Columna: Amores y desamores

AMORES-Y-DESAMORES

En los inicios de los 90, coloreando la democracia post dictadura, conocí a Pedro Segundo Mardones Lemebel. Fue en una reunión del Movimiento de Liberación Homosexual Movilh Histórico. Sintonizamos poco a poco, entrecruzamos nuestros caminos y nos transformarnos en amigas. Digo amigas con a, porque su subversión al género transitó desde el Mardones padre hasta el Lemebel de su madre Violeta. Un devenir loca que marcó mi propio rebelde transitar. Hablábamos de todo, pelábamos un poco, nos reíamos demasiado y nos emborrachábamos otro tanto. En el desaparecido Bar 777 me presentó el original de su primer libro de crónicas urbanas La esquina es mi corazón. Del bar punk-marica pasamos a charlar públicamente en “Triángulo Abierto”, el primer programa radial de homosexuales, lesbianas y trans en Chile que emitíamos desde Radio Tierra junto al escritor Juan Pablo Sutherland. Escuchando música de Cecilia, Pedro Lemebel leyó sus crónicas y nos habló de la loca política, de la homosexualidad proletaria y de su polémico beso a Joan Manuel Serrat en el ARCIS.

Nuestra amistad fue larga, tensa e intensa. Nos peleábamos demasiado, cuatro meses sin hablarnos y otros cuatro cotorreando lo perdido. En medio de aquellas disputas me bajaba el amor de cantina y zigzagueante arribaba a su casa después del carrete de fin de semana. Siempre –casi siempre– me abría la puerta, conversábamos y me ofrecía un tecito mañanero. En otras oportunidades se enojaba amenazando con llamar a los pacos. Así fuimos armando una loca y densa relación amistosa, un cariño de amigas políticas que hasta el último instante luchó por reconocerse en la diferencia.

Tal vez, esa tensión dramática, ese amor-odio, hizo de nuestro querer un asunto de interés casi público entre las amigas locas. Hace poco supe de comentarios, especulaciones e incluso de intentonas excluyentes en las visitas hospitalarias y en los discursos para la despedida de Lemebel. “Es que la Víctor Hugo se peleaba mucho con la Pedro”, decían las locas cizañeras. Mira tú, como si la otra no se hubiese peleado con nadie nunca. Como si las disputas políticas y afectivas no formaran parte de las relaciones humanas. Hoy repaso esas peleas y siento que –tal vez– podríamos haber sido más tolerantes, generosas e integradoras pero, seguramente, no nos hubiésemos querido y respetado sin mediar esas locas e intermitentes contiendas. La propia Gladys Marín fue testigo y protagonista involuntaria de aquellos amores y desamores. Un desatado afecto a la inolvidable líder comunista nos unió pero también nos divorció.

Los últimos encuentros con Pedro fueron en la Fundación Arturo López Pérez. “Yo arrancando del sida y me agarra el cáncer”, decía irónico, mirándonos a nosotras las locas seropositivas, gorditas, rosaditas, sobreviviendo a punta de triterapia estatal. En esas últimas citas pude ver a un Pedro más afectuoso, débil, pero igualmente luchador, arañando hasta el último instante unos minutos más de existencia terrenal. Tierno, cariñoso, me invitó a su casa para “celebrar” el Año Nuevo 2015. Y ahí estuvimos junto a un grupo de amigos y amigas abrazando al compañero de tantas e intensas luchas. Pedro, desde su cama señorial, sedado con morfina, miraba los fuegos artificiales de Valparaíso a través de la TV. El final parecía inminente pero Lemebel tenía su propia agenda del adiós y resistió un tiempo más.

Su fallecimiento, si bien no fue sorpresa, nos despertó de golpe. Esa triste madrugada hablé con mi abuela de los amores y desamores con la loca madre de Chile. “No sea tonto, mijo, usted quédese con lo mejor”, me dijo ella. Y así lo hice, guardé lo más valioso; las risas, las caminatas, las comidas en la Vega Central, las fiestas, las voladitas, las marchas callejeras por tanta causa posible e imposible, las complicidades con Gladys, Cuba, Bolivia, Palestina, las mujeres, los estudiantes, los trabajadores, los mapuches. Un hermoso sueño acontecido días antes de su muerte cerró el círculo. En los brazos de Morfeo, Pedro Lemebel apareció hablando y agradeciéndome por un chaleco que –oníricamente– le había regalado. Un obsequio estrellado tejido de sincero afecto que tranquilizó mis culpas amistosas.

Hasta siempre querida mariquita linda. Nos veremos en otro lugar. Espero me abras la puerta –celestial o infernal– para abrazarnos, copucharnos, amarnos y desamarnos otra vez.

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