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“Soy hijo de Justina Cornejo Cornejo, una negra que no fue reconocida por su padre. Soy hijo de un señor que nunca conocí, pero sé que era militar y mestizo entre blanco e indígena. Provengo de la pobreza, o tendría que decir que provengo de la miseria. Andábamos a pata pelada, o calatos (desnudos), con la ropa rota. Afortunadamente en el norte no llueve, pero cuando íbamos a visitar a nuestras familias a los valles, a las acequias donde corría el agua, jugábamos en el barro. Mi mamá se embarazó a los 13 años, era una negrita flaquita. Ella nació en 1940 y el Tratado de Lima se firmó en 1929, así que la historia de mi familia está marcada por el conflicto territorial entre Chile y Perú. Aunque para nosotros las fronteras que se definieron entonces no existen, y transitamos entre Tacna y Arica como si fueran parte de lo mismo.

Mi madre es hija de don Manuel Corvacho Sansoro y de Andrelina Cornejo Albarracín. El abuelo es negro, pero la Andrelina es mezcla de español y negra. Eran peruanos, pero después de la Guerra del Pacífico tuvieron que asumir la nacionalidad chilena. El abuelo Manuel nació en el valle de Azapa e hizo el servicio militar en Copiapó. Después optó por irse al Perú en mula, se internó en el valle de Sama y se quedó ahí. Le dieron 10 hectáreas donde no había nada. Tenía plantación de algodón y yo me acuerdo de haberme clavado con las espinitas sacándolo. Me acuerdo también de haber caminado con mi abuelo cortando la caña de azúcar con el machete, ¡fa, fa! Después te la metías entre los dientes, le sacabas la cáscara, la masticabas y era un néctar de azúcar, qué rico. Tenía patos, gallinas, gansos y cuyis, que son ratones sin cola, pero son exquisitos. Molían el maíz en el batán, una piedra redonda media ahuecada sobre la cual se cimbraba otra piedra. Ese maíz molido se le echaba a los cuyis y después se tiraban a las brasas y los comíamos con papas cocidas.

Mi abuelo vivía en una choza de caña, barro y totora, muy calentita para los fríos que hacen allá. En la ventana tenía un cuchillo de plata plantado. Yo le pregunté por qué y me dijo que era para que no entraran las brujas, que según él volaban y se reencarnaban en animales. Si pasaba un gato o perro negro había que rezar y protegerse, porque era una bruja que iba pasando. Yo todavía le tengo bronca a un gato negro que vive acá al lado. Había que usar la contra, que era un pañito rojo que tenía unas piedrecitas y unas hierbitas, se amarraba con una cinta roja y te la colgabas dentro de la polera, para que no te hicieran brujería. Había que saberse de todas maneras el padre nuestro, el credo y el avemaría.

La Andrelina era analfabeta; una negra de casi dos metros, de bonitos rasgos faciales. Me tocó recorrer caminos y pasar un montón de pellejerías con ella. Cuando se enfermaba recurría al curandero. Estos te tiraban las cartas, o te fumaban, para leer en las cenizas qué te pasaba. O tomaban un puñado de coca y lo tiraban sobre un manto y te interpretaban. Yo lo vi. Era una mezcla de cultura andina y negra, vudú. Decían que al más débil le caían las brujerías, así que cuando yo andaba con ella, tenía unos ocho, diez años, yo era el más débil. Me desnudaban de la cintura para arriba y me ponían una liebre muerta en el pecho, para sacarme la brujería. Como niño yo me horrorizaba.

Cuando mi mamá Justina me parió en Arica, la Andrelina no aceptó que ella fuera madre soltera. Se había separado del abuelo Manuel y se había casado en allá con Rodolfo Herrera, chileno, blanco. Entre los dos le quitaron el hijo a la Justina, que era yo. Y rápidamente me adoptaron. Después mi abuela se separó de Rodolfo y nos fuimos a Tacna. Ella me pasó de contrabando escondido debajo de su falda, entre el asiento y sus piernas. Ahí yo empecé a tener vivencias con la familia negra, porque había parientes, primos, tíos, mucha negridad. Eran Flores Corvacho.

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Los negros hacían una orquesta: guitarra, saxo, clarinete, cajón peruano y la Andrelina cantaba. Cocinaban, la cerveza corría, la fiesta se armaba, se bailaba toda la noche, se cantaba, se reía. Fiesta de negros. Yo, que era un niño, dormía debajo de las bancas. Esos eran los años cuando iba al valle a visitar a mi abuelo Manuel, que se casó con una prima y tuvieron dos hijos. También en esos años conocí la fiesta de la cruz: las familias tienen una cruz de madera y la dejan en un cerro mirando hacia el valle para protegerlos. Previo al primer domingo de mayo la van a buscar, la llevan a la casa y la visten. Y vienen los familiares a verte, hay que atenderlos, es una fiesta. Pero también conocí la miseria. Pasé hambre y frío. Dormía en el suelo con la Andrelina.

Mi mamá Justina, que se quedó en Arica, para ayudar a su esposo lavaba la ropa de las niñas del barrio de la prostitución. Yo recuerdo haberles llevado la ropa planchadita. Ella llegó hasta tercero básico y fue muchas veces ofendida por su color. Para ser aceptada, se planchaba el pelo. Hizo un curso de peluquería sólo para aprender a hacerlo. También se echaba polvo para aclararse.

Cuando yo tenía diez años, la Andrelina se enfermó de cáncer y yo volví a Arica a vivir con su segundo marido, Rodolfo. Ahí me cambió la vida. Estudié en un liceo técnico, me especialicé como contador. Siempre fui presidente de curso e iba derechito a ser dirigente político, pero en 1973 me cortaron las alas. En esos tiempos, ser negro era no más. No sabíamos que había que hacer visible esa causa, ni conocida nuestra cultura.

Después de trabajar en Arica un tiempo me vine a Santiago a trabajar en el área inmobiliaria. Cuando entre personas de nuestra raza nos decimos ‘negro’ es cariñoso; yo a mi hermanos les digo negro José, o negro Juan. Pero muchas veces he recibido de gente que no es de la raza, y uno lo nota en la expresión, en la forma de decirlo, el negro peyorativo, ofensivo. Me han dicho René, por re negro. Una vez fui a una disco y no me dejaron entrar, sin darme ningún motivo. Pero nosotros somos personas alegres, que no guardamos rencor, que amamos la libertad, porque hemos sabido de estar encadenados. Acá, me encargo de que mis hijos y nietos conozcan nuestra historia.