La Payita fue mi copiloto

Acto en conmemoración al ex presidente Salvador Allende
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No recuerdo la fecha exacta. Fue hace 41 años. Estaba por cumplir 18. La “Liberación Nacional” (sí, el golpe) recién había ocurrido. Conversaba con amigos en casa. Nos interrumpió mi madre. Muy seria, Victoria susurró “tus amigos tienen que irse”. Y que, luego de su partida, pasara a saludar al living. Nunca había ocurrido cosa semejante. Eran días insólitos. En un bergère estaba Miria Contreras Bell, “la Payita”. Entendí. Mis amigos “tenían” que irse. Si sufríamos un allanamiento militar, también sus vidas hubieran corrido peligro.

Payita no había estado antes en nuestra casa. Pero la reconocí sin dificultad. La prensa opositora la hizo cada vez más conocida durante los mil días de Allende. Era la secretaria personal del Presidente derrocado, con quien tuvo una relación extramatrimonial. Esta combinación la hizo blanco de una rabia que se juntó hasta desbordar. Su fotografía encabezaba la serie de exministros y jefes de partido conminados a entregarse a las nuevas autoridades que El Mercurio publicó en portada. Un hijo suyo, que la llevó el 11 al Palacio, fue detenido por los militares sublevados. Su cadáver apareció en el río Mapocho días después.

Nos relató las últimas escenas en La Moneda. Llamas, humo, cañerías rotas. El estruendo de balas. El suicidio del “Perro” Olivares, director de Televisión Nacional, íntimo de mi padre en la juventud. El Presidente le entrega el Acta de la Independencia, firmada en 1818 por el “Huacho Riquelme”. Le ordena entregarla al primer soldado con que se encuentre. Pero sordo a la explicación de Payita, el soldado que la detuvo rompió el viejo papel. Momentos después, está tendida en la calle Morandé junto a quienes salieron a último minuto. Un médico partidario del gobierno, que era militar retirado y llegó vestido de uniforme, la declaró muerta. Salió del centro en un camión con cadáveres, del que luego huyó.

Payita buscó refugio. En muchas partes se lo negaban. Si la acogían, al día siguiente le pedían que partiera. Vagó por calles y plazas, aterrorizada ante el peligro de ser reconocida. Como última esperanza llegó a nuestra casa, en la avenida Pedro de Valdivia. Conocía a mi madre porque Victoria hacía “trabajo voluntario” en la Presidencia.

Mis padres temían que llegara una patrulla militar. Su situación económica era cómoda, pero eran partidarios de la Unidad Popular y los vecinos sabían eso. Aunque yo no tenía aún permiso de conducir, mi padre dispuso que durante el día diera vueltas por la ciudad en su Mercedes-Benz 220-S con Payita en el asiento del copiloto. Mi pasajera vestía uniforme blanco de enfermera y cofia con, creo, una cruz roja. Usaba unos anteojos prestados, cuyo descomunal aumento desfiguraba sus grandes ojos azules. No tuve mayor conciencia del peligro que corríamos. Tal era mi entusiasmo por manejar el “Meche”.

El clímax ocurrió en una gasolinera. Un camión con soldados estacionó delante. Un muchacho, apenas algo mayor que yo, descendió y comenzó a caminar en dirección nuestra. Payita dio un respingo. Tuve miedo por primera vez. Toqué la ruidosa bocina y grité: “¡Viva, soldados de Chile!”. Del camión me respondió un coro: “¡Viva!”. El joven soldado dio media vuelta y regresó con sus compañeros. En retrospectiva supongo que solo quería ver de cerca el “Meche”. El coche tenía sus años, pero aún impresionaba.

Días más tarde Payita fue acogida por un vecino de Ñuñoa (“el masón”) quien, junto con su familia, la escondieron por meses. En diciembre ingresó como refugiada a la Embajada de Suecia y pudo partir al exilio.

* Consultor. Autor de Enriquecerse tampoco es gratis. Educación, modernidad y mercado (Usach, 2013).

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