El homicidio de Daniel Ballesteros

Hace dos meses terminó el juicio por el asesinato del adolescente interno en el Centro Metropolitano Norte de Til Til, el primero ocurrido bajo el resguardo del Sename en un recinto con administración público-privada. Si bien hubo condena para los dos menores de edad involucrados, los mayores de edad, sindicados como líderes al interior del centro y autores intelectuales del asesinato, fueron absueltos. El viernes recién pasado la Corte de Apelaciones rechazó un recurso de nulidad, decidiendo no hacer un juicio nuevo. La familia alega injusticia, un montón de vicios durante el juicio y ahora demandará al Estado por devolverle a su hijo en un cajón.

DANIEL 1

Daniel Andrés Ballesteros Pérez murió después de 18 puñaladas. La última fue la mortal: penetró 17 centímetros por la espalda, bajo su axila izquierda, e hizo un corte de 1,5 centímetros en el pulmón izquierdo, seccionando la arteria aorta en forma completa y provocando una anemia severa.

Murió el sábado 23 de noviembre de 2013, dos semanas antes de cumplir 18 años y a un mes de salir en libertad luego de cumplir una condena de dos años por robo con intimidación. Con esas 18 puñaladas en su cuerpo, el “wachiturro” se transformó en el primer joven muerto producto de una riña en el Centro Metropolitano Norte de Til Til, luego de desangrarse en el suelo del recinto tras las estocadas del “Dilan” y el “Negro chico”, compañeros de reclusión que habían ingresado a su habitación buscando un celular supuestamente robado por el menor.

Pero ni las declaraciones de testigos ni los dos litros y medio de sangre que derramó Ballesteros en su pieza y en el pasillo del Pabellón B del recinto, pudieron acreditar que su crimen, según el Ministerio Público y el Programa de Apoyo a Víctimas del Ministerio del Interior, fue un robo con homicidio y no un homicidio simple como lo determinó el Tribunal Oral en lo Penal de Colina, el 6 de octubre pasado. El juicio terminó sólo con los dos menores de edad involucrados con condena, absolviendo a los mayores que lideraban la “casa” donde estaba internado Daniel.

Cuatro años antes de su asesinato, el centro de reclusión de Til Til se había presentado a la prensa por el entonces subsecretario de Justicia del primer gobierno de Bachelet, Carlos Maldonado, como el ejemplo de una “nueva era” para los recintos del Sename, con el trabajo de rehabilitación de menores de edad concesionado a una empresa privada. Pero su realidad actual es muy distinta: hoy tiene sólo un tercio de su capacidad utilizada y según un informe de la Unidad de Defensa Penal Juvenil de la Defensoría Penal Pública, el piso donde fue construida está cediendo y algunas de su cabañas se están hundiendo, literalmente.

El Dani

El segundo hijo del matrimonio Ballesteros Pérez no la tuvo fácil desde el comienzo. Nació con una fisura en el paladar, casi labio leporino. Cuando lo alimentaban, se escapaba parte de la comida por la nariz, lo que obligó a la familia darle comida a través de una mamadera. Tuvo que ir al fonoaudiólogo y luego ser operado muy pequeño para superar esa trauma congénito.

Hijo de un padre ausente, Ballesteros a veces lo acompañaba a trabajar cuando éste manejaba una micro amarilla, antes del desastre del Transantigo. Un amigo de la familia, el tío Coke, fue lo más cercano que tuvo a una figura paterna, pero éste falleció cuando Daniel tenía 12 años. La muerte lo golpeó duro, dice su mamá.

Aún así, el “Dani” se mimetizaba con los demás niños en el paseje León Rojo de la Villa Monseñor Manuel Larraín, en Pudahuel. Era risueño, cariñoso y apegado a la familia. Le gustaba la torta de mil hojas. Jugaba fútbol, pero tenía los pies planos y corría muy destartalado, por lo que nunca destacó en ese ni en otro deporte. Su mamá dice que nunca aprendió a correr.

A pesar de venir de una familia católica, sus vecinos de la casa del frente, comenzaron a llevar desde muy chicos a los hermanos Ballesteros Pérez a la Iglesia Metodista Pentecostal de Pudahuel. Jobely, su hermana mayor, todavía lo hace. Daniel dejó de hacerlo a los 14 años.

