Tenía planes muy distintos para esta columna. Una primera idea era escribir sobre la delicada situación que enfrenta Venezuela. Estuve en Caracas hace un mes y pude apreciar sobre el terreno las complejidades de los dilemas allí planteados. Pero quedará para una próxima ocasión. En todo caso, ese conflicto dará para largo. Es demasiado profundo como para pensar en soluciones rápidas.

Una segunda idea era escribir sobre México. Llegué hace poco de ese país y tengo armada una columna sobre el auge del Distrito Federal producto del evidente mejoramiento en la calidad de vida que resulta de un conjunto de políticas públicas, puestas en prácticas por la izquierda que gobierna a través del Partido de la Revolución Democrática (PRD) la capital mexicana desde 1997. La columna está lista, pero también puede esperar. La razón es que tuve un encuentro que me hizo cambiar de planes. Yo escribo siempre sobre procesos o situaciones, nunca sobre personas. Aquí debutaré en este nuevo género.

Fue en un restaurante típico de Guadalajara, capital de Jalisco y del tequila, donde me encontré con el Dr. Alfredo Rodríguez García, médico forense y criminalista, doctorado en medicina legal y forense de la Universidad Complutense de Madrid. Era uno de los invitados a la cena ofrecida por el rector de la Universidad de Guadalajara en el cuadro de un coloquio sobre los desafíos de la izquierda democrática, organizado por mis amigos del PRD. Para ser franco no tengo mucha idea de las razones de porqué este maestro en ciencias forenses había sido invitado.

El Dr. Rodríguez entró rápidamente en materia. Contó que como forense se había especializado en un nicho muy estrecho, pero altamente sofisticado y exigente desde el punto de vista técnico: el embalsamiento de cadáveres. Entre sus prioridades para el futuro inmediato está la recuperación del cuerpo del comandante Hugo Chávez, que reposa en la actualidad, en el Cuartel de la Montaña. Como se recordará, las autoridades venezolanas anunciaron en su momento que el cuerpo de Chávez sería embalsamado para perpetuar su memoria y su gloria. Por razones técnicas, este objetivo no ha podido concretarse. El Dr. Rodríguez está, según explicó, en condiciones de hacer realidad el objetivo anunciado por el Presidente Maduro. Le brillan los ojos de solo pensar en el tremendo impacto que puede producir volver a ver, como si estuviera vivo, el rostro combativo de Chávez alumbrando el camino de sus seguidores.

El Dr. Rodríguez se ha propuesto para hacer lo propio con el comandante Fidel Castro. Aunque Fidel aparece casi como inmortal, lo cierto es que el desenlace no debe estar demasiado lejos. Se lo imagina recostado como Lenin, Mao y Ho Chi Minh, en el museo de la Revolución en La Habana. Allí podrán ir a venerarlo sus admiradores y seguidores . Y también a insultarlo sus detractores. Como quiera que sea, con su técnica el Dr. Rodríguez se ha ofrecido para contribuir a mantener viva la memoria de uno de los grandes personajes del siglo XX.
Sostiene, asimismo, que El Vaticano ha cometido un gran error al no proceder al embalsamamiento de Juan Pablo II. El fervor y las visitas de los fieles se habrían multiplicado varias veces frente a la posibilidad de encontrarse frente a frente con el rostro severo de Wojtyla.

El giro del doctor no se limita a los grandes personajes. Sería demasiado estrecho. A estas alturas no son muchos los que pueden calificar como tales. Su campo de actividad es más amplio. Ante mi asombro me contó que está siendo crecientemente solicitado por gente rica que quiere asegurar por esta vía su posteridad. Como prueba me mostró una foto de un empresario importante que solicitó sus servicios y que se ha quedado para siempre sentado en el escritorio de su casa en un gesto típico de un hombre acostumbrado a tomar grandes decisiones. El doctor admite que la relación del entorno familiar con estos muertos vivos es compleja, pero asegura que sumando y restando se trata de un mercado en franca expansión.

Es difícil anticipar el futuro de este tipo de industria. Probablemente no alcance nunca esta condición y se mantenga como una actividad artesanal altamente especializada y muy distante del trabajo en serie. Hay, sin embargo, una fuerza poderosa detrás de esta oferta: algo de posteridad aunque solo sea de manera rígida e impenetrable como las figuras inmortalizadas en los museos de cera.

El oficio del Dr. Rodríguez tiene por lo demás dimensiones mucho más prácticas y menos controversiales. Su concurso es ampliamente valorado por las policías de México y los EEUU porque se ha constituido en uno de los grandes expertos en análisis de los sitios de los sucesos criminales. Sus informes suelen dar pistas cruciales para dar luces sobre asesinatos cometidos de uno u otro lado de la frontera. Otro servicio que se ha ido masificando, según él mismo cuenta, es el de restauración de rostros de personas fallecidas en sucesos violentos. Este es el caso de muchos mexicanos que encuentran muerte violenta en los EEUU y cuyos restos son repatriados a México para darles cristiana sepultura. Para ello es fundamental el trabajo del artista de modo que los familiares y amigos puedan despedir al rostro de siempre y no al del deformado producto del plomo o cualquier otra forma de violencia.

Haciendo gala de sus capacidades “marketineras”, el Dr. Rodríguez explicó, para terminar, como estaba floreciendo un nicho de mercado que podía ser altamente prometedor. Se trata de una técnica muy distinta. El tema aquí no es el embalsamiento sino la reducción. Sometidos a temperaturas del orden de los 2000 grados Celsius, los restos humanos pueden reducirse a un polvo de no más de 400 gramos que mezclado, según pude entender, con silicio, se transforma en un objeto que se asemeja a un diamante. Aunque no lo sea, es una manera simple de asegurar una cierta posteridad. Único inconveniente, el precio del servicio es todo demasiado elevado: US $ 35 mil. El Dr. confía, en todo caso, en las capacidades del capitalismo para masificar el procedimiento y por esta vía abaratar costos.