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¿Chile país progresista o país de manflinferos?

En la edición del programa del 10 de noviembre de Informe Especial (TVN), se dan a conocer algunos datos de uno de los portales de sexo más reconocidos en el mundo: Chile es el país que más consume pornografía en Sudamérica. La moral del programa es libertaria, suponiendo una equivalencia entre liberación sexual y liberación mental; así como también un triunfo de la igualdad de género –porque las minas también seriamos afanadas consumidoras de porno-.

¿Por qué tanta efervescencia por la pornografización del mundo? ¿No se trata sólo de una herramienta más para la masturbación?

O bien, seguimos creyendo en las promesas libertarias de los años 60. Donde algunos filósofos políticos, proponían resolver la neurosis humana a través de levantar las ataduras sexuales conservadoras; así como el marxismo suponía que eliminando la propiedad privada emergería un hombre bueno. Es decir, ambas ideas suponen que bajo la alienación cultural, habría una paradisiaca verdad humana. O quizás tanta efervescencia triple X está dada por la promulgación del autoerotismo como moral oficial. Una ética de pajeros.

El porno, como cualquier onanismo, como drogarse o chuparse el dedo, se trata de ese repliegue sobre uno mismo para otorgarse cierto placer, ahorrándose el infierno que son los otros. Cuestión que hace sentido con el dato que señala que el día en que más se consume porno es el lunes; quizás para olvidar lo que no resultó el fin de semana, o para los emparejados descansar del tedio de las demandas familiares, o para sobrellevar una semana más de mierda: darse un auto regalo que no cuesta nada.

Aunque a veces la pornografía se trate de una diversión en pareja, mayoritariamente es de uso individual; por eso mismo tiene poco que ver con la lógica de la sexualidad humana. Esa llena de trabas, porque siempre está de por medio el impasse de la seducción. Y la seducción se rige por el principio de la incertidumbre: ¿qué cresta quiere el otro?, ¿quiere o no algo de mí?. En la seducción no hay garantías de éxito, la victoria de uno es la derrota del otro. Ya se habrán dado cuenta que es justo en ese espacio –en el encuentro interesado por otro– el caldo de cultivo para el sufrimiento amoroso. Mientras que el sexo propuesto en el porno, es lineal, causa-efecto, la meta se cumple y ahí el fin de la historia.

Quizás el éxito del porno hoy tenga que ver justamente con esa oferta de la ética del mercado: dejar de sufrir a cambio de someternos a sus objetos de consumo. Comprar la pastilla para no pensar por qué sufrimos, se parece mucho a la pajita del día lunes. Y tiene sentido, los humanos siempre hemos necesitado anestesiarnos del dolor de existir. Y hoy esos métodos se pueden comprar, pero otra cosa es creer que ahí hay una verdad esencial. El porno tiene una gramática publicitaria: consumarnos y consumirnos en un objeto. Mientras que la sexualidad es siempre ese atolladero a contraluz, el porno es esa saturación del primer plano que toma los genitales en su valor de uso, sin ningún misterio. Es cierto, que a veces necesitamos de esos objetos que no nos piden nada, y tomamos a otro ser humano como cosa -como los cuerpos desgarrados del porno– usándolos, masturbándonos con él. Pero no pocos comienzan a padecer de una generalización de esta versión en sus vidas: quienes no pueden gozar con otro, y se van replegando en el porno solitario; o aquellos que se quejan de no lograr pasar a una conversación más allá de las cachas anónimas.

Una última reflexión sobre el simulacro femenino y el porno, ese que confunde igualdad de derechos con igualdad erótica. Esa práctica llamada pussy light –iluminar el interior de una vagina– me recuerda un mito de las mujeres creadas para Adán. Hay una versión que dice que la primera mujer en el paraíso fue Lilith, a quien Dios expulsa por no someterse al hombre. Por eso decide crear a una segunda mujer, pero esta vez desde las vísceras de Adán, así se dejaría dominar. Pero no funcionó, porque a él le dio asco, y Dios la destruyó. No pocas veces se ven esa chicas tan entusiastas por imitar la moral del porno macho, quedando en ese lugar de vísceras abyectas del príncipe del paraíso. Como dice Baudrillad, en el porno ya no queda nada por desear.

Es con Eva, con quien comienza la comedia de los sexos. Ella -aunque hecha de su costilla– revela la estructura del deseo humano: nos mueve lo velado, lo prohibido, aunque el costo sea la expulsión del paraíso. ¿Les suena conocido ese fracaso de las utopías?