de generar los mecanismos democráticos que permitan alcanzar mayores niveles de convergencia para aumentar sus posibilidades competitivas. La ciudadanía los castigaría.

En eso radica el principal desafío de cara a la tercera vuelta que comienza con la asunción del nuevo gobierno. Sea cual sea el resultado, las transformaciones democráticas que representan estas cuatro candidaturas sólo será posible llevarlas a cabo si se logran mayores niveles de unidad entre las fuerzas políticas y si se estrechan los lazos entre éstas y el movimiento social.

Independiente del resultado electoral, la verdadera final para el país y la ciudadanía es que a partir del 18 de noviembre debiera iniciarse el esfuerzo por construir una convergencia entre todas las fuerzas políticas y sociales enemigas del neoliberalismo y del régimen de exclusión política. Ese es el verdadero desafío.

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