Columna: El fin del tiempo simbólico

Columna: El fin del tiempo simbólico

* Si tuviéramos que hacer una evaluación en torno a la cuestión mapuche y su relación con el primer año de la Nueva Mayoría, aquella podría ser que, los tiempos políticos, siguen marcándolos las comunidades autonomistas y sus organizaciones. Tanto la vía política como la vía rupturista del movimiento, han forzado a la Nueva Mayoría a tener que reconocer que, el movimiento mapuche, a pesar de sufrir la criminalización por exigir el derecho humano a la autodeterminación, en la práctica, se ha legitimado en el discurso público. Aquella fue la apuesta de don Francisco Huenchumilla, quien llamó las cosas por su nombre: a la “pacificación” /ocupación; a las tomas de tierras /recuperaciones de territorio, y a Chile, a pagar una deuda ante la expansión de sus antepasados sobre la vieja frontera, entre otras frases que sacaron roncha en los conservadores políticos de La Araucanía. Los planteamientos de Huenchumilla recogen buena parte de la discusión ideológica que el movimiento viene planteando desde la década de los ochenta, y que, a partir de los noventa, ha crecido de la mano de la gran revuelta indígena que ha sacudido al continente latinoamericano. En esa perspectiva, la apuesta que la Nueva Mayoría hace a través del intendente Huenchumilla no es más que el triunfo de las ideas del movimiento a través de un amplio repertorio de acción política. Desde las mesas de diálogos, ratificación de acuerdos internacionales, triunfos electorales (alcaldes) hasta la violencia política como instrumento. La victoria del movimiento es haber desarrollado una hegemonía en el debate público. Hoy es posible hablar del derecho a la autonomía, de una deuda histórica, de una verdad histórica –entre otros temas-, y pocos en Chile temen que una horda de mapuche desciendan desde la precordillera para arrasar los poblados al norte del rio Bíobío. Tal vez, en algunos opositores a los derechos fundamentales del pueblo mapuche, aún le quedan resabios de la Guerra Fría donde la palabra “autonomía” o “pueblo” les parece más cercana a la división del país, terminando por reducir todo a “terrorismo”. Sin embargo, hoy es más viable una sociedad realmente multicultural y un país plurinacional y pluriétnico que deje respirar a las nueve naciones originarias que están dentro de la comunidad imaginada chilena. No obstante, también seguimos viendo continuidades de esa política gestada por la administración de Lagos, aquella que trata a los disidentes de las políticas oficiales a través de la coerción del Estado. La cuestión mapuche no se resolverá ni con más encarcelados, ni con la militarización de wallmapu, ni con más muertes. Por lo mismo es contraproducente para una solución política la condena a la Machi Millaray Huichalaf, sentenciada por “encubridora”. También es reprochable el ataque mediático y el cerco policial a las comunidades de lago Lleu-Lleu, quienes ante la muerte del cabo, rápidamente fueron acusadas de ser los gestores y ya, se pedían las penas del infierno para los ejecutores. Políticos como Alberto Espina, Andrés Chadwick, el clan de los Tuma en La Araucanía, lejos de buscar paz, buscaban la represión para los mapuche. El tiempo dijo otra cosa, el asesino fue un parcelero, seguramente ex inquilino de los fundos que se apropiaron de las tierras post Ocupación de La Araucanía. Pocos han hablado de este hecho: el objetivo del parcelero era matar a un mapuche. Aquello no grafica más que otra cuestión, la pérdida de la valoración de la vida humana en este mal llamado conflicto. La desvalorización de la vida humana tiene un origen. Primero el racismo, en esta larga historia, los mapuche han sido subvalorado como seres humanos, enviados a un escalón como “inferiores”, que es parte de una dimensión latinoamericana que se ha visto a los pueblos indígenas. Posiblemente una herencia de la pirámide social hispana en que dejaba en último lugar a todo lo que no era blanco: indígenas y negritud. En segundo lugar, las consecuencias del Terrorismo de Estado que torturó e hizo desaparecer a sus opositores, ya no nos impresiona que alguien muera, no nos llama la atención. Sobre esto se subvalora la demanda indígena. Se plantea como una cuestión de pobreza y de cultura, pero nunca como algo de carácter político. Ante la incapacidad de diálogo, finalmente los gobiernos delegaron la resolución a las fuerzas policiales. Entregaron una cuestión política a la violencia policial, y en ese proceso la violencia ha escalado, llegando en momentos a convertirse en tragedia cuando nos enteramos que una nueva persona ha muerto. Si evaluáramos los diez años de militarización sobre territorio mapuche, lo que vemos es más violencia, más muertes, más personas heridas. ¿Es viable por lo tanto seguir impulsando la coerción para resolver una cuestión sociopolítica? Sí, un sector del movimiento mapuche ha utilizado la violencia política como parte de su repertorio. Pero no se puede analizar la violencia en La Araucanía teniendo una óptica unilateral de ella. ¿Quién habla de la violencia de los agricultores? ¿De las forestales e hidroeléctricos que han cambiado para siempre el ecosistema de wallmapu? ¿De la violencia de algunos intelectuales chilenos que haciendo gala de sus conocimientos científicos profundizan en la sociedad un imaginario peyorativo sobre los mapuche? Es fácil exigir a sectores del movimiento que dejen la violencia o cuestionarlo. Sin duda que la ritualización de este método de hacer política ha estancado la proyección del movimiento, pero debemos abrir las preguntas: ¿Cómo vamos a llevar a sectores rupturistas del movimiento a posiciones más moderadas si ningún punto de la demanda política se ha cumplido? ¿Cómo se le puede exigir a los comuneros que no se defiendan si de los helicópteros las policías no trepidan en disparar sus balines o armas contra los mapuche sin importar quienes sean? El wallmapu sigue en un estado de ocupación. No se ha avanzado en una restitución territorial. Ni siquiera se toma en cuenta esa demanda. Nos pueden exigir que critiquemos la violencia, pero es contradictorio cuando a los sectores mapuche que han planteado la vía política para conquistar la autodeterminación tampoco han sido considerados. Cómo se le va a pedir a la vía rupturista que crea, si la vía política tampoco ha logrado ser exitosa ante los oídos sordos de su contraparte. Entonces, si queremos que se avance por la vía política, pongámosle fin a la ocupación y a las reducciones. Avancemos en delegar espacios de autonomía; discutamos el rol de las forestales e hidroeléctricas en wallmapu. Avancemos en la oficialización del mapuzugun; avancemos en la construcción de un estado plurinacional; y recién ahí se le podrá sugerir al movimiento rupturista que analicemos el tema de la violencia. Este es el verdadero desafío de don Francisco Huenchumilla y el difícil equilibro a conseguir en su segundo período. El tiempo de lo simbólico se acaba, se debe avanzar en cuestiones concretas, se debe legitimar a las comunidades autonomistas y el movimiento como parte del debate político. Finalmente son ellos los que marcan la pauta política y son los que han construido la historia reciente del pueblo mapuche. Mientras no se reconozca a ese sector como interlocutores válidos, se ve difícil una resolución política de la cuestión mapuche. *Historiador.
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