Barbie leñadora


Ganó. Acomodó la ciudad a su vida propia. Mejor, a su propiedad. Como el otrora senador y “emprendedor” Carlos Cariola, no escatimó en millonadas para elegirse. El mote de “designada” no hacía juego con su traje de dos piezas y sus melindres como ex vocera presidencial. La anterior derrota en sus heredades de Temuco, no hizo más que excitar su ambición. No importaba dónde. No importaba cuándo: quería estar, quería ser, quería protagonizar. Como senadora designada partió defendiendo el lucro en el sistema educacional. Progresó en su razonamiento: era partidaria de que las instituciones con fines de lucro recibieran aportes estatales. Sin embargo, para 2011 su experiencia como legisladora era muy breve. Había comenzado en agosto de ese año con un proyecto de ley de su autoría –presentado junto a otras lucideces del parlamento y aún en trámite- cuyo título reza “Proyecto de ley que modifica la ley N° 20.272, respecto de monumento en memoria de Su Santidad Juan Pablo II”. Partió bien, economizando ideas y alejada de la agricultura retórica y transgénica, puesto que su iniciativa contiene un escueto aunque desabrigado artículo “Modifícase el texto del artículo 7º de la Ley Nº 20.272, sustituyéndose la expresión numérica `tres’ por ‘seis’”. Abnegaciones del oficio. Esta vocación de servicio público la marcó a fuego para proseguir con su desvelo. Se ofreció por Santiago: Sur, Norte, Poniente, Oeste, Puelche o Travesía. Le dejaron colonizar Oriente, pero en medio del carnaval antropofágico de sus camaradas, cayó de bruces empujada por los aperos mineros del ex gerente de Cencosud. No se detuvo.

Puso su dedo en el mapa y, nuevamente designada, desembarcó de sopetón aquí. Camiones, camionetas, un circo –sí, un circo, ni metáfora, ni adjetivación-, miles de letreros y enormes mojones de cemento ensuciaron la ciudad. Fue su Polonia púrpura. Su lema (“Fuerza de Mujer”) resultó enigmático, considerando las declaraciones que hiciera en marzo del 2012 en contra del aborto terapéutico al “argumentar” que la mujer sólo “presta el cuerpo”. La invasión fue violenta, al punto que el municipio –después de múltiples denuncias- la sancionó por su propaganda de hormigón esparcida como lluvia de cilantro fucsia. De ahí se convirtió en una aficionada a esconder lo que no vale la pena encontrar. Todavía en su portal de candidata quedan rastros de su incursión apresurada: “Todos los días me subo a mi auto y viajo entre las 21 comunas que conforman la circunscripción de Santiago Oriente”. Experiencias abyectas de corte centropolitano teníamos con los últimos señorucos -Frei y Larraín-, pero con un gesto menos de descaro y vulgaridad. Para qué aburrir: no se trata de ese regionalismo oligarca y afiebrado que termina en incesto, sino de la compostura y del decoro de quien legítimamente arriba y se quiere quedar. Si se suscriben los postulados descentralizadores y desconcentradores, servirse de las craqueladas estructuras partidarias capitalinas para hacer lo opuesto, ya es de horteras.

Como tantos y tantas, la senadora no planteó ideas, solamente las apelotonó y se refugió en la cabaña de los signos de exclamación. Así también, se ocupó con esmero por su figura y dramaturgia identitaria. Actuó de más y pensó de menos: se disfrazó. Y fue tan de aquí, que parecía de otro lado: una barbie leñadora, silvícola, voceadora y trabajadoraaaza, o sea. Como algunos poetas, puro estilo y nada de sinceridad.

Por televisión nos enteramos muy bien de su idea popular de democracia, una muñeca agropecuaria que galopa tras el zorro del poder. Lo incalificable, persiguiendo a lo incomible. Una mezcla de calambre con estornudo que le obsequia la democracia centralista a los “Pueblos Abandonados” –Mellado dixit- de cuando en vez y muy y mucho. Para qué seguir. Ganó. Lástima que las elecciones fueran en primavera. En lo sur, la sabiduría llega con los inviernos.

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