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¿Sigue militando en el PPD?
Sí, no he pensado en irme. Me siento cómodo en la Nueva Mayoría. Estoy muy identificado con la propuesta de la Presidenta Bachelet de introducir una serie de cambios, pero no necesariamente en la forma en que lo han ejecutado.

¿Esos cuestionamientos no lo han hecho plantearse la idea de estar fuera de la Nueva Mayoría?
No, estas son cosas pasajeras y coyunturales. Para ser claros, yo no sólo he criticado la forma, sino que también a veces he criticado el fondo de las reformas de la Presidenta, pero más allá de eso, estamos hablando de 30 años de política dedicados a un proyecto histórico, político y cultural. Esa trayectoria y experiencia no se va a conmover porque no haya acuerdo frente a un tema específico. No tengo problema en jugar el papel de aguafiestas, ni ser un crítico de algo que me pertenece a mí, como a cualquier otra persona de la Nueva Mayoría.

Por eso le dicen el díscolo.
No me siento un díscolo, porque esa palabra se ha usado para los parlamentarios. Yo no me siento en esa posición. La mía es la de un académico, un intelectual, alguien que participa en la política pero dentro de la esfera de las ideas, de la lucha cultural y la opinión pública.

¿Qué diferencias ve entre la Concertación y la Nueva Mayoría?
La Nueva Mayoría ha tratado de renovar el personal político de una manera que a mí no me convence, todo esto acompañado de un intento de cambio de paradigma. Sin embargo, no me queda claro el paradigma que se quiere cambiar, ni tampoco al que se quiere arribar. Se quiere mostrar esto como si fuese una pelea entre los que defienden este paradigma nuevo más de izquierda-social-democrático versus un paradigma neoliberal. A mí me parece una exageración decir que el paradigma que guió las políticas públicas de la Concertación era neoliberal.

Francisco Vidal siempre habla de la Concertación neoliberal
Son categorías muy gruesas que tienen enredada a la elite política, hay falta de madurez en el análisis político. Estas categorías en blanco y negro no sirven, la sociedad es tan compleja que seguir insistiendo en ese análisis es muy pobre y no nos lleva a nada. La Concertación tuvo momentos virtuosos, cuando llegó a acuerdos por encima de las fracciones de grupo, pero ahora todo es mal mirado por algunos dirigentes. Se ha instalado que cada vez que se llega a un acuerdo hay una especie de traición de principios, y eso no es así. Los sistemas democráticos exigen permanentemente deliberar, confrontar posiciones y luego encontrar acuerdos para avanzar en las soluciones.

El gobierno al principio optó por pasar la retroexcavadora.
Eso fue por el entusiasmo que produjo el triunfo de la presidenta. Existía la idea de que la mayoría permitía no discutir mucho con nadie, sino más bien llevar a cabo lo que el programa prometía. Eso era una visión un poco religiosa: los que creen en el programa y los que no. Para mí, sin embargo, esto no es un problema de creencias. Eso ha generado toda una confusión que hoy tiene paralizado al país en medio de una crisis de la cual no se sabe cómo salir. Todo esto demuestra que estamos en una crisis de conducción política, y no en una crisis institucional o de confianza, como algunos dicen.

¿Estos problemas de conducción son de Michelle Bachelet?
De la elite política en su conjunto, que está quebrada, atemorizada de la opinión pública y los medios de comunicación. Esto ha provocado una pérdida del horizonte, porque acá entre los desastres naturales y esta crisis de conducción que nos tiene semiparalizados, no tenemos discusión sobre los grandes temas que el país tiene que enfrentar: crecimiento económico, innovación, nuevos papeles del Estado, entre otras cosas. La coyuntura ha consumido las energías de la elite política y se ha dejado de orientar a la sociedad.

Algunos políticos creen que el programa reformador de Bachelet ya no existe.
No creo que sea así. Ahora estamos en una coyuntura muy especial, antes del 21 de mayo las condiciones podrían estar dadas para que el gobierno recupere la iniciativa y vuelva a retomar la agenda. Eso depende de la capacidad de gestión política del núcleo de la conducción.

¿Para eso fue la cadena nacional?
Lo que va a concentrar toda la atención es el anuncio de la Constitución, que fue muy vagamente planteado. Eso no tenía mucha relación con los anuncios anteriores, que fue un listado de medidas técnicas. La cadena nacional no tuvo simbolismo ninguno, no hubo interpretación del momento en el que nos encontramos. No habían ideas fuerza, solo procedimientos que se van a cambiar. Me sorprendió que el anuncio de la Constitución no lo hiciera en otra ocasión más solemne, como el 21 de mayo. Creo que esto fue medio improvisado, porque no era el momento, ni el espacio. En cuanto al problema real que hoy tiene paralizada a la elite política, las respuestas fueron un largo listado de medidas técnicas sin corazón, y eso no va a generar mayor impacto. Ahora, ponerle demasiada esperanza en que esto iba a ser una especie de cambio de marea, me parece una exageración total.

¿Bachelet desaprovechó un momento?
Sí, desaprovechó doblemente el momento: no dio una respuesta contundente a la situación que hoy tenemos y no hizo un llamado a la fibra moral del país, cosa que habitualmente hacen los presidentes.

