Fotos: Ivonne Toro

Marcos Hidalgo (50) estaba forjando hierro en el patio de su casa cuando comenzó el incendio en el fundo El Peral, en camino La Pólvora. Eran pasadas las 16.00 horas y sudaba cuando levantó la vista hacia el lugar desde donde se elevaba el humo. Calculó que nunca las llamas podrían alcanzarlo en el cerro Las Cañas, así es que siguió trabajando.

-Doblar el metal es difícil. Hay que estar varias horas con el soplete, luego empezar a darle forma. Es mucho tiempo, pero yo vi, con estos ojos vi, cómo el incendio derritió la reja de fierro de mi casa. Un minuto fue, uno nomás-, relata, mientras muestra una estructura torcida y cubierta de hollín.

El fuego avanzó voraz en menos de cuatro horas por las alturas de Valparaíso el sábado 12 de abril.

Desde La Pólvora saltó hasta los cerros Mariposas y La Cruz, luego hacia Las Cañas, Merced, La Virgen y Ramaditas como si alguien hubiera planificado borrar del mapa el cordón de pobreza que cuelga desde las quebradas del puerto.

A las siete de la tarde, Marcos –encargado de mantención del Hotel Maitencillo- llenó con ayuda de su hijo Daniel (21), la única persona que estaba con él ese día, tres tarros con agua y los lanzó sobre las paredes de su inmueble para protegerlo, pero entonces vio, metros más arriba, que el hogar de sus vecinos –dos ancianos de ochenta años que murieron calcinados- ardía y comprendió que debía correr hacia el mar.

-Saqué a mi perro, el Rocky, para la calle y le dije “ándate, huevón”. Pensé en volver por mi caballo, el Gringo, pero no tuve tiempo. Mojamos unas toallas y nos las pusimos en la cara y empezamos a arrancar. Fue un infierno, veíamos brazos calientes de viento pasar sobre nosotros, el viento soplaba y, no miento, caían bolas de fuego. Estaba todo prendido, se escuchaban explotar los cilindros de gas y parecía que nos estaban bombardeando. Los animales bajaban chamuscados, algunos quemándose. Cuando me di vuelta para mirar por última vez mi casa, vi que la reja estaba roja, ardiendo. El Rocky ya no estaba.

Cuando estuvo a resguardo, Marcos llamó a su esposa -empleada doméstica en Reñaca- quien estaba de paseo junto al resto de la familia en el Cerro Alegre y le contó lo indecible: Que ya no tenían techo, ni ropa, ni comida. Que tenían lo puesto. Luego se sentó en la acequia y lloró. Fue la única vez que se permitió hacerlo.

SÓLO POR SER POBRES

Se habla de que el origen de la hoguera interminable que se propagó por ocho cerros de Valparaíso –el domingo 13 cayeron Rocuant y El Litre- fue una quema de pastizales que se descontroló o dos aves de rapiña que murieron electrocutadas en unos cables de alta tensión de Chilquinta –la empresa eléctrica local- y lanzaron chispas que se expandieron como una plaga.

Marcos, que construyó con sus propias manos el hogar en que vivió por 13 años junto a su mujer, sus dos hijos –Valentina (14) y Daniel-, y en las que hasta hace unos días residían también su nuera y su nieta de poco más de un año, dice que la razón es otra.

-Esto es porque somos pobres, por eso acá no hay cortafuego y los bomberos no alcanzan a llegar. Hablan de regular la construcción, pero cómo nos van a mover si hemos vivido acá siempre, ¿por qué mejor no arreglan aquí que es donde está la gente?-, pregunta el hombre, que gana el sueldo mínimo ($210 mil), mientras una decena de jóvenes voluntarios lo ayudan a remover los escombros.

Las Cañas se ha convertido en un extenso páramo carbonizado. Las cifras oficiales establecen en 2.900 el número de casas destruidas y 12.500 las personas damnificadas. Para Marcos, la destrucción también tiene un color:

-Amarillo anaranjando, había terminado de pintar en diciembre mi casita de ese tono, y así era también el fuego que se la llevo.

LA VIDA DE LOS OTROS

Javier (7) es el único que sabe, con seguridad total, quién es el responsable del incendio que arrasó con su hogar en cerro La Cruz y que es calificado como el peor que ha atacado a la ciudad patrimonio.

