Río Abajo

Poco más de una semana ha pasado desde que una serie de aluviones devastara a la tercera región. De inmediato decidimos meter las patas al barro y recorrer los pueblos más afectados al interior de Copiapó. Estuvimos en San Antonio, Tierra Amarilla, Los Loros y Paipote. Conversamos con temporeros, inmigrantes y pobladores. Acá sus historias con un denominador común: abandono.

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Un tornado. Eso pensó Pedro Castro cuando sintió, a eso de las 4 de la madrugada del miércoles pasado, que el contenedor donde dormía comenzó a girar, primero, y luego a desplazarse en círculos. En cuanto tocó el piso entendió que no era el viento sino el agua. Afuera llovía a cántaros.

Su padre, acostado en una litera en la misma habitación, preguntó por su esposa. María López dormía en el campamento de mujeres, a metros de su marido, su hijo y un sobrino. Un alud de barro había comenzado a caer cerro abajo.

Pedro llegó el 27 de octubre a San Antonio, un pequeño poblado al interior de Copiapó, a trabajar como temporero en la empresa Frutícola Atacama del empresario Gabriel Ruiz Tagle, ex ministro del Deporte de Sebastián Piñera. Hace cuatro años, desde los 18, que viaja junto a sus padres desde Melipeuco, en la región de la Araucanía. Todos los años la familia recorre 1571 kilómetros – en total seis regiones- en faenas de cosecha y embalaje de uva de mesa de exportación. Cinco meses de sacrificio que les permite vivir todo el resto del año.

Arriba del techo del contenedor, Pedro apenas podía ver lo que pasaba. Solo la luz de los relámpagos permitía dimensionar a ratos la magnitud del desastre. Un río de lodo y piedras arrastraba todo a su paso. La totalidad del campamento, alrededor de 190 personas, la mayoría proveniente de lugares como Lonquimay, Villarrica, Curacautín, Angol y Temuco, quedó a merced de las aguas. Fue entonces, en medio de los gritos y llamadas de auxilio, que Pedro escuchó a su madre.

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La temporada en San Antonio estaba a punto de terminar y Pedro sacaba cuentas alegres. El primer mes ganó 550 mil, el segundo 850, el tercero 950 y en febrero 550. Mucho más que el pago en el sur en faenas agrícolas sacando arándanos o castañas, cultivos menores en una zona plagada de forestales. Pero como eran tres, el esfuerzo valía la pena. Al regreso, cada año, compraban algún electrodoméstico y el resto lo invertían en mercadería. Así pasaban tranquilos todo el invierno.

El papá de Pedro gritó el nombre de su esposa. Cuando la escucharon, todos bajaron a rescatarla. María tenía atrapada una de sus piernas entre fierros retorcidos, restos de la pieza de material ligero donde dormía junto a tres compañeras. Pese a los esfuerzos no alcanzaron a sacarla. Alguien gritó que se venía otro alud y tuvieron que regresar nuevamente al contenedor. Adentro, Pedro gritaba de impotencia. Todos la dieron por perdida.

Al rato, luego de un segundo alud, volvieron a escuchar su voz. Tenía la pierna quebrada. Lograron retirar los fierros y la subieron arriba del contenedor. Un árbol impidió que la estructura siguiera avanzando. Allí se quedaron hasta que amaneció. Poco antes de las 10 de la mañana sacaron a María en una camilla hecha con fierros retorcidos y la arrastraron por el barro hasta la orilla. Minutos más tarde cayó un nuevo aluvión. La mujer pasó un día y medio en la iglesia del pueblo antes que un helicóptero llegara a rescatarla.

El regreso

El río venía bajando desde Tierra Amarilla. El rumor se viralizó rápidamente a través de las redes sociales. Todos estaban incrédulos hasta que alguien subió un video a youtube. Una masa informe, viscosa, plagada de desperdicios, avanzaba lentamente por el lecho en dirección a Copiapó. La noticia generó revuelo en la ciudad. Cientos de personas salieron a las calles a esperar el retorno del río, como quien recibe a un familiar después de largos años de ausencia. Eran las 10 de la mañana del martes pasado, un día después del comienzo de las lluvias.
La gente comenzó a postear en medios locales sobre el avance del agua y los lugares donde exactamente estaba pasando. Fue como un reality show en vivo.

