La falta de profesionalismo, ideología y la conversión de los partidos en meros grupos de interés detrás de Michelle Bachelet, es el centro neurálgico de la columna de Carlos Peña en El Mercurio.

El académico se preguntó: “¿Qué pudo haber ocurrido para que el gobierno en vez de presentarse escoltado por un grupo de personas capaces y bien formadas -en la política o en la universidad, poco importa- haya tenido en sus filas a quienes, a los pocos días, debió obligar a renunciar?”

Peña asegura que es poco comprensible, tomando en consideración la reunión de un grupo de personas que gira en torno a un supuesto ideal en común, donde no sólo deben estatuirse la calidad, sino también la transparencia para un actuar ético frente a la ciudadanía. Y la falta de explicación del jefe de gabinete Rodrigo Peñailillo fue uno de sus focos.

“Si bien el ministro del Interior consideró innecesario explicar el asunto -quizá careció de una explicación o, poseyéndola, consideró que era mejor guardársela- urge encontrar alguna. ¿O acaso no es suficientemente relevante saber cómo y de qué forma se pueblan los cargos del Estado, los que administrarán los asuntos comunes?”, apuntó Peña.

Según Peña, en la democracia quienes profesionalizan la política y potencian los liderazgos (creación de cuadros) e incluso escogen a quienes ocuparán cargos menores o medios en el Estado, son los partidos. Así, a secas.

“Los partidos no solo cumplen la función de enarbolar ideas, sino que también ejercen la tarea, más o menos informal, pero casi siempre eficiente, de profesionalizar la toma del Estado. Para ejercer esa tarea los partidos requieren contener y ordenar los inevitables intereses que hay en su seno. Cuentan para ello con proyectos que permiten a las personas postergar sus apetitos y esperar el turno que merecen”, apostilló.

Para el académico entonces algo sucedió en Chile durante las últimas semanas, donde se han conocido renuncias como las de la gobernadora de Chiloé, la subsecretaria de Defensa, entre otras. ¿Qué pasó? Peña lo explica fríamente.

“Las renuncias bochornosas de esta semana, y las que ocurrieron antes, son síntomas no de flojera moral sino, lo que es incluso peor, de un deterioro de los partidos en Chile”, estimó.

Peña echó mano a la historia desde la caída del Muro de Berlín en 1989 para explicar el fenómeno. A su juicio, al desmoronarse las ideas que hasta hace poco movían los cimientos de las agrupaciones políticas y al desvanecimiento de la ideología, los partidos perdieron su Ethos. En otras palabras, asegura Peña, “ya no cuentan con un recurso imprescindible para contener los intereses que se abrigan en su seno”.

Y fue más crítico aún: “Una vez que el partido pierde su identidad -o lo que es lo mismo, el sentido de su posición en la arena política-, ¿de qué puede alimentar su ethos, esa fuerza muda que contiene la conducta? Carentes de ideas que confieran sentido a su quehacer, los partidos se transforman, sin quererlo, y a veces sin saberlo, en una simple suma de intereses. Y cuándo solo cuentan los intereses, ¿por qué extrañarse que el mérito se desvanezca?”

Pues bien, el columnista reflexiona que el ganar las elecciones y llegar al poder, al menos ahora, en Chile, no fue fruto de los partidos: fue Bachelet. ¿Por qué? Porque a diferencia de las tiendas que conforman la Nueva Mayoría, es la única que tenía un programa claro. Por tanto los partidos, dice Peña, se instalaron bajo las polleras de la actual Presidenta.

“Y los partidos -como consecuencia de su debilidad- se rindieron frente a esa personalidad y a ese programa. No es raro entonces que algunos partidos estén perdiendo la capacidad de contener y profesionalizar la política, no obstante haber recién ayer ganado el Estado”, insistió.

En ese sentido, Peña reconoce que en los “partidos modernos (es decir, allí donde hay democracia de masas) el poder está en manos de quienes, por decirlo así, realizan el trabajo continuo y de tiempo completo que la política hoy día requiere”.

“Y es evidente que la militancia más esforzada de los partidos espera una retribución personal cuando llega la hora del triunfo. Pero ordinariamente nada de eso significa que, una vez alcanzado el Estado, el partido pueda nominar a cualquiera que haya sido suficientemente fiel”, reflexionó.

A su juicio, incluso hechos que pudieran parecer menores como las designaciones, también deben ser controlados por las tiendas política, en el marco de sus “proyectos de largo”. ¿Cómo? A través a de la “ética que controla sus decisiones”.

“Pero cuando no hay proyecto ideológico, sino solo un programa y cuando todas las virtudes de la política amenazan reducirse a la lealtad a la líder, como está ocurriendo en Chile, ¿qué queda entonces al interior de los partidos sino intereses y laxitud? Puede sonar exagerado, y ojalá lo sea, pero esta suma de desaguisados incomprensibles puede ser el resultado de haber reducido los partidos a una personalidad y las ideas reflexivas a un programa”.

En suma, Bachelet es el tótem de la actual cultura partidaria que, dice Peña, carece de racionalidad política para pensarse a sí misma, como si cargaran con un ethos premoderno, que les impide mirar más allá de la figura de la Mandataria, siguiéndola bajo una suerte de discurso religioso centrado en un solo líder.