Poco antes de eso comenzó a enfrentar pruebas muy duras para su edad: la muerte de uno de sus tíos más queridos -el tío Coke-, luego el alzheimer de su abuela, quien lo cuidaba mientras su madre trabajaba, y posteriormente la muerte de ella, hace tres años. “Los problemas de acá le pasaron la cuenta. Yo pasaba más tiempo en la iglesia. Por esas cosas, yo creo que él buscó una salida. Yo busqué refugio en la iglesia; él lo hizo en la calle”, dice Jobely.

“Yo no tuve tiempo para él. Estaba pendiente de la enfermedad de mi mamá y mi papá, que está postrado. No me preocupé de con quién andaba en la calle porque siempre llegaba a la casa y nunca sospeché nada. Hasta que comenzaron las malas juntas, la baja de notas en el colegio y luego, sus detenciones”, cuenta Eliana Pérez Bidart, su madre.

La primera de ellas fue porque lo sorprendieron en un auto robado en Providencia. Meses después, él y un amigo fueron detenidos por Carabineros por andar con unos cuchillos. Querían vengar la golpiza que había recibido otro de los integrantes de su grupo. “Los carabineros se reían cuando lo fui a buscar porque con esos cuchillos no cortaban ni mantequilla”, dice Eliana. Después de eso fue un asalto a una bencinera. Su madre insiste en que no sabía correr. “Siempre lo pillaban a él”, dice.

A principios de 2012 vino su cuarta detención. Daniel y sus amigos habían asaltado a una pareja que vivía unas cuadras más arriba de su pasaje y lo descubrieron de inmediato. El menor fue acusado de ser el que les revisó los bolsillos y sacó sus billeteras. Por ese delito fue condenado a 3 años de reclusión por robo con intimidación. Su familia dice que ese juicio fue también muy raro porque el fiscal vivía en la misma villa de las víctimas y éstas nunca prestaron declaración oficial en la causa. Tenía 16 años.

Durante la investigación, Daniel cumplió arresto domiciliario por nueve meses. Por el día trabajaba en un puesto del persa de Pudahuel vendiendo alfombras. Cuando salió su condena, fue internado durante un mes y medio en el Centro de Régimen Cerrado “Tiempo Joven” de San Bernardo. Después fue trasladado a Til Til, la “cárcel” modelo donde tendría baño propio dentro de su celda-habitación.

En el centro, que es vecino a la cárcel de Punta Peuco, Daniel se suponía que estaría más cómodo. Eliana fue a conocerlo un día después de su traslado y pensó que era un buen lugar, mucho mejor que el CRC de San Bernardo. Pero a poco andar comenzó a darse cuenta de lo que ocurría.

Los últimos dos meses de Ballesteros al interior del centro lo notaron deprimido. Eliana dice que conversó con una psicóloga del recinto, y esta le confirmó que no estaba bien, pero que estaba mejorando.

Daniel tampoco hablaba mucho. Sólo le comentó que el ambiente adentro era tenso. Su mamá averiguó qué necesitaba para trabajar en el centro y así estar más cerca de su hijo, pero cuando le contó sus planes Daniel le dijo que ni loca, que no lo hiciera. Ante la insistencia de su mamá, le dijo que cuando saliera en libertad le contaría todo lo que pasaba ahí.

El día anterior a su homicidio, Eliana llamó por teléfono a una de las encargadas del sector donde estaba el dormitorio de Daniel. Estaba preocupada porque su hijo, aunque no le contaba muchas cosas, estaba inquieto por lo que podía ocurrir.

Días antes hicieron un allanamiento y se llevaron varios celulares. Daniel alcanzó a esconder el suyo. Según su mamá y su hermana, eso fue lo que provocó todo.

Daniel Ballesteros chico

“Te pulmonié”

A las nueve de la mañana y cuando comenzaba la apertura de las puertas en el centro de Til Til, llegó a la pieza de Daniel el “negro chico”. Lo despertó de golpe y le dijo que le entregara un celular de marca Samsumg que le había prestado el día anterior. En su ropa llevaba escondido un arma hechiza: una pata de silla que en uno de sus extremos tenía amarrado una punta metálica afilada.

