Vía Revista Replicante

No hay fiesta, programa de TV ni video de bebés subido a las redes sociales al que no haya invadido el llamado “baile del caballo”. El video del tema musical del cantante Psy que parodia la clave adinerada del éxito de los hombres mayores para ganar jovencitas fue suceso mundial con 80 millones de reproducciones en sus primeros dos meses. “El rey de YouTube” y su “Gangnam Style” fueron la punta del iceberg del K-pop —Korean pop—, la música popular moderna de Corea del Sur que incluye un mix entre el hip hop, la electrónica y otros géneros occidentales e incluso restos del propio folklore coreano (Hanguk Eumak), y con ese tema se logró el deseado quiebre de la barrera hacia el mercado y la cultura de Occidente. En Latinoamérica, el K-pop también comenzó a recorrer su era. Según los datos de K-Pop Argentina, uno de los equipos que organiza y nuclea esa expresión, en ese país hay unos diez mil seguidores. También son más de cien los clubes de fans registrados, algunos reconocidos oficialmente por las empresas que representan y forman —al estilo semillero y casi desde la niñez— a esos artistas que durante años se preparan para desarrollar en igual medida las habilidades del canto, el baile y la actuación y en donde la exposición mediática y su viralización a través de las redes sociales es el sine-qua-non de una ecuación que mueve millones. A continuación el lector accederá a los testimonios e impresiones sobre este fenómeno cultural trasnacional que esta cronista colectó durante todo 2013 en eventos de la ciudad de Buenos Aires que cristalizaron en seguidores latinoamericanos.

—Un amigo me puso en el Facebook: “¿Pop kirchnerista?” No, no es eso…

Tienen un K en el nombre, moviliza a la juventud, genera compromiso y hasta hacen la “V”, aunque un poquito de côté apuntando a la cabeza y a veces con ambas manos, en lo que es un gracioso gesto asiático que se ha vuelto típico; pero definitivamente no tienen nada que ver con el kirchnerismo argentino. El que bromea es el compositor y productor Christian Basso, quien viene “del palo del rock argento” y fue fundador del grupo La Portuaria. En 2007 Basso compuso la música del filme coreanoMlyang (Secret Sunshine) y acompaña como jurado desde hace cuatro años —sus inicios— al “Concurso K-pop Latinoamérica” que organiza el Centro Cultural Coreano (CCC) para la región del planeta que va desde México hasta la Antártida y que tiene su sede en esa capital de capitales que es Buenos Aires.

La gente cree que el K-pop es un género musical, pero no lo es. Es un movimiento que engloba un montón de géneros musicales y es posible porque en Corea del Sur hay mucho dinero y se invierte en música y videos con alta producción. Más que semillero yo diría que es una especie de fábrica de artistas. La artística en función del producto. Que yo no lo veo mal, es como la época que estamos viviendo, un mundo raro donde el dinero se ha transformado en la religión y el capitalismo triunfó, o sea no hay mucha vuelta. Acá estoy tratando de mediar lo que es el arte con el producto. El edificio del K-pop tiene que ver más con lo estético, con actitud, performance, actuación y hasta belleza y en raras ocasiones se hace cargo de lo que es la cultura profunda de Corea y a mí me gusta más cuando la cosa tiene un anclaje étnico-cultural. Igual es demencial, si uno lo piensa, que sea un estilo que cruzó un océano muy largo como es el Pacífico, dice este rockero que acaba de terminar la jornada del concurso en una de las salas principales del teatral porteño Paseo de la Plaza.

