*

Desde su muerte hace ya más de una década, la crítica proclamó a Bolaño como su profeta y soberano, erigiéndolo como si fuera el Costanera Center de la literatura chilena: un ente monolítico de presencia ubicua, cuya superficie resplandece mientras su interior es una simple mole opaca. La institucionalización, tanto de su obra como de su imagen, ha alcanzado niveles escandalosos, que no deberíamos soportar. Cada año el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, oficina de partes de la Universidad Diego Portales, galardona a las nuevas generaciones de escritores con un premio que lleva su nombre, en ceremonias en donde prima un atmósfera de fuente bautismal. Que Roberto Bolaño haya pasado gran parte de su vida escribiendo contra el sistema parece no importarle a nadie.

Los detectives salvajes se ha convertido en el patrón oro de la literatura chilena. De la noche a la mañana la marginalidad y multiplicidad de voces que pregonan sus páginas se transformó en el discurso unísono de una juventud latinoamericana sin ideas ni proyecto, ávida de adherir a cualquier simulacro de revolución. Esta literatura de falsa vanguardia, hecha en retrospectiva, recoge las causas perdidas cuando están ad portas del triunfo.

Con Nocturno de Chile Bolaño inauguraría un sub-género, el de NOVELA-TURISTIK; manufacturada a la medida del mercado norteamericano, monta al lector en unos de esos buses rojos que deambulan por Santiago y se dedica a pasearlo narrativamente por todos los lugares comunes de la memoria histórica chilena.

Ese capricho que Bolaño tiene consigo mismo, en detrimento de sus personajes –propuesto en Estrella Distante y abusado en el resto de su obra– parte como un embate de originalidad y termina en clisé. Una prosa en la que reina el artificio innecesario, donde nunca suelta de la mano al lector. En lugar de permanecer a la zaga de sus personajes, el escritor se planta delante de ellos. Es así como 2666 gira en torno a una ausencia: la de Benno von Archimboldi, un Moby Dick antropomorfo pero silenciado. Narrador deliberado, Bolaño no sale en busca de algo sin saber de antemano dónde encontrarlo. Dueño de una ficción que no se despliega, sino que se recoge sobre sí misma; pero que, contrario a una semilla, se apergamina, sin que nada brote de ella.

Harold Bloom dijo sospechar de que Bolaño es “otro objeto de época” cuyo exceso “cautiva, pero desfallece”. Su éxito entre la crítica nacional se explica, en gran medida, por la escasa atención que han puesto al momento de leer su obra. En cambio, se han encargado de enarbolar una bandera de lucha en su nombre. Parecen pregonar: “existe un solo Dios, y su nombre es Bolaño”. Patricia Espinosa, abadesa de este monasterio, se ha convertido a punta de cientificismo literario, que es un oxímoron, en autoridad intelectual. Ella, propagandista del mundo paranoico de Foucault, promueve una visión de laboratorio de la literatura, cerrada a toda búsqueda de armonía y belleza. Promueve el ejercicio de una crítica fiscalizadora, higienista; cuando el desafío consiste, precisamente, en infectarse de literatura. Una perspectiva eminentemente anti-literaria, en donde el libro en sí mismo solo vale como documento social o testimonio de clase. Una crítica plebiscitaria, en que se examina el libro como voto de apoyo o rechazo a su incipiente corriente. La mejor literatura es la que corre riesgos, sin someterse a la tendencia literaria de la temporada.

En medio de este intelectualismo de sí-o-no, binario como calculadora Casio, basado en la compasión al autor como víctima, no es raro que se aplauda la mediocridad: obras en donde abundan personajes que comen pero no se nutren, que respiran pero no viven y que trasnochan pero no se divierten. Anémicos y ausentes. Una literatura sin expansión, como no sea los límites de un yo contingente como un molusco. Una literatura que se cree de trinchera pero que no es más que de madriguera, pues el deliberado menoscabo de sus personajes es pura carencia de perspectiva. Lo que no nos permite conocer nada del mundo general relacionado a ellos. Una narrativa raquítica. A fin de cuentas, una literatura sin impronta.

Espinosa y sus prosélitos mantienen una visión pastoral de las nuevas generaciones de escritores: como ovejas en su redil. Realizan una crítica oscurantista, derivada de un funesto bolañómetro, ajena a la lectura como acto de exploración estética. Basta ya de romerías, dejémoslo descansar en paz, el tiempo hará su trabajo.

*Escritor, ganador del Premio Especial “Roberto Bolaño” en sus versiones 2010, 2011 y 2012, en categoría cuento y novela. Autor de El Atolladero (Chancacazo, 2014)