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Nacional

10 de diciembre de 2013

Niños y jóvenes asesinos: Matar en el barrio alto

Tal como en los sectores socioeconómicos bajos, en Las Condes los adolescentes también matan y, además, por razones similares: falta de contención emocional de la familia. El 25 de febrero de 2012, Felipe (16) apuñaló en el pecho a Fred Cortés Fritis (22) en una riña sin sentido que terminó con el estudiante de educación física desangrado y el joven, que en la época era alumno del colegio San Pedro Nolasco y acostumbraba a pasar los sábados carreteando fuera de su casa, condenado por homicidio simple. Esta es su historia.

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Eran las cinco de la madrugada del sábado 25 de febrero cuando Felipe (16) cruzó, con un adoquín en la mano derecha y la izquierda –es zurdo- fija cerca del pantalón desde calle Guanabara hacia el bandejón central de la rotonda Atenas en Las Condes. Allí se encontró de frente con Fred Cortés Fritis –quien avanzó desde Cristóbal Colón- y con Francisco Silva, pero a este último ni lo miró.

Llevaban unos minutos intercambiando insultos. Felipe y sus seis amigos habían quemado un basurero en un paradero y estaban lanzando piedras a los autos mientras Fred y Francisco se comían una hamburguesa a 70 metros de los muchachos, y el adolescente, fanático de los grafitis, decidió terminar con el diálogo -que incluía una serie de variaciones de “pendejos culiaos” y “qué les pasa conchetumadre”- de forma abrupta.

Caminó con paso decidido-con su grupo rezagado, pero siguiéndolo- y Fred, previendo que vendría una pelea, se puso de pie y fue a encontrar a su asesino. Cuando estuvieron frente a frente, le quitó la piedra de una patada, pero entonces Felipe giró y extrajo desde sus calzoncillos una cortapluma. La enterró en el pecho del estudiante de educación física en menos de cinco segundos y salió corriendo. Todos huyeron. Francisco creyó “que les había dado miedo o algo así”, pero de inmediato se dio cuenta de que la huída no era por temor.

-Cuando me di vuelta vi que Fred estaba agachado, con la mano en el pecho. Me dijo «me apuñalaron, hermano» y cuando me mostró la herida vi que se estaba desangrando. Tomó un adoquín con la mano izquierda, por si los chicos volvían, pero alcanzamos a caminar un par de pasos y se desmoronó.

El homicida –que fue condenado como tal- es un chico moreno conocido como “el Kramer” y tenía, al momento de la agresión, el cabello corto y algo de sobrepeso. Estudiaba en el colegio privado San Pedro Nolasco de Vitacura que en la prueba de selección universitaria (PSU) de 2012 promedió 634,70 puntos, muy por sobre el piso de corte de 450 puntos para postular a las universidades del Consejo de Rectores. Su padre es un exitoso ingeniero civil eléctrico y vivía, y vive hasta hoy, en Lo Barnechea, en el sector de La Dehesa, donde reside el 10% más rico del país.

Cuando cometió el crimen, Felipe había, como cada fin de semana, bebido más de la cuenta en una fiesta. En su declaración judicial aseveró que había tomado vino, vodka y pisco. “Yo estaba curado en ese momento, sabía cuando ya estaba en ese estado porque tomaba casi todos los fines de semana con las mismas personas, casi siempre en plazas” y no tenía ninguna preocupación por volver a su casa porque era habitual que retornara en la mañana del domingo. En su testimonio también aseguró que sus amigos -quienes lo acompañaban cuando mató y con quienes bebía y consumía marihuana-, pertenecían a su antiguo barrio de Padre Hurtado con Colón en Las Condes . En esta comuna el ingreso promedio por hogar, incluidos subsidios estatales es, según la encuesta Casen 201, de $2.692.604, más que el doble que en el resto de la Región Metropolitana ($1.005.771) y 3,3 veces más que en el resto del país.

El sector de la calle Alhué, donde Felipe creció, es de clase media alta. La Dehesa, donde sus padres se cambiaron en 2009, está aún mejor posicionada socieconómicamente y Kramer, afirma en su testimonio, no logró generar lazos y siguió frecuentando a sus cercanos de infancia, algunos de los cuales tenían antecedentes por robos y desórdenes.

“En la experiencia internacional, los jóvenes que cometen homicidio no son de barrios bajos, son de clase media y clase media acomodada, porque la reacción violenta tiene que ver con la ausencia de un entorno empático, de controles parentales y de contención”, relata el defensor penal juvenil, Rodrigo Torres quien precisa que en Chile es cada vez más común que se mate también en el barrio alto, aunque “sigue siendo sorprendente para la gente porque se cree que no es algo esperable. Entonces todos nos acordamos de Aron Vásquez, pero perdón, ¿alguien se ha preguntado cuántos homicidios a palo hubo ese año? Nos atemoriza si es en Las Condes porque quienes leemos los diarios nos identificamos con ese sector, pero si pasa en una población, uno piensa: ojalá nunca me toque ir ahí”.

LA NAVAJA

Felipe había comprado la cortapluma -con la que penetró 12 centímetros en el pecho de Fred, lesionando en 2,2 centímetros el ventrículo derecho del corazón- en una gira de su curso a Brasil en diciembre de 2011 porque cuatro meses antes del incidente había estado involucrado en una pelea donde uno de sus amigos había sido apuñalado. Por ello, cada fin de semana escondía el cuchillo–enfundado- en su ropa interior a la espera de una nueva gresca.

Tres meses después de adquirir el arma, que tenía un solo filo y terminaba en punta, la usó. “Yo no quería matarlo, yo quería párarlo, nunca pensé dónde le llegaba, fue muy rápido todo, después me di cuenta que le había llegado en el pecho”, aseveró Kramer durante el juicio en que alegó, sin éxito, defensa propia.