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Dos días antes del regreso del río Copiapó, una marcha ciudadana convocada por la mesa por la defensa social de Atacama, la Coordinadora por la Defensa del Agua de Copiapó y la Red Ambiental Copayapu, congregó a cientos de personas en el lecho polvoriento del río. Hubo morenadas, tinkus y batucadas. Una fiesta popular que exigía, entre sus reivindicaciones, recuperar los derechos de aguas superficiales para que el río pudiera retomar su cauce ecológico. La campaña comenzó el año 2009, a través de un plan diseñado por la Corporación Cultural Atacama 59, que intentaba recuperar las imágenes perdidas del río en un intento por reposicionar una discusión en torno a él y al modelo de mercantilización del agua.

-En ese entonces tú ponías en Google río Copiapó y no había ni una foto. La campaña interpelaba a la memoria colectiva a través del recuerdo, intentando explicar su doble desaparición, física y simbólica. Por un lado se apuntaba al modelo de desarrollo en el contexto de la aparición del código de aguas que interpretaba el recurso como un bien económico y, por otro, interpelándonos a nosotros mismos por permitir que el río se diluyera en el olvido-explica el sociólogo Francisco Astudillo.

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La campaña fue tan eficaz que todo el mundo se volcó al parque Kaukari, ubicado a un costado del lecho, a esperar el regreso del curso fluvial que no veían hace aproximadamente 10 años. La bienvenida estuvo plagada de recuerdos.

Fernando Rivera, presidente de la Sociedad de Escritores de Copiapó, aprendió a nadar en el río hace más de 50 años. “Habían unos pozones grandes. Íbamos a hacer las clases de ciencias naturales allí. Todavía recuerdo el olor a berros y lamas que crecían en los alrededores. Tomar agua acostado de guata en la orilla después de una pichanga, escuchar el sonido de los pájaros y disfrutar la brisa de la camanchaca era algo insuperable”.

Para las generaciones más jóvenes, en cambio, particularmente los niños, el río era casi un paraje mítico. Tanto así que uno de ellos, en un viaje que hizo fuera de la región, le preguntó a su madre al pasar sobre un puente qué era lo que escurría allá abajo. “Un río”, le respondió ella. El pequeño, acostumbrado a la polvorienta sequedad del lecho, le contestó: “Pero si los ríos no tienen agua”.

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Para Francisco Astudillo la expresión responde a una dualidad casi poética: “el río está, pero a la vez no está”. “Tuvimos que reconstruir la memoria a partir de la ausencia”, explica.
A pesar de la confusión, los más pequeños eran los más entusiastas. Corrían de un lado a otro y pasaron gran parte del día esperando que el río apareciera. Fue tanta la impaciencia que la gente caminó en su búsqueda. Ya no se trataba de una espera sino un encuentro. “Parecía una procesión”, recuerda Yerko Ravlic, audiovisualista que registró el evento. “En el callejón del Inca vimos los primeros hilitos de agua. Luego una pasta densa de barro y basura que bajaba lentamente. Los niños saltaban de un lado a otro en sus bicicletas y una señora en moto lo venía escoltando. Todo el mundo estaba alegre. Fue impresionante”.

Algunos, influidos por las historias que habían contado sus padres, cuando vieron la masa oscura llena de barro, solo atinaron a exclamar: ¡Chaaa, es café¡ Los más optimistas, en cambio, bautizaron el curso de agua como el río de chocolate de Willy Wonka. La alegría que trajo la lluvia fue tan inusitada que muy pocos repararon en sus consecuencias. Esa misma noche, cuando comenzaron anegarse las primeras calles, algunos sacaron sus bodyboards, empezaron a surfear olas callejeras y un grupo recorrió la ciudad arriba de un bote inflable. La alegría duró solo unas cuantas horas.