Korean Style

Flyer Dia de Korea con K-POP en Buenos Aires

Flyer Dia de Korea con K-POP en Buenos Aires

Con letras en las que el hangul (el idioma coreano) se mezcla casi siempre con palabras en inglés y en contadas ocasiones con otros idiomas occidentales, como el español, algunos de los grupos más populares entre los fans latinoamericanos son, para las boybands: Super Junior, BIG BANG, SHINee, JYJ, TVXQ! y EXO; en tanto de los grupos conformados por chicas —girlbands— están: 2NE1, SNSD (Girls’ Generation), Miss A y SISTAR. Más allá de las reproducciones web —que son muchísimas— en el último año todos comenzaron a tener repercusión en las radios argentinas, un país latinoamericano al que la movida llega tarde en comparación con otros como Perú —donde hay unos 30 mil fans—, Chile —unos 20 mil—, Colombia y Brasil —donde los fans superan la decena de millares aunque, según las coordinadoras de K-Pop Argentina, los fans son más desorganizados como para saber un número exacto.

Denominados como idols, en ellas la regla es una belleza perfecta, rostros con halo de pureza angelical y la mirada —ya sea masculina como femenina— se posará siempre bajo los minishorts o las faldas que visten unas piernas que parecen no tener fin y se asientan sobre unos tacos altísimos que no les hacen mella a la hora de desplegar complicadas y sensuales coreografías. El carismático Psy está fuera de la regla en lo que refiere al aspecto físico de ellos, que también lucen divinos, aunque desde nuestra cultura occidental los describiríamos más bien como andróginos: figuras esbeltas y de músculos marcados aunque no abultados que se tiñen de colores el pelo —lo usan tanto largo como corto—; algo así como la versión asiática de los bellos elfos nórdicos de J.R.R. Tolkien. Además, muchas veces las apariencias etarias engañan y los genes coreanos junto a importantes gastos cosméticos y cirugías estéticas —incluyendo la llamada “doble párpado” para que los ojos se vean más grandes— ayudan a un culto de juventud conservada en formol. La ropa que usan es llamativa y los videos poseen un abarrocamiento pulcro y tecno de luces, baile y sensualidad recatada que, según destacan los fans, es “exactamente igual en las presentaciones en vivo”. Todo en pos de un “visual shock” que, al menos en la población K-pop latinoamericana, está cambiando los gustos fenotípicos en materia de chicos y chicas, y los rasgos asiáticos suman a la hora de noviar.

“Son perfectos, bailan y no se les mueve un pelo, no hay sudor”, describe Alejandra Monroy, una profesora de baile de treinta años que se acercó al K-pop en busca de nuevas coreografías y hoy se describe “perdida en ese mundo”. Al sur de Latinoamérica la llegada de estos shows es muy reciente, primero en Brasil, Chile, Colombia y Perú. Hasta abril de este año, cuando el combo de muchachos Super Junior llenó el Luna Park, los fans argentinos ahorraban para cruzar la frontera y ver a sus idols. Cada concierto que se da en países limítrofes o cercanos provoca la migración de los clubes de fans, algo que siempre les resultaría más barato que ir hasta Corea del Sur, un fin último compartido y generalmente expresado como “el sueño de mi vida”.

—Sí, el K-pop ayuda a las relaciones internacionales. Para estrechar lazos primero hay que promover un movimiento cultural para que se conozcan ambas partes.

Me responde Yi Chongyul, quien desde hace más de cuatro años es el director de CCC en América Latina, que abrió en 2006 con el objetivo de promover “el diálogo y el mutuo entendimiento” y, según se expone en la propia web, tiene sede “estratégica” en Buenos Aires “por ser uno de los más importantes núcleos artísticos y culturales del continente” y es la sede rectora de todas las que se vayan abriendo en la región. En 2012 el producto de la industria cultural coreana fue de unos 87,900 millones de dólares. En 2003 era de 44,200 millones de dólares, con lo que en menos de una década aumentó en casi 100%, un crecimiento excepcional, muy difícil de registrar en otras industrias y en otros países. De ese total, 4,800 millones de dólares fueron productos de exportación y, de eso, 9% representa la exportación del K-pop al mundo, aproximadamente 450 millones de dólares, según datos del CCC.

