Lo último que recuerda Karen M. del 28 de abril de 2012, antes de quedarse dormida sobre un sillón es la imagen de su entonces pareja, María Magdalena Carvajal (57), llenando un hervidor de agua.

La siguiente imagen que vio fue su cuerpo quemado. La cara, el cuero cabelludo, los brazos, las manos, los pechos, la cintura.

Eso fue tres meses después, cuando despertó del coma en que estuvo luego de que esa tarde de abril, en la número 8 de las Cabañas Diego Ulloa en Puerto Aysén, ebrias las dos discutieran y Karen (27) decidiera poner fin a una relación de años y de violencia consecutiva. Esa tarde, Karen le había dicho a Magdalena que ya no quería estar más con ella, que se había aburrido de esperar que cambiara, que se iba.

“No te quiero volver a ver nunca más, tú haz tu vida y yo la mía”, le dijo.

-Hasta el día de hoy no tengo recuerdos. Mi mente se bloqueó. Desperté en la Mutual de Seguridad en Santiago y había perdido la memoria. Me preguntaron dónde estaba y yo no sabía. Después empecé a recordar qué me había pasado: que había discutido con mi pareja, que me había quedado dormida y que lo último que recordaba era que la había visto calentar agua. Y ahora tenía mi cuerpo quemado- dice Karen.

Karen llegó hasta Santiago trasladada de urgencia. Tenía quemado el 40% del cuerpo. Además de enfrentarse a la impresión de verse desfigurada, tuvo que reconocer ante su madre que la victimaria había sido su pareja, una mujer.

-Fue horrible. Mi mamá quedó mal. Hasta el día de hoy no entiende qué pasó por mi cabeza para meterme con una mujer, o que me gusten las mujeres. El tema ya no se habla en mi casa, nada- cuenta.

Magdalena fue la primera pareja lésbica de Karen. Se conocieron en Chiloé, cuando Karen llegó a trabajar como administradora al nightclub del que era dueña Magdalena. En esa época, Magdalena tenía otra pareja, pero estaban mal. Entonces Karen se convirtió en su “paño de lágrimas”, luego vino el acercamiento entre ambas, el quiebre de la pareja y el inicio de la relación y la convivencia entre Karen y Magdalena. “Al principio nos llevábamos súper bien, había harta química, pero después empezaron los problemas”, recuerda Karen.

Karen, que tiene un hijo -hoy de once años- que vive con su madre, nunca lo llevó a conocer a Magdalena. “A ella no le gustaban los niños”. Además, quería resguardarlo de la vida violenta en la que estaban entrampadas desde hacía tiempo.
-Magdalena era muy celosa, demasiado celosa. No dejaba que se me acercaran hombres ni mujeres, ni siquiera a hablar conmigo. También empezó a beber alcohol. Ahí sí que empezaron los problemas- explica Karen.

Las peleas eran fuertes. En una oportunidad, Magdalena la golpeó con un candado y le rompió la cabeza. En otra, le dió con un fierro y la mandó al hospital. Una vez la agarró a patadas en el suelo y casi le quebró las costillas.
-Ella era una persona muy agresiva. Yo estaba muy enamorada de ella. A veces no pasaba ni una semana y me volvía a pegar y volvíamos a tener problemas. Fue una relación muy tormentosa, una mala experiencia. Si ella me sacaba la cresta cómo iba a dejar que mi hijo viera eso. Entonces yo viajaba siempre a verlo- cuenta.

Como es habitual en casos de violencia intrafamiliar, Karen nunca puso una denuncia. En el camino, empezó a tratarse con una psicóloga. En su familia nadie sabía que era lesbiana y se sentía completamente sola, desamparada, sin tener a quién ni dónde acudir.

-La sociedad muchas veces te discrimina, es demasiada la discriminación que hay para los gays, las lesbianas, los transexuales. Es demasiado- lamenta Karen.

La sicóloga la vio muchas veces golpeada. Tanto, que en una ocasión le dijo que si volvía a llegar así, moreteada, a la consulta, ella misma iba a demandar a Magdalena. Fue el fin de la terapia de Karen: después de esa advertencia no volvió nunca más donde su psicóloga.

– Yo no quería que la mandaran presa, quería protegerla a toda costa. Esta era mi primera pareja mujer y como toda primera vez uno quiere cuidarla, piensa que va a ser para toda la vida. Era lo que yo pensaba en ese minuto, incluso cuando ella me pegaba, yo decía, “no, esto va a pasar, ella no es así”. La justificaba- reconoce.

En esa época los negocios empezaron a ir mal en la isla de Chiloé. Magdalena y Karen tomaron la decisión de partir a Puerto Aysén, donde instalarían un restaurante y se darían la última oportunidad como pareja.

LOS ESTÁNDARES
La tarde del 28 de abril de 2012, luego de rociar a su pareja con agua hirviendo, Magdalena Carvajal partió corriendo a la calle a pedir ayuda a sus vecinos. Decía que le había entrado a robar una mujer a la casa y pedía que llamaran a carabineros.

Cuando los carabineros llegaron, encontraron a Karen medio muerta, quemada, en el sillón donde se había dormido, y el hervidor todavía caliente.