¿Se necesita una nueva Constitución?
Hay un momento interesante para discutir temas de fondo constitucional, pero discutir una Constitución para matar los fantasmas del pasado o para dar una respuesta a los problemas que hoy nos tienen entrampado, me parece poco interesante. No tengo muy claro que la presidenta haya sacado una lección en profundidad. Lo noto en su talante, no es el de la persona a la que estábamos acostumbrados: de gran seguridad, de mucha confianza, de empatía con la gente, todo eso no aparece. Hoy aparece una persona un poco arrinconada, un poco desilusionada, tal vez de sí misma y de su gobierno. La solución acá debe venir de arriba hacia abajo, y este es el momento en que la presidenta, probablemente con un nuevo equipo, debe ponerse a la cabeza de un proceso que no necesariamente debe ser el que está en el programa. Seguir insistiendo da la señal equivocada: no cambiar el gabinete sería no aprovechar un instrumento que los gobiernos tienen para producir un cambio de clima, dirección, o ritmo político.

Usted es partidario de un cambio de gabinete.
Nadie puede no ser partidario. Un gobierno que está a la defensiva, que está viviendo una parálisis de conducción, si no aprovecha todos los recursos que tiene a su alcance no está cumpliendo bien la tarea.

¿El cambio de gabinete pasa por sacar a Rodrigo Peñailillo?
Peñaililo representa muchos de los cambios que ha tenido la sociedad chilena, por decirlo tontamente, es el niño símbolo de un cambio generacional. Ahora, si el cambio ha de hacerse, ha de hacerse en serio, no basta con enrocar a los ministros.

No me queda claro: ¿debería salir o no Peñailillo?
No le queda claro porque no es claro. Esto no es salir o entrar. Acá debe haber un cambio de fondo. Más que los nombres, acá lo que importa es si se da o no una señal potente para cambiar el clima político. Si la presidenta cree que para eso necesita un nuevo ministro del Interior llamará a uno nuevo. Lo importante no se juega en el nombre, sino en lo que representan los cambios.

¿Qué opinión tiene del G90?
No conozco mucho al G90. De ellos se ha dicho que son un conjunto de operadores, que es un término muy peyorativo, cosa que a mí me parece muy ridícula, porque la política necesita operadores. Si hay nuevo personal político también hay nuevas redes políticas. Si hay grupos, entramados, redes, lotes, no veo por qué a Peñaililo le vamos a decir que no debe tener una red, o por qué vamos a llamar a su red como operadores.

¿Qué implica la derrota de Camilo Escalona en el PS?
Escalona era un elemento de orden, por su trayectoria y claridad ante los temas de Estado. Es un tipo que piensa más allá de la coyuntura: cuando hay que criticar, critica; cuando hay que defender, defiende. Su derrota significa que se perdió un momento de orden. Paradojalmente, a la Presidenta le habría hecho mejor tener a Escalona.

EL ESTIGMA DEL OPERADOR

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Giorgio Martelli se definía como operador y ahí tiene como le fue.
Claro, pero eso le da un tinte más dramatúrgico a la conversación. La política son redes de contactos, de flujos, de ideas, de comunicaciones.

¿Quién estigmatizó al operador?
El estigma del operador viene de discurso tecnocrático de la derecha. La derecha ha mirado la política como algo bastante despreciable, porque conciben que el mercado es el que tiene que regular las interacciones de la sociedad, y la política ojalá esté lo más arrinconada posible. Desde ese punto de vista, los que se dedican profesionalmente a la política son operadores, pero eso es un profundo error, porque la política no necesariamente necesita a los caballeros de buen gusto. Al final, el concepto operador quedó como un estigma, y eso tiene que ver con prejuicios sociales.

¿Le sorprendió la forma en que se estaba financiando la política: la boleta ideológicamente falsa?
No, la delgada línea que separa los negocios de la política no es algo que sorprenda. En la historia pasó siempre: ocurrió con los primeros banqueros y los papas, entre los banqueros y los reyes, entre los señores feudales y el monarca, es decir, siempre esa línea ha sido delicada. Me sorprende sí la magnitud que esto ha alcanzado y lo enquistado que estaba en algunas empresas.

¿Cómo explica que la Concertación y la Nueva Mayoría estuviesen financiadas por el yerno de Pinochet?
Eso le agrega una especie de dificultad adicional. Dicen que el dinero no tiene patria y, desde ese punto de vista, tampoco tendría relación con nombres. Es una escapatoria un poquitín banal decir: ‘yo le pedí plata a todos, menos a Ponce Lerou’. ¿Le vamos a poner una medalla por eso? Eso me parece un poco ridículo, no es el problema, aunque me parece que esto es más triste si se le pidió a Ponce Lerou.

¿Sigue siendo “velasquista”?
Sigo siendo muy amigo de Andrés Velasco y sigo compartiendo con el grupo que se reunió en su entorno. Hay que impulsar el debate y buscar nuevos instrumentos para las políticas públicas, muchos de los cuales vienen del ámbito liberal más que del social democrático.

¿Sigue creyendo que es el candidato presidencial del 2017?
Todo esto va a ser redimensionado. A esta altura nadie puede decir cómo se va a rearticular el cambio. A Velasco esto lo ha golpeado en su imagen. Él cree que ha sido injusto, que no entra en el mismo saco, entre otras cosas, porque la boleta era directamente entregada por él. Creo que tiene buenos argumentos para demostrar su situación, pero independiente de las intenciones, estos son escándalos destructivos, el equivalente a explosiones volcánicas en el campo de la política.

Usted fue director de Chilevisión, ¿sabía de esta extraña forma en que se le pagaba a Jaime de Aguirre?
No, en eso no tenía que ver el directorio. Este era un directorio de una sociedad con un propietario personal, no era una sociedad anónima. Éramos un consejo asesor, pero no tomábamos decisiones.

¿A usted no le pagaron de esa forma? ¿Nunca le pidieron dar una boleta a otra empresa?
No, me enteré de esto por la prensa. Me parece, por decir lo menos, que esta situación es estrambótica, no la entiendo bien.

¿A usted le pagaba Bancard?
Me pagaba Chilevisión.