Bombardeo Gaza EFE

Por María Sevillano / EFE

Vestido de verde, recién salido de quirófano, Javier Palacios, cirujano plástico reconstructor de las Palmas de Gran Canaria (España) que trabaja como voluntario en el hospital Al Shifa pasea por los pasillos del principal centro médico de Gaza.

Desde 1994 y de la mano de la organización Médicos del Mundo ha puesto sus conocimientos al servicio de la guerra, o mejor dicho, a combatirla, en zonas de conflicto como la antigua Yugoslavia, Bosnia, Mauritania, Indonesia o Congo.

Le cuesta incluso recordar la cantidad de lugares en los que ha encarado la faceta más cruel del ser humano.

“Afortunadamente mi hospital en Gran Canaria está comprometido con la ayuda humanitaria, y siempre que Médicos del Mundo me requiere me permite viajar”, narra en una austera oficina de la unidad de quemados.

El centro es quizá uno de los emblemas del último azote israelí sobre el enclave costero que, aún en marcha, ha causado más de 2.100 muertos y 10.600 heridos.

Allí, el personal ha afrontado con eficacia el reguero constante, en demasiadas ocasiones masivo, de víctimas escupidas por las ambulancias.

“Con miles de heridos solo en las primeras semanas, el hospital no colapsó, no creo que otros centros con mejores recursos hubieran podido dar esa respuesta”, cuenta Palacios admirado por la capacidad del personal para gestionar la situación.

Es la segunda vez que este canario se encuentra en Gaza. Se encuentra y no la visita, porque las circunstancias de sus viajes son siempre la guerra -la anterior estancia fue en 2008- y las medidas de seguridad impiden que su rutina vaya más allá de la casa al hospital y viceversa.

En el centro, repite sobre todo la atención a gente que presenta “pérdida de sustancia”, explica, que significa la pérdida de piel o músculos debido a la metralla que abrasa.

“A diferencia de otros heridos bélicos, en este encuentras pocas heridas de bala. En su mayoría son producidas por obuses, misiles, porque no es una guerra directa”, subraya.

Para su colega Nafiz Abu Shabar, cirujano plástico jefe del departamento de quemados, “esta es (por otras cosas) una guerra distinta a las anteriores”.

“El tipo de heridas, la altura a la que se producen, como en la cabeza, se deben a que Israel está centrado en atacar viviendas. He trabajado durante 30 años y es la primera vez que veo este tipo y número de heridos”, destaca para añadir que se denomina “síndrome de choque”.

“Los músculos absorben tóxicos de las bombas que pasan a la sangre. El hígado se contamina y los pacientes necesitan diálisis. En algunos casos es reversible, en otros tienen que continuar con tratamiento de por vida”, describe.

Y si estaban preparados, expone, es porque ya tienen experiencia en hacer frente a situaciones como esta con recursos limitados.

“No tenemos alternativa” dice Abu Shabar, cuya voz reposada durante la entrevista, entorpecida por cierto defecto en el habla, comienza a romperse.

Prosigue después con una rabia alimentada por lo que afronta cada día; por un dolor que no hace falta explicar cuando se mira alrededor de las instalaciones hospitalarias y se ven nuevos cadáveres, nuevos heridos o a las cerca de 4.000 personas que entre cortinas y sofás han levantado allí viviendas porque ya no tienen otras.

“Estamos solos. Los palestinos estamos solos y si no hacemos esto, nadie lo hará. Nos miran como en una película y hablan de nosotros como números. Somos un campo de entrenamiento para Israel, que prueba el armamento americano contra nuestros niños, contra los civiles. Es un mundo injusto”, protesta.

De cabellos blancos, porte elegante, sus palabras rezuman frustración; se quejan de un derramamiento de su sangre palestina, “más barata que la de los gatos”. “Nadie detiene este genocidio”.

“Llevamos ocho años bajo ocupación. Ocho años bajo un estrecho bloqueo. Es increíble”, el adjetivo retumba en la habitación. “Incluso nuestra comida, nuestra medicación, todo está controlado. ¿Cómo el mundo puede aceptar esto?”, denuncia.

A pocos metros, el portavoz del Ministerio de Sanidad, Ashraf Al Qedra, siempre impecable en su bata blanca, no ha abandonado Al Shifa en los casi 50 días de ofensiva.

“Mis hijos me piden volver pero su madre les cuenta que no puedo”, explica este hombre por el que pasan los nombres de cada víctima y herido para que después ávidos periodistas los conviertan en lo que Abu Shabar denuncia: números.

“¿La fuerza para continuar? Todas las historias que contamos salen de las habitaciones de este hospital”, afirma.

“Creemos en nuestro trabajo, queremos decir qué pasa en Palestina para que no se oiga solo la versión israelí. Creemos que nuestro mensaje debe ser escuchado”, concluye antes de ser absorbido, de nuevo, por el centro que también se ha convertido en su hogar.