Lo cuenta como un secreto en el living del departamento de su abuela materna en avenida Rodelillo, donde vive de allegado desde el fin de semana:

-Es Dios que ya no quiere a mi familia y por eso hizo esto.

El año pasado, relata el menor de edad -traumatizado por lo sufrido-,  “murió la mamita de mi papá”; tiempo después, sus papás se dieron vuelta en auto “y podrían haberse muerto”; y ahora vio caer fuego del cielo.

-Esto lo hizo Dios, así es que yo ahora no voy a creer más en él- asegura el niño, convencido de la mala suerte divina.

Si Dios existe, hace rato que no se aparece por los cerros quemados donde se concentra el 16, 5 % de la pobreza no indigente y la miseria a secas que según la Encuesta de Caracterización Socioeconómica (Casen) 2012 tiene el puerto.

Allí, donde el turismo no llega y las autoridades tampoco, y donde se ve con una nitidez espantosa por qué Chile es el país de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) con más desigualdad de ingresos, las construcciones de madera y lo que sea, desafían el equilibrio y se sostienen al borde de desfiladeros entre pastizales y la basura acumulada que el municipio no contempla en su plan de limpieza.

De telón de fondo, bosques de pinos y eucaliptus abandonados que todos los años sucumben a las llamas y que permiten que el fuego pueda avanzar a su antojo. Y eso pasó: el viento norte sopló ardiendo sobre la miseria y dejó como huella sólo superficies de cemento rostizado, la parte sólida de las llamadas “viviendas de material ligero”.

Eso fue lo que quedó de la casa de Javier: una lápida de concreto.


Antes de que su hogar se quemara, el pequeño pudo salvar sus figuras de Dragon Ball Z y un tablet. Y al Scooby, un pastor alemán que fue el primero en subir al auto cuando partió, cerro abajo, huyendo del infierno, con su padre Alexis Zamora (25) y Denisse Leal (23), su mamá.

-Nosotros vivíamos en el sector El Vergel, entonces cuando partió este maldito incendio yo seguí terminando mi tesis en un notebook, porque creí que no iba a llegar donde estábamos. Mi esposo tomó su camión y se fue hacia La Pólvora, a ayudar a una familia amiga que en 2008 había perdido todo en otra quema. Alcanzaron a cargar sus cosas y bajaron con la hoguera siguiéndolos-, cuenta Denisse.

La estudiante de administración de empresas relata que al cerro La Cruz las llamas llegaron cerca de las 18.30 y que fue “como si llovieran llamas”.

-Las casas se consumían en dos minutos. Primero el fuego arrasaba el piso de arriba y empezaban a caer los escombros, luego se escuchaban las cosas estallar y después saltaba el fuego a la casa de al lado, como si fuera alguien dirigiéndolo o tocando las cuerdas de una guitarra. Una primero, después la otra.

Su esposo llegó, cargado con muebles ajenos, justo cuando la hoguera estaba a cinco metros de Denisse y Javier. Los montó rápido en el auto y, por un segundo, pensaron en la posibilidad de rescatar algo.

-Pero en el camión estaba todo lo de nuestros amigos y habría sido muy miserable dejarlos sin nada por salvarnos nosotros. Ellos ya habían perdido sus cositas una vez, así es que nos miramos y los dos supimos al toque que no podíamos hacer algo así, no habría sido decente-, sostiene Denisse que partió sólo con su computador bajo el brazo.

Como Denisse no sabe manejar, Alexis debió dejar el camión estacionado para llevarlos en auto hasta “el plan”, como denominan los lugareños al centro de Valparaíso, porque es el único lugar de la ciudad jamás fundada cuya construcción fue planificada. Después, Alexis “hizo dedo” a una personas que, contra todo pronóstico, iban cerro arriba a ver si podían salvar algo, para ir a buscar su camión. A la mitad del camino, los desconocidos decidieron volver y Alexis corrió solo un par de cuadras.

Cuando logró dar con su vehículo estacionado fuera de su casa, las llamas ya estaban en su patio.

-No quedó nada, fui el domingo a ver. Era todo un peladero negro-, recuerda Denisse.

Alexis había terminado de edificar en noviembre de 2013 su vivienda tras varios años de postergar el descanso del fin de semana. Su labor oficial está en un puesto del mercado de Valparaíso donde gana $300 mil mensuales, así es que en sus ratos libres, con lo que sobraba del gasto en arriendo y la ayuda de su papá, había levantado una estructura de dos pisos de la que hoy sólo queda un manchón oscuro.

-Vamos a estar un tiempo acá con mi mamá y luego vamos a buscar donde arrendar. Veo tan lejano volver a construir, creo que van a pasar años hasta que volvamos a juntar la plata y no quiero volver al cerro La Cruz, es muy triste-, recalca Denisse.

Javier la interrumpe.

-Yo quiero hacer mi casa otra vez. Sé que hay que tener la plata porque es muy cara una casa, pero quiero una igual, en el mismo lugar y con las mismas plantas.

VIEJITO, SÁLVAME LA CASA

A ocho metros de donde estuvo la vivienda de Margarita Valencia (60), encontraron el lunes el cuerpo de un niño.

Un par de cuadras más arriba, los cadáveres de tres adultos. Todos irreconocibles. Por eso, entre las ruinas de su hogar en Las Cañas, Margarita considera que la suya es una “desgracia con suerte”: perdió todo, pero está viva, porque justo el sábado salió a tomar té donde un familiar en el cerro Recreo.

-Desde allá yo veía que Valparaíso se iba poniendo colorado, pero le decía a mi hijo que se quedara tranquilo, porque el fuego se veía hacia el cerro La Pólvora, más al norte. Después vi las llamas crecer y me dio un pálpito. Nos llamó mi hermano. “Aquí está quedando la cagá. Se quemó la casa de la Chila, la del Nao, la casa de la señora Nena”, nos dijo. Eran casas vecinas, así es que era claro que la mía también estaba en peligro-, cuenta.

En medio del humo que casi no dejaba respirar, su hijo subió a constatar lo que todos consideraban probable y a la vez imposible: que la vivienda paterna, la de siempre, era sólo ceniza.

-Me dijo por teléfono: “Mamá, ya no tienes casa. Pero quédate tranquila. La familia va a reconstruir”. Yo no me convencía y le rezaba a mi esposo: Viejito, sálvame la casa, tú me la hiciste, sálvamela. Y hasta el último minuto el domingo, mientras subía a mirar, tenía la esperanza de que estuviera ahí, de que quedara algo parado. Pero no.

Margarita es viuda desde hace tres años y desde la infancia ha conocido el rigor de estar en Las Cañas. Creció aquí, sus padres también, ahora sus hijos y sus nietos. Hasta 2011, se dedicó sólo a labores domésticas.

-Tenía a todos gorditos, pochitos, pero cuando murió mi viejo el dolor era tan grande que empecé a pensar en qué hacer. Mi primera meta fue terminar el octavo básico. He logrado que mis cuatros niños estudien en la universidad, entonces yo también quería aprender. Saqué el octavo, y seguí con la enseñanza media nocturna. También la saqué y, al mismo tiempo, estudié para peluquera y podóloga. Entonces, si nada me ha botado, esto tampoco me va a botar, aunque me duele el alma-, recalca y muestra con una mueca irónica el lugar donde estaba emplazado el living que no es más que una plancha de cemento tiznada.

Su hija, Marta Guzmán, se muerde los labios. Debajo de la residencia hoy inexistente de Margarita, estaba su hogar. Ahí murieron calcinados sus cuatro perros. Ya no tiene ni mascotas.

-Es dura la vida acá, pero miren estos chiquillos, ¿cómo uno no va a tener fe si están aquí estos cabros? Ni una autoridad ha aparecido, pero desde el primer día ellos han estado-, dice Marta y apunta a los cientos de estudiantes que, codo a codo con los pobladores, remueven escombros.

Metros más arriba, Marcos Hidalgo también recibe la ayuda de los voluntarios. No son los únicos que han llegado. Su perro, Rocky, está tendido, con el pelo algo chamuscado, en donde antes estuvo la cocina. Y un poco más abajo, el Gringo, el caballo que creía muerto, se acomoda bajo un árbol quemado.

-Volvió hace poco y con polola. Trajo una mula. Hay animales que son fieles al lugar donde crecieron, ¿entiende?