Luego de cuatro meses hospitalizada en la capital Karen comenzó su recuperación, que ha sido muy lenta. Tardó dos meses en aprender a caminar y a comer otra vez y en recuperar la movilidad de sus manos, que estaban muy comprometidas. Quedó con un 80% de discapacidad auditiva en el oído derecho. Todo requería cirugías y aún le quedan varias por hacerse, en las mamas y en la cara.

Hace un año comenzó a recuperar la memoria.

Aunque ya está saliendo adelante y cree haberlo superado bastante, acostumbrarse a tener un cuerpo distinto al que tenía antes ha sido horrible, dice.

-Al principio no salía a la calle, no quería hablar con nadie, lo pasé muy mal. Imagínate, despertarte un día en un hospital con tu cara toda destruida, con tu cuerpo desfigurado. Antes yo en mi cara no tenía ni una cicatriz, nada.

Pese a todo lo vivido, decidió seguir con el proceso judicial. El fiscal jefe de Puerto Aysén, Luis Contreras, recuerda que el juicio fue muy complicado para Karen. Mostrar sus heridas, enfrentarse a su victimaria, fue tan fuerte que Karen se pasó casi todo el juicio llorando.

Karen dice que el tema ha sido muy complicado, porque tiene una familia, un hijo, una sociedad discriminadora detrás. Por eso lo ha mantenido muy en reserva, “pero creo que también es necesario que estas cosas salgan a la luz pública porque la violencia existe tanto para las parejas heterosexuales como para las homosexuales”.

A comienzos de marzo, el Tribunal Oral en lo Penal de Aysén condenó a Magdalena Carvajal a siete años de presidio sin beneficios por el delito de lesiones graves gravísimas. Una decisión que para Karen es discriminatoria, porque no se tomó en cuenta la relación de años que tenían ambas.

-Se supone que si tú llevas cierta cantidad de años conviviendo con una persona que es tu pareja, ¿por qué en este caso no se aplicó la ley de femicidio? Las pruebas están. Para mí es discriminación- dice.

En el juicio, la fiscalía invocó el femicidio frustrado. Pero para el tribunal, explica el fiscal Luis Contreras, el caso no cumplía los estándares del artículo 5 de la ley de Violencia Intrafamiliar, que es el que describe las situaciones que tienen que existir de parentesco o convivencia entre la imputada y la víctima. “Para ellos la relación mujer-mujer no cumplía los estándares”, es decir, que la mujer esté en una situación de detrimento frente al poder o la fuerza del hombre.

-Cuando se crea la norma del femicidio, de la violencia intrafamiliar, se tiende a proteger a la mujer por una serie de factores, como que el hombre tiene más fuerza física, que puede ejercer una dominación de tipo psicológica, y en este caso el tribunal estimó que la relación entre ambas no cumplía con ese estándar- explica Contreras.

El fallo de este caso explica que, de aplicarse el estatuto de la Violencia Intrafamiliar a un caso como éste, se estaría aplicando el derecho penal por analogía, algo que está prohibido por el derecho penal.

Además, explica Contreras, para aplicar la ley de femicidio es necesario comprobar la intención específica de quitar la vida. Al decidir quemarla -y no matarla derechamente-, la intención de Magdalena fue “marcar” a Karen, provocarle una lesión.

-Si bien el fallo fue adverso a nuestro planteamiento, la pena que le dieron a esta señora por lesiones gravísimas estaba dentro de los márgenes de lo que podía ocurrir- dice Contreras y explica que, si bien ellos estaban pidiendo penas desde los 15 años de presidio, han decidido conformarse con los siete años que le dieron a Magdalena, para proteger a Karen.

-Karen ha sido muy victimizada. Por las lesiones que sufrió no es sencillo ir a un tribunal a declarar, mostrarte, que vean tus fotos, ver a la imputada. Es mucha la vejación que sufres, por lo que ir a juicio y repetir la experiencia muchas veces es perjudicial desde el punto de vista psicológico.

La defensa de Magdalena, sin embargo, presentó un recurso de nulidad del juicio la semana pasada, planteando que las pruebas rendidas en el juicio dan pie solamente a condenar por cuasi delito de lesiones. “Que lo que pasó fue un accidente, que fue la propia víctima la que al levantarse y pegarle un manotazo al hervidor con agua se mojó”, explica Contreras.

Mientras espera la respuesta a si se acoge el recurso de nulidad, Karen continúa con su recuperación. Ya no vive con su familia -con quienes nunca más volvió a tocar el tema de su relación homosexual- y quiere empezar a buscar trabajo, “hacer una vida ‘normal’”, dice.

-La violencia entre las parejas tanto hétero como gay, lesbianas, lo que sea, es violencia intrafamiliar. Caben en todos los parámetros de violencia. Lo que quiero decir es que las personas no permitan que sus parejas las agredan. En las parejas lesbianas pasa mucho, se sacan la cresta unas con otras y yo les digo, van a terminar igual que yo. Muchas veces por el tema de ser lesbianas o gay no denuncian, todo se calla y se esconde. A mí me pasó. Te quedas ahí callado, cerrado, y al final esto a mí casi me lleva a la muerte. Porque Dios es muy grande estoy viva- concluye Karen.