El muchacho, que fue apartado por su familia de sus ex compañeros de carrete, era disciplinado y serio en su colegio y tenía promedio 5.0. Cuando asesinó a Fred, estaba por iniciar las clases para cursar tercero medio. Fuera del San Pedro Nolasco, acostumbraba, afirma uno de los jóvenes que estuvo presente la noche del crimen, a participar de fiestas de largo aliento con mucho alcohol, peleas y marihuana. “Los papás del Kramo tenían lucas, él nunca andaba pelao. Yo ya no lo veo, cuando éramos amigos, hacíamos graffitis. Él tomaba caleta y se ponía medio jugoso, pero como todos nomás. Andábamos hueviando cuando pasó lo que pasó. Yo no sé cómo sus papás nunca cacharon que llegaba borracho”, relata.

Sólo la noche en que mató a Fred, Felipe había sido reprendido en al menos dos ocasiones por la la guardia municipal, e incluso tras el crimen fue controlado por seguridad ciudadana. Nada dijo del homicidio y a su grupo le informó que pretendía “quedarse callado” hasta que todo estallara.
Y así fue: el muchacho confesó sólo después de que le llegó una citación del tribunal luego de que la policía de investigaciones llegara a su nombre tras una serie de diligencias.

Al ser interrogado, adujo que tanto él, como Fred “tenían ganas de pelear” y que éste lo golpeó en la cara –aunque no le dejó ningún rastro- y que en medio de la trifulca “saqué el cuchillo que llevaba, que era de unos cuatro dedos mios la hoja y de mango tenía el mismo porte, era una cortaplumas negra automática, sé que es eso: corta y es automática porque al apretar un botón se abre”. “Tiré una puñalada con mi mano izquierda, la tiré hacia adelante hacia arriba, no recuerdo a qué altura, no me fijé, no me di cuanta de que le llegó en el pecho, eso fue después, en el momento él nunca vio mi mano mientras la tiraba, esta persona era mucho más alta que yo, esa persona no alcanzó a ver el puñal, no creo, fue muy rápido todo, gritó como ‘ahaaa’ , no recuerdo si fue fuerte o despacio, pero lo escuché. Todos corrimos”, dijo.

Mientras corría, se deshizo del cuchillo. De la muerte de Fred se enteró horas más tarde por televisión. Fue formalizado el 2 de abril de 2012 y quedó con detención preventiva en un centro para menores de San Joaquín donde estuvo dos meses. Posteriormente tuvo arresto domiciliario total hasta marzo de este año, en que la pena fue sustituida por reclusión nocturna. En el proceso, su papá aseveró que antes del homicidio, sus horarios de trabajo ocupaban casi todo su día y que aunque la madre no trabajaba “los controles parentales antes de este hecho no existían” y que, en ese sentido, “fracasé como padre”.

Lourdes Fritis, la mamá de Fred, estaba, en cambio, conforme con su labor. Si bien Fred había sido “medio pendenciero” cuando estaba en el colegio – en 2007 había amenazado a un compañero de curso porque éste había molestado a su polola de la época y en 2010 estuvo detenido por estar implicado en riña-, se había tranquilizado cuando ingresó en la universidad, y especialmente cuando su padre fue diagnosticado con demencia senil. “Eso ocurrió hace como dos, tres años, y como mis dos hijos mayores se habían independizado, él asumió el rol de jefe de hogar. Empezó a trabajar en un gimnasio y colaboraba con los gastos, no carreteaba tanto y no dio nunca más un problema, todo lo contrario”, afirma Lourdes en su casa en Las Condes mientras observa una foto de su hijo menor sonriendo.

Por lo mismo, sostiene, cuando el 25 de febrero de 2012 llegó Francisco a las seis de la madrugada acompañado de dos carabineros, ella imaginó algún accidente o algo por el estilo. “Nunca pensé que mi Fredito estaba muerto. Recuerdo que llegamos a la Clínica Alemana y nos demoramos en encontrar donde él estaba, nos avisaron que fuéramos a reanimación y alcancé a ver su pie en una camilla. Después salió el médico a informar que había muerto. Estaba afirmada en una pared y me caí. No me desmayé, sólo me caí y llamé a Álvaro –uno de sus hermanos-, y él tampoco podía creerlo. Si esto hubiera pasado cuando él tenía 18, habría sido más fácil de entender, pero ahora, ahora no”, comenta.

Álvaro, uno de los hermanos mayores de Fred, agrega que durante el juicio la defensa de Felipe intentó entregar la imagen de que su hermano, por saber kickboxing y lucha olímpica, estaba buscando una confrontación. “Lo que no calza, porque él chico que lo mató no quedó con ninguna herida”. También señala que lo más difícil en este tiempo sin Fred ha sido, además de su ausencia, la indolencia de quien lo asesinó.

-Yo puedo entender que él no haya medido el impacto de lo que hizo cuando sacó el cuchillo y lo apuñaló. Lo que no me explicó es por qué él o su familia nunca se acercaron a pedirnos perdón. En el juicio él dijo algo al respecto, pero enseguida afirmó que tenía miedo por su vida, por imaginó que nos queríamos vengar y eso jamás ha sido tema para nosotros. Nunca le causaría ese dolor a mi mamá.

El defensor Torres asevera que no es anormal la indiferencia por parte de los agresores.

-El cabro chico es de una franqueza brutal. Si no siente pena por la muerte, no va a llorar y si tiene que pedir perdón, se va a notar que es forzado. Los adultos a veces tienen una disociación similar, pero logran ocultarla. El niño, no y te va a decir: “Y qué me importa a mí, bien muerto está”. Y es atroz, pero transparente. ¿Lo vamos a sancionar extra por franqueza?

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