Adentro de un embudo

Leonardo Cruz vivía al costado del río, en una quebrada, junto a una pequeña iglesia evangélica que cuidaba con su esposa en la localidad de San Antonio. Pese a la advertencia de carabineros decidió quedarse en el lugar. Tenía miedo que saquearan el templo. Cuando comenzó la lluvia, inocentemente, empezó a hacer surcos de tierra para desviarla, pero la fuerza de la tormenta lo hizo desistir. “La naturaleza nos ganó”, dice. La casa había comenzado a inundarse y decidió encerrase en una pieza junto a su esposa e hija. Sintió que venían piedras rodando y que el suelo de su vivienda comenzó a temblar. Pensó en la muerte y abrazó a su familia. Ya no podía arrancar. Una de las paredes se partió en dos y el agua comenzó a entrar sin ningún tipo de barreras. Leonardo atinó a cerrar los ojos y sintió que la tierra se lo tragaba. La casa había rodado quebrada abajo y se movía como si estuviera adentro de un embudo. Escuchó a los temporeros gritar y cuando abrió los ojos vio como algunos contenedores bajaban por el río. Luego de la succión salieron a flote y la corriente los arrojó a una orilla.

-Estaba como un pescado muerto, no sentía las piernas- recuerda.

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Fue justo en ese instante cuando apareció unos de sus vecinos, Héctor Gacitúa, y los ayudó a salir del lugar. Ambos siguieron rescatando a personas. Al otro día del desastre Leonardo acompañó a Pascual Ingala, un ciudadano boliviano que trabajaba de temporero en la empresa frutícola Atacama, a buscar a su pareja desaparecida. El hombre le confesó que estaba embarazada y que no descansaría hasta encontrarla. Todos los días se lo ha visto recorriendo las quebradas con un pequeño morral de Colo Colo donde guarda una biblia que encontró en el río.

Héctor Gacitúa también ha colaborado en el rescate. El día jueves junto a otras personas encontró el cuerpo de Máximo de cuatro años de edad. Tenía enredado su brazo y cuello en alambres de púas, y fue el mismo quien cortó el metal con un alicate.

-Fue una pena muy grande, lo cargué en mis brazos, es un dolor que no se lo doy a nadie- cuenta.

El niño fue velado en la iglesia del pueblo encima de una cama y luego trasladado a la morgue de Copiapó un día después de haber sido encontrado.
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Gacitúa asegura que el cuerpo del menor estaba atrapado en los alambres púas que la empresa frutícola usaba para delimitar el perímetro de los campamentos. Todavía en el poblado aseguran que el recinto de mujeres estaba cerrado con candado. La empresa, consultada por The Clinic, insiste en que ni siquiera había picaportes y que la separación de sectores obedecía a una división de áreas establecidas en un reglamento. “Esta dinámica tiene toda la legalidad y aprobación que requiere y está, además, en un registro de delimitación y no de cierres. Nuestras trabajadoras están muy de acuerdo con esta estructura”, aseguraron.

El cuerpo de Sandy Bernal, la ciudadana peruana desaparecida, fue encontrado el día lunes a 40 kilómetros de donde se ubicaba la empresa. Al cierre de esta edición Jennifer Novoa, chilena, aún permanecía oriunda de Angol, extraviada.

La maldición

En tiempos de desastres las profecías afloran. Fue en la década del 20 cuando el sacerdote afrocolombiano Crisógomo Sierra y Velásquez, instaló en Paipote una inmensa cruz en la punta de un cerro.

La vuelta del rio Copiapó from Dínamo, Diseño Audiovisual on Vimeo.

Poco antes de morir, el denominado “Padre Negro” predijo un terremoto y vaticinó a los cuatro vientos que “Copiapó se inundará, previamente se hundirá a causa de sismos y a las aguas subterráneas”. Hoy, feligreses e impíos, están acampando bajo la misma cruz. Un panorama que ha transformado al cerro en un mirador de la desolación. Abajo, el pueblo ubicado a 7 kilómetros de Copiapó, yace semi sepultado bajo el barro.

Al mismo lugar donde supuestamente se salvarían los devotos, según predijo el cura, llegó hace una semana la brasileña Cleide Da Silva junto a su esposo y un hijo de dos años.

Da Silva llegó a Copiapó hace cinco años luego de recorrer Latinoamérica como misionera “en busca de una oportunidad más venturosa”. Acá estudió técnico en enfermería, arrendó una casa en Paipote y comenzó a trabajar en el hospital de la ciudad. El día mismo día del aluvión estaba trabajando de noche en la casa de un paciente. Tan anegadas estaban las calles que se demoró más de dos horas en regresar caminando a su casa. Cuando llegó su marido estaba sacando el agua del primer piso y la gente comenzó a gritar que se venía otro aluvión. Eran las 10 y media de la mañana.
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El agua comenzó a ingresar a las viviendas y al cabo de unas horas tenía casi todo el primer piso inundado. Desde la ventana de la planta superior observaron espantados como un río de lodo arrastraba todo a su paso. “Pasaban autos volcados, casas y rejas”, recuerda. El nivel del agua comenzó a escalar, peldaño a peldaño, hacia el segundo piso y decidieron arrancar del lugar. Afirmados en un alambre que unía el río y la población lograron llegar al cerro. “Era la única salida que vimos en ese momento”, agrega. A las 3 de la tarde ya estaban instalados en el lugar.
La primera noche fue de terror. Durmieron en carpas, sin sábanas ni frazadas y hubo ancianos, incluso, que pasaron la noche en la intemperie.

A las dos de la madrugada llegaron a despertar a Cleide. Una mujer embarazada estaba con síntomas de parto. De inmediato salió con lo puesto, cogió un pequeño botiquín familiar y pidió que le trajeran agua caliente y alcohol. Camila, la madre, estaba en una camioneta con síntomas de preparto. Otro paramédico del campamento se ofreció para colaborar. Llamaron al hospital y pidieron un helicóptero. “Pasó una hora y no llegó. La chica ya estaba con síntomas de parto y con dos contracciones por minuto”, recuerda la paramédico. A las cinco de la mañana tenía la certeza que el bebé nacería en el cerro. Con toallas higiénicas y bolsas plásticas improvisaron un campo estéril para recibirlo. Se esterilizaron las manos con agua caliente y se colocaron unos guantes quirúrgicos que alguien se consiguió. Luego se pusieron en contacto con una radio de Copiapó y estos, a su vez, con el hospital regional. Una matrona comenzó a dar instrucciones a través del altavoz de un celular. Poco antes de las seis de la madrugada la guagua fue recibida por Cleide. Al mediodía un helicóptero del ejército trasladó a la madre y a la niña a un hospital. Su madre la bautizó como Yoanela.

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Cleide cree que el nacimiento es un símbolo de esperanza. Una manera de recomenzar en medio de tanta desgracia. Desde entonces la paramédico brasileña no ha parado de atender a hipertensos, diabéticos y asmáticos, no solo en el cerro sino en toda la población. “Soy muy agradecida de dios por estar acá”, dice. Muchos amigos de Copiapó le ruegan para que se vaya a vivir con ellos pero “Cley”, como le dicen cariñosamente, les responde que ella es el único aporte en salud para los seis campamentos.

Afirma que ha pedido ayuda al gobierno, hospitales y consultorios, pero los únicos medicamentos que ha recibido provienen de particulares. Recién el día lunes llegó un baño químico para las más de 200 familias que acampan en el cerro. Los niños han empezado a tener cuadros de virosis, diarreas y vómitos. Producto de la basura acumulada los campamentos se han llenado de garrapatas, pulgas y moscas. El frío arrecia en la madrugada y las carpas apenas soportan el viento. Cleide se va a quedar en el cerro hasta que pueda habitar nuevamente su casa. “Me siento con el deber y la obligación de estar aquí”, agrega. Luego masculla: “Ojalá que esta pesadilla pase pronto”.

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