Muchos documentales e informes periodísticos acusan a esta industria “de fines espurios” y muestran a fanáticos manipulados que se convierten en embajadores y fervientes defensores de Corea del Sur en cada uno de sus países, y cómo existe una estrategia que articula al Estado con empresas privadas a tal fin. Las tres principales compañías productoras de la maquinaria son SM Entertainment, YG Entertainment y JYP Entertainment; todas con boybands, girlbands y solistas. Aun así, en la mayoría de los casos esa “fábrica asiática tenebrosa” que son las compañías productoras de estrellas K-Pop abre sus puertas de par en par ante cámaras occidentales que no se cansan de enunciar: “Increíblemente pudimos ingresar”.

Es normal que haya un rechazo a lo nuevo, a lo diferente al principio. Por ejemplo, generalmente los coreanos sabemos muchas cosas de Argentina. Cuando era niño yo aprendí sobre la pampa a través de textos escolares; conocemos a Jorge Luis Borges, al Che Guevara, a Evita, a Piazzola y a Maradona. Pero los argentinos no saben bien qué es Corea, no nos conocen y por eso me parece que a través de la cultura, que es una lengua universal, no sólo de la cultura pop sino cultura clásica y de cultura en general se pueden estrechar lazos,

dice Chongyul. Para él no es extraño que a los latinos les guste el K-pop: “Para mí no es tan sorprendente porque los coreanos tienen el corazón abierto y somos muy compatibles, tenemos las mismas emociones, el mismo corazón caliente, y nos gusta mucho el ritmo, la música”. Además añade que como Argentina está en las antípodas y da al Océano Atlántico, se está en un inicio de dar a conocer la cultura coreana y lograr lazos de amistad, en tanto que en países que tienen puertos en el Pacífico el conocimiento y el impacto es mayor y hasta, por ejemplo, con Chile y Perú hay Tratados de Libre Comercio.

Orgullo y prejuicio 

La prensa argentina fotografia a Piyo de Chile en el Concurso K-POP LALa prensa argentina fotografia a Piyo de Chile en el Concurso K-POP LA

Conservadora y apocada, la comunidad coreana en Argentina no vivió la explosión del K-pop en Asia y está sorprendida de lo que genera en esas latitudes. “Se trata de una comunidad que no es tan grande como la china o la japonesa y que además no se muestra tanto como esas culturas. Por eso al principio les pareció muy extraño que gustara”, cuenta Jimena González, quien junto a Ludmila Meilan y Florencia Zanardi coordinan K-Pop Argentina, que con más de cincuenta colaboradores voluntarios con una participación activa —que incluye equipos de traductores, baile, fotografía y video— en la difusión por “amor al arte” de esta industria cultural. Las redes sociales fueron la herramienta necesaria para que el K-pop se extienda a nivel mundial y eso se combina con el hecho de que la comunidad de fans es muy generosa a la hora de compartir los materiales. Eso sí, la información circula libre y generosamente, pero el dar crédito es fundamental y cada foto, cada video, cada traducción y cada información que se aporta sobre los idols lleva la firma de quien lo proporciona como forma de reconocimiento. “Es muy loco porque pasa al otro lado del mundo, hablan otro idioma y uno se siente muy cercano. La frontera se pierde, a las horas de que se sube un video a la web ya lo tenés subtitulado en varios idiomas”, dicen. A su vez, los fans no se quedan en el simple click arropado detrás de la computadora, le ponen el cuerpo y ello desencadena encuentros multitudinarios. En Argentina el primero se realizó a mediados de 2011 en el Planetario y reunió unas cuatrocientas personas y “flashmobs”, intervenciones de grupos que bailan una coreografía en la vía pública, que ya se han realizado en diferentes ciudades del país. Se trata de una tendencia de los seguidores en todo el mundo y que es acompañando de un registro fílmico y fotográfico cuyo compilado se edita y se sube a la web dando, a su vez, cuenta del apoyo al K-pop que existe en el país.

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