Luego del diálogo vino una seguidilla de intercambios de palabras: Cuando entró a la habitación el “wachiturro”, como habían bautizado a Daniel en el centro, medio dormido, lo mandó a preguntar al dormitorio de al lado. Allí le dijeron que no lo tenían, que lo habían prestado. El “negro chico” regresó enojado. En un centro de reclusión un aparato celular puede costar muy caro. En este caso, la vida.

Según consta en el expediente al que tuvo acceso The Clinic Online, el “negro chico” comenzó a enterrarle la punta metálica a Daniel en distintas partes de su cuerpo. Le dio 17 puñaladas -entre ellas dos en la cara anterior del hemitórax derecho, seis en el brazo derecho, dos en hemitórax izquierdo, dos en el brazo izquierdo y otra en el muslo derecho- mientras la víctima intentaba protegerse solo vestido con un boxer. Se arrinconaba hacia la cabecera de su cama intentando eludir los cortes. “Ya era, no me peguen más”, gritó varias veces.

Pero “el negro chico” no estaba solo. Ese día lo acompañaba el “pescao”, uno de los líderes de la Casa 2, que también entró a la pieza de Daniel. Lo que nunca se pudo comprobar fue el ingreso de “Titán”, otro de los mayores de edad del pabellón que supuestamente atacó a Daniel.

Con Ballesteros ensangrentado, los atacantes abandonaron la pieza e intentaron impedir que el menor saliera de su dormitorio. La idea era que no lo grabaran las cámaras. Mientras hacían fuerza para que la puerta no se abriera, Daniel gritaba que lo dejaran salir. En eso apareció un cuarto sujeto, “el Dilan”, que llegó a apoyar a los victimarios. También llevaba un arma: un cuchillo artesanal de 29 centímetros hecho con el borde metálico de una puerta.

Intentaron detener a Ballesteros, que totalmente ensangrentado logró salir de su celda-habitación. En el pasillo, dejando una estela de sangre, forcejeó con “el negro chico”, alcanzó a pegarle unos combos y tras pasar a llevar al “Dilan”, éste le respondió sacando la punta metálica y haciendo un ademán de golpearlo. Daniel se tapó la cara mientras el arma casera atravesó su espalda. Era la puñalada 18.

-Te pulmonié-, le dijo al oído.

Daniel se desplomó y al caer se golpeó la espalda en uno de los muros de su habitación. Minutos después llegaron otros internos que avisaron a los supervisores, lo tomaron en andas y lo llevaron a la enfermería del recinto. Al levantarlo, un chorro de sangre salió por su herida mortal. Estaba inconsciente, con los ojos blancos, sin hablar. Atrás, el suelo, la pared, parte de la orilla de su cama y el muro entre su habitación y la siguiente estaban manchados con su sangre.

Mientras atendían a Ballesteros, el “Dilan” trató de esconder su ropa, manchada con la sangre de Daniel. Llevó su short a la lavandería para que lo lavaran rápido, pero la trabajadora del centro que lo recibió lo vio salpicado con sangre y lo guardó. Al final fue una de las pruebas claves.

Una hora y diez minutos después, en el SAPU de Colina, Daniel falleció desangrado.

En medio del alboroto, el resto escondió las armas en los dormitorios de los agresores y antes que llegaran los encargados y el oficial de la PDI, su dormitorio fue “lavado” por otros internos. Varios días después hallaron la “punta” homicida que estaba al interior del colchón de la habitación de “el Dilan”. Las cámaras no grabaron nada: no funcionaban hacía dos semanas.

Homicidio simple

Con los cabos sueltos de la investigación y la conclusión que no pudo acreditar el verdadero móvil del asesinato, la familia de Ballesteros no quedó conforme y pidieron la nulidad del juicio, a través de un recurso interpuesto por el fiscal de Colina, Ulises Berrios, y la abogada querellante, Danila Bastías. Sin embargo, la Corte de Apelaciones desestimó el escrito y confirmó la sentencia de octubre pasado.

En esa oportunidad el Tribunal de la 2ª Sala de Juicio Oral en lo Penal de Colina condenó al menor R.D.S.D. a cuatro años de reclusión por homicidio simple por haberle infringido la herida mortal a Daniel, y al otro inculpado, E.A.L.C., 120 horas de servicios comunitarios por el delito de lesiones menos graves. Este último le había dado 17 puñaladas a Daniel en brazos, piernas y tórax con la punta metálica amarrada a la pata de una silla.

Los dos sujetos imputados que eran mayores de edad en ese momento fueron absueltos como posibles autores intelectuales del crimen, aunque durante el juicio diversos testimonios los sindicaron como los líderes del edificio donde permanecía Daniel. Eran los “vivos” de esa Casa, en lenguaje carcelario.

Durante el juicio, internos, trabajadores del CMN Til Til, el director del recinto despedido días después del crimen y el funcionario de la PDI que elaboró el informe policial, testificaron que tanto Nicolás Torres Arias, alias “El pescao”, como Richard Quezada Saldías, alias “Titán”, eran los que mandaban en la Casa 2 y que los dos menores de edad condenados, el “Dilan” y el “Negro chico”, eran “perros” -soldados- de los anteriores. Los cuatro vivían bajo el mismo techo que Daniel.

En general, la mayoría de los internos decían que Richard Quezada, “Titán”, lo había planeado todo. Incluso una de las trabajadoras del recinto señaló en el tribunal que a pocos minutos del ataque, cuando ya habían sido aislados los cuatros imputados del resto de los internos, el homicida confesó que le había metido “siete dedos” a Daniel, que lo había “pulmoniado” y asesinado.

Cuando lo hacía, Quezada le gritó desde otra celda que se quedara callado, que no hablara, que no fuera sapo. Ambos internos, el “Dilan” y “Titán” compartían visitas, habían sido sorprendidos ingresando droga al recinto y según varios testigos del juicio, el primero efectivamente era “perro” del más adulto.

La abogada querellante, Danila Bastías, señaló que no era casual que los dos menores acusados se atribuyesen la responsabilidad, y que eso se debía a que seguían manteniendo la condición de “perros” durante el juicio. En tanto, los abogados defensores de los mayores de edad reconocieron la manipulación y relaciones de poder al interior del centro, pero señalaron que ello no podía inferir responsabilidad en sus representados.

Y así fue. El tribunal determinó que la conducta homicida fue desplegada exclusivamente por R.D.S.D. por haber propinado la única herida mortal. Pero de todas formas reconoció que Quezada “ejercía un rol de liderazgo dentro de la Casa 2” y que tal como lo señaló la abogada querellante, no era casual que los principales testigos de los hechos hubieren sido asertivos sólo respecto a las conductas desplegadas por los menores de edad y no así con los mayores.

A pesar de eso, y de no descartar relación alguna con el crimen, no existió la convicción legal para acreditar su participación. “Durante el juicio, se veía como les ponían caras a los testigos. Daba la impresión que estaban amenazados de hablar en contra de ellos. Eso es lo que pensamos todos nosotros, en especial yo y mi mamá”, dice Jobely Ballesteros.

Además, el robo del celular nunca se acreditó. No quedó claro si el teléfono exhibido como evidencia durante el juicio, que fue recuperado por un interno amigo de Daniel en el dormitorio de uno de los imputados, era finalmente el del fallecido, y el informe policial no precisó exactamente la fecha de levantamiento de la evidencia.

En el juicio, sin embargo, fueron varios los testigos que dijeron que el motivo del homicidio que circulaba al interior del centro había sido el robo del celular, incluida la declaración del ex director del
CMN Til Til.

En cambio, los acusados señalaron que a Daniel le tenían mala al interior de su pabellón por andar “chivateando”. Según ellos, Ballesteros era el “sapo” que dateaba a los internos de la “Casa 6” en qué dormitorios habían celulares, ropa de marca y dinero.

El sumario interno que ordenó hacer el Sename no se incluyó en el juicio. Consultado por esta situación, el servicio señaló a The Clinic Online que éste aún no está terminado. Sus dos encargados ya no trabajan ahí y la investigación fue asignada a nuevos funcionarios.

Mientras tanto, Eliana se cansó de las excusas y decidió demandar al Estado por la muerte de su hijo. En las próximas semanas presentará la acción judicial.

Ver El fracaso del centro “modelo” del Sename en Til Til

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