Opinión
12 de Julio de 2014
Mireya Coirolo, sobreviviente del primer Mundial: “El Mundial del 30 lo viví en carne propia”
A sus 92 años, Mireya Coirolo debe ser una de las pocas personas en el mundo –sino la única– que vivió el primer Mundial en los estadios y todavía lo recuerda con lujo de detalles. Con apenas 8 años asistió a casi todos los partidos importantes, incluida la final. Aún se emociona reviviendo las escenas que le ha narrado una y otra vez a sus nietas y ahora, desde Montevideo, le relata por primera vez a un medio de comunicación.
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¿Por qué fue a los partidos del Mundial? ¿Había otras niñas como usted en los estadios?
¿Otras nenas? La verdad no recuerdo haber visto, yo me sentía privilegiada, pero más que ver a la gente me gustaba ver el partido. Mire, provengo de una familia futbolera, por eso mi padre me llevó a los partidos, a todos los del Estadio Centenario, menos la inauguración porque no conseguimos entradas. En aquella época las entradas se vendían de mañana para ir de tarde, así que mi padre de mañana se tenía que hacer veinte cuadras de ida y vuelta para ir a sacar las entradas. Mi padre era maestro y como todo maestro ganaba poco, pero los niños no pagábamos y teníamos asiento numerado.
Con 8 años, ¿usted entendía todo lo que estaba pasando?
¡Por supuesto, cómo no iba a entender! ¿No le digo que soy futbolera desde que nací? Entendía perfectamente que nos eligieron para el primer Mundial porque era el Centenario de la Jura de la Constitución y porque veníamos de ser campeones olímpicos en 1924 y 1928. Tengo bellísimos recuerdos, lo vivimos como un hecho histórico. Europeos no vinieron muchos porque el viaje en barco era muy largo, y además, como somos un puntito en el mapa, creyeron que todavía andábamos con las flechas y los arcos. No querían venir a un país de aborígenes, ja, ja, ja.
¿Cuál es el recuerdo más lindo del Mundial que se le viene a la cabeza?
Sin duda el más emocionante fue la final y campeonar. Y lo que más me impresiona, si cierro los ojos y lo vuelvo a vivir, es ver en el público a esos señores arreglados, que para mí eran viejos, y ver que en el momento que termina el partido se pusieran a llorar como magdalenas. Hasta el día de hoy lo recuerdo y me conmueve haber visto hombres grandes que expresaban su alegría llorando sin parar, cuando ver llorar a un hombre en ese siglo era cosa de mujeres. Además los argentinos, como creían que nos iban a ganar, ya venían con una camiseta abajo de la reglamentaria que decía “argentinos campeones del mundo”. ¡Y se les quedó un poquito, ja, ja, ja!
Y ustedes la gozaron.
¡Pero por favor! Es la rivalidad que tenemos en el fútbol, con Argentina toda la vida.
¿Cómo era el público de los estadios en ese tiempo?
Ah bueno, fíjese que los hombres iban a la cancha de cuello y corbata, sombrero de fieltro en invierno, era muy estucado todo, ¿no?, muy protocolar. Y las mujeres iban con aquellos vestidos largos, sombreros tipo cacerola, todo eso.
¿Un público más respetuoso?
Sí, sí, nada de discusiones o problemas como ahora, los que ganábamos y los que perdíamos salíamos todos juntos. Pero si usted cree que éramos personas apáticas, le digo ¡no! Siempre fuimos sanguíneos, bulliciosos, respetuosos, eso para mí es ser fanáticos.
¿La gente le gritaba groserías al árbitro, por ejemplo?
¡Qué va a decir, se respetaba todo! Era otra educación, otra educación que se ha perdido. Como ahora que yo, a mis 92 años, me voy a comprar y una joven de 23 o 24 me dice de mala gana: “¿qué querés, qué vas a llevar?”. Entonces yo la miro y le digo: “Señorita, ¿tiene tal cosa?”, y me queda mirando. Porque fíjese que en aquella época era “señorita”, “señor”, y si usted se había casado, ya era “doña”.
¿Cómo seguía los partidos la gente que no iba al estadio?
Ese año, a raíz del Centenario y del Mundial, recién llegaron a Uruguay las radios capilla, las primeras de tubos, una novedad porque antes lo que había era radio a galena. Entonces la Westinghouse, o la Phillips, alguna de esas marcas, empezaron a traer las radios y les decíamos radios capilla porque el mueble tenía forma de capilla, eso no sé si llegó a conocerlo usted, era todo madera y tubos. Y el más pudiente de mi barrio, el almacenero, puso una escalera de metro y pico contra la pared y encima la radio con una extensión de corriente, para que todos los vecinos que no iban al estadio escucharan la transmisión del Mundial.
Todos se amontonaban ahí…
No crea, porque en aquella época usted le podía dar volumen, como no había ruido, o los parlantes serían muy buenos… así que usted si quería se iba adonde estaba la radio, pero a una cuadra se oía perfecto.
¿Qué pasó en las calles después de ganar la final?
¡Pero imaginesé, nos hinchamos todos, si éramos los primeros campeones del mundo! Se festejó primero en los barrios y después se hizo el inmenso desfile de los jugadores arriba de una bañadera, por la 18 de julio, nuestra avenida principal, desde el Obelisco hasta la Plaza Independencia.
¿Arriba de una bañadera?
Claro, eran unos buses descubiertos que se llamaban bañaderas porque se usaban para dar paseos a la playa. La gente que no conocía la costa, por ejemplo los que vivían para el Oeste, hacía excursiones en esas bañaderas por toda la costa montevideana. Y en una de esas salieron los jugadores, fue la locura.
¿Los jugadores eran tan estrellas como ahora?
Nooo… Le voy a decir que por Uruguay jugaba uno que era el repartidor de hielo en el barrio de mi casa. Eso tampoco lo conoció usted, pero antes de los primeros refrigeradores, que fueron una cosa impresionante, usted le compraba a los que iban por los barrios vendiendo barras de hielo, con un carro tirado por caballos. Usted le pedía al repartidor un pedazo de tal tamaño, él se lo cortaba, usted después lo envolvía en diarios y lo ponía una heladera de latón. Y uno de los jugadores de Uruguay era el repartidor de Pocitos, mi barrio. Después se entrenaban un poquito y a la cancha, jugaban por la camiseta.
¿De qué equipo era hincha usted?
Era, soy y seré de Peñarol.
¿Se jugaba mucho en los barrios?
En aquella época, el barrio Pocitos donde yo me crié recién se estaba poblando, no había pavimento ni nada. Y me tocó crecer en una cuadra donde éramos tres niñas y los demás todos varones, entonces no se armaban juegos de muñecas, los chiquilines armaban partidos de fútbol.
¿Y usted se iba a verlos jugar?
Bueno, podía ser, pero imagínese que en aquella época juntarse con los varones no estaba bien visto. Era las nenas con las nenas y los varones con los varones, lo otro no se concebía. Pero mi padre era un adelantado y consideraba que no había que hacer la diferencia, así que siempre fui a escuelas mixtas. A escuelas públicas y mixtas, toda la vida.
¿Conoce en Montevideo a alguien también haya ido a los partidos del Mundial?
No, si están todos muertos… Mire, yo el Mundial del 30 lo viví en carne propia. Los demás los vi por TV, pero vivirlo en el estadio era otra cosa.
¿Vio ahora los partidos de Uruguay?
Cómo no, vi los partidos y la famosa mordida, aunque según algunas tomas no hay tal mordida. Lo que pasa es que había que liquidar a Suárez. ¿Usted se puede imaginar que Brasil en su país no salga campeón? Tenían que eliminarnos porque tienen el Maracanazo atragantado.
La celebración del Maracanazo también la debe recordar.
Y de los equipos que quedan, ¿a cuál le va usted?
Bueno, mire, yo tengo cierta rivalidad con mis vecinos…
¿Los argentinos?
Sí, más todavía con todas las cosas que nos ha hecho esta señora, que ojalá prontamente se retire… y mire que me estoy midiendo con las palabras que digo. Así que en este momento, le digo la verdad, me gustaría que perdieran Argentina